Lunes, 21 de mayo de 2018

Hacer como que no estábamos allí

¿Qué es la política? Hay muchas definiciones, en las que no entraré, pero la política es muchas veces teatro, artificio, guiñol. Incluso podría sostenerse que es uno de sus elementos esenciales, aunque debamos añadir otros. A través de los actos políticos, quienes los protagonizan intentan sobre todo afectar a su auditorio, como los grandes actores, transmitiendo emociones y sentimientos que transformen su punto de vista. Si solo nos quedamos con esto, la política necesariamente se transforma en populismo y si damos un paso más en esa tentación, como demuestra la historia, puede acabar con la democracia, que necesariamente debe contener elementos de racionalidad si quiere mantener ese nombre. Si la política es puro teatro, cualquier disparate puede esperarse.

Esto es lo que se desprende de las declaraciones de los investigados por lo ocurrido en Cataluña, rebelión o sedición según se interprete. Dicen los grandes protagonistas que ellos no se enteraron de lo que allí pasó, que no hubo declaración de independencia, que si hubo declaración esta tuvo un mero carácter simbólico y en modo alguno pretendía una efectiva ruptura con el Estado español, que lo que todos vimos y oímos fue un gigantesco malentendido del que ellos son las víctimas al sufrir la cárcel o estar predestinados en el futuro a ella.

En definitiva que aunque sí, aparecieron en el escenario de los hechos, en realidad no estaban por allí. Lo que soliviantará a más de uno, levantándolo de su asiento y espetando cualquier barbaridad ante lo que consideran cobardía, hipocresía y hasta tomadura de pelo. “Hombre, al menos  que den la cara, que tengan dignidad, que afronten  las consecuencias de sus actos, y si tienen que ir a la cárcel, que lo asuman como parte de su apuesta. Esto les dignificaría, les haría merecedores de respeto, ante quienes por otra parte disentimos radicalmente de sus posturas”, me decía un compañero el otro día.

Yo relativizo la cuestión. Por una parte, mis maestros me enseñaron que al inculpado no hay que pedirle que diga la verdad, sino que se defienda como pueda, que bastante lleva encima para exigirle heroicidad  u hombría de bien, como se decía antes. O en otras palabras, es una estrategia de defensa para salir lo menos malparados posible. Estos políticos independentistas están amortizados, y ellos lo saben, por lo que una vez lanzados a la pira, tratan por todos los medios de evitar la quema total. Ellos saben que han perdido la partida y que son otros los que van a continuarla. En el caso cumbre, de Puigdemont, sería Elsa Artadi la nueva protagonista.

Pero la analogía es válida solo parcialmente. Porque además de perseguidos por la justicia por sus delitos, son también representantes de quienes los han elegido, y si no por ellos mismos, al menos por sus votantes cabría pedirles coherencia. Es en este punto en el que estrepitosamente el independentismo catalán está dando el gran cante. Sí, ellos me dirían que no les queda otra, pero bien saben que no es así. Que si de verdad estaban dispuestos a todo, hay que seguir estándolo hasta el final. Que si tanto quieren a esa Cataluña que rompe con España, hay que dar la cara aunque te la partan, y mala suerte si es así. La única excepción que encuentro en ese gran lodazal, es la de Oriol Junqueras, cuya actitud en todo momento ha ido en otra dirección.

Pero no son políticos en el profundo sentido de la palabra, gentes que creen de verdad en unas ideas y están dispuestos a perderlo todo, menos la dignidad. Cuando esto ocurre, la política se convierte en un guiñol grotesco y los ciudadanos tienen todo el derecho del mundo a sentir que les han  tomado el pelo. Y un pueblo engañado es muy peligroso.

Marta FERREIRA