Domingo, 20 de mayo de 2018

Anoche soñé que vivía en una democracia

Sí, durante gran parte de la noche viví en un país democrático, no como éste en el que vivo, que tiene instituciones democráticas, pero que funcionan mal o no funcionan, sino en uno en el que las instituciones democráticas funcionaban.

Era un país del norte de Europa (no hay muchos para elegir en nuestro planeta, y hasta el inconsciente “lo sabe”) y curiosamente tenía un gobierno de coalición, centro izquierda y centro derecha. Digo “curiosamente” porque en mi larga vida no he tenido la oportunidad de tener un gobierno así; en este país los partidos se aferran con todas sus garras al poder, de tal manera que no pueden ni quieren gobiernos de coalición: tendrían que empezar por recibir lecciones básicas de DIÁLOGO, en las que descubrieran las dificultades y el placer de dialogar con los diferentes.

En el país de mi sueño había un primer ministro de un Partido Moderado  (que en el mío sería calificado de populista, radical o antisistema). A estas alturas del sueño, incluso dentro del sueño mismo, me di cuenta de que el factor desencadenante de mi sueño era el estar viendo estos días la serie danesa BORGEN, una delicia de descripción de la naturaleza humana viviendo los problemas de una democracia, con una  inteligente, honesta y bella protagonista, ( la primera ministra del país) a la que yo votaría no cada cuatro años, sino de por vida. ( Pido perdón por esta mezcla que estoy haciendo de onírico y real, pero los sueños son tan volátiles… )

Volviendo al sueño: En este país los ciudadanos, incluso los niños, no se pasaban el día gritando, corriendo, o insultando a los otros, sino que cada día tenían reuniones en las que se abordaban los temas, se discutían, se votaban resoluciones; en los colegios, en el Parlamento, en las oficinas, en las empresas, en los ayuntamientos, en los hospitales, la gente se reunía, relajada, con los móviles apagados, bromeaba, se concentraban en el orden del día o tema a estudiar y la reunión terminaba a la hora convenida. Nadie tenía que irse del país para encontrar su trabajo, o por sus ideas diferentes, ni había gente en la cárcel por este motivo.

Los jubilados y pensionistas no vivían angustiados temiendo quedarse sin pensión al mes siguiente, los enfermos no tenían que esperar meses para una operación, los médicos no temían ser agredidos por algunos pacientes, los jóvenes no tenían que drogarse, ni emigrar, ni disfrutar con vídeos ASRM, pues no estaban saciados de ¡palabras!, los investigadores, los profesores de todos los niveles educativos cobraban un sueldo suficiente para una vida digna. La televisión pública no llenaba sus telediarios de  crímenes, violaciones, mujeres asesinadas, casos judiciales interminables de corrupciones antiguas y presentes. Los ciudadanos sabían para qué se empleaban exactamente los millones de euros recaudados A TODOS los que tenían fuentes de ingreso ( no solo por trabajo) y valoraban lo público, los jardines, los campos de deporte, las bibliotecas…como si fueran suyos, PUES LO ERAN.

Cuando me desperté y me topé con la realidad en la que vivo, tuve que hacer un ejercicio de “inteligencia emocional” (como llaman ahora al sentido común) para no deprimirme: me puse a hacer la lista de las cosas positivas que me hacían feliz de mi país: el brillante sol, la espontaneidad de mis compatriotas, su solidaridad con los que lo pasan mal, los maravillosos y variados paisajes que nos rodean, su ausencia de orgullo…y alguna cosa más. Lo suficiente para no tirar la toalla.