Domingo, 24 de junio de 2018

Cuestión de ombligos

Hace unos días, borrando y recolocando archivos en mi ordenador, di con un artículo de Pablo Peinado publicado en El Huffingtonpost titulado “El país que quiero[i]. Después de repasar muchas de las características que a Pablo le gustaría tuviera su país ideal, en uno de sus últimos párrafos decía: Quiero un país en el que la codicia no sea el mal más extendido. Un país en el que la felicidad y el bienestar de todas las personas sea el principal objetivo de todos. Un país en el que los que nos representan, sean como nosotros, no unos nuevos ricos dispuestos a chuparnos la sangre para enriquecerse lo antes posible a nuestra costa. Quiero unos políticos que no pongan por delante de nuestros intereses los suyos o los de los empresarios.

Tras releerlo recordé una propuesta que planteaba, creo que era de un psicólogo social aunque no podría asegurarlo. y que más o menos consistía en lo siguiente. Imagina que no has nacido aún y tienes la posibilidad de elegir cómo te gustaría que fuera la sociedad en la que vivirás. Tú imaginación sólo tiene dos limitaciones. La primera, no puedes decidir la familia en la que vendrás al mundo, de forma que no sabe si serán ricos o pobres, qué creencias religiosas tendrán, ni su etnia, ni el país o lugar donde viven, etc. La segunda restricción es que no puedes decidir cuál será tu aspecto ni tu estado físico y mental, por tanto no sabe cuál será tu sexo, tu estatura, el color de tu piel, tu coeficiente intelectual, tus capacidades físicas. Por tanto ignoras si nacerás sano, si llegarás a la pubertad o la madurez, si sufrirás alguna enfermedad o discapacidad grave. Aceptadas estas premisas puedes definir con la precisión que desees cómo te gustaría que fuera la sociedad a la que te incorporarás en breve.

Pensé que era una invitación sugerente y me puse a ello. Pronto me di cuenta de que no era tan fácil como en principio me pareció. Cierto que sólo había dos limitaciones, pero estas tenían un enorme peso específico a la hora de definir mis deseos. Tras un buen rato caí en la cuenta de que lo que estaba enunmerando como características de mi sociedad idea, era un listado de derecho. Derechos a los que poder agarrarme de necesitarlo. Si nacía en seno de una familia sin recursos, el derecho a la salud, la educación, etc. Si nacía en una etnia determinada, que mis iguales no fueran racistas o xenófobos. Si nacía mujer poder ser libre de decidir mi matrimonio o si por desgracia nacía con una grave discapacidad física, que mi familia pudiera disponer de los medios necesarios para atenderme. En resumen lo que estaba redactado era un listado de derechos que en mi opinión deberían estar garantizados por las leyes de mi país ideal y formar parte del imaginario colectivo de mis conciudadanos.

Es casi seguro que si mil personas hacen este ejercicio tendríamos mil países ideales distintos al mío, tal vez por eso de que las opiniones son como los ombligos, todos tenemos uno. Pero estoy convencido de que coincidiríamos en un buen número de ellos y querríamos que estuvieran protegidos por las leyes de nuestros países imaginarios, por si acaso lo necesitabamos.

Esto es así porque nos parecemos en muchas más cosas de las que nos diferenciamos, pero tendemos a fijarnos más en lo segundo que en lo primero. Por esa razón, las leyes las disponemos más pensando en lo que nos diferencia que en lo que nos hace semejantes, lo que en mi opinión es un error que hace miles de años venimos cometiendo.

Tras muchos siglos logramos ponernos de acuerdo en una Declaración Universal de Derechos Humanos. Declaración que en su preámbulo inicial dice: Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana.

Intrínseca, por tanto que le es propia y no depende de las circunstancias. Nuestra dignidad, la de cada uno, la que todos compartimos, no depende de circunstancias como nacionalidad, sexo, religión, etnia, etc. Y nuestros derechos son iguales e inalienables, lo que significa que no se puede enajenar, ni transmitir, ni ceder, ni vender. Si tuviéramos asumido e interiorizado que lo que es propio a todos es nuestra dignidad[ii] por el mero hecho de ser humanos y que los derechos son inalienables e iguales para todos, muchas legislaciones estarían de más.

Pero aún queda un largo trecho para eso, un trecho que será infinito si continuaremos mirándonos el ombligo y observando que es diferente al de los otros, sin caer en la cuenta de que lo importante es que todos tenemos uno y que tuvo, en su momento, la misma función.

 

[i] http://www.huffingtonpost.es/pablo-peinado/el-pais-que-quiero_b_6346916.html

[ii] El término dignidad deriva del vocablo en latín dignitas, y del adjetivo digno, que significa valioso, con honor, merecedor.