Viernes, 25 de mayo de 2018

Sólo la fe nos alumbra

En uno de sus libros, A. Frossard se ríe de aquellos que dicen haber perdido su fe  “como se pierde el bolso o un manojo de llaves”, y señala que, en los depósitos de objetos perdidos, se reclaman más fácilmente los guantes que la fe, seguramente porque no es importante para el que la ha perdido.

En realidad tendríamos que hacernos varias preguntas sobre la fe: ¿Cómo es nuestra fe: de carbonero, infantil, adulta? ¿Dónde, cuándo y cómo la hemos perdido? ¿Queremos recuperarla? ¿Qué haríamos para conseguirlo? Pero claro, la fe depende del concepto que tengamos de Dios.

Vivimos en un mundo caracterizado por grandes y rápidos cambios que nos producen como efecto negativo, no saber hacia donde vamos ni qué rumbo debemos tomar. Nuestra fe ha cambiado su objeto y ha pasado de creer en Dios a creer en la técnica.

La fe en Dios, nos permite saber que Él nos busca, y por eso podemos reconocer su presencia en cualquier lugar y en cualquier persona, también en nosotros mismos. La fe nos da la seguridad de que Dios camina con nosotros, de que para Él y con Él todo es posible, de que con su presencia lo tenemos todo: alegría, luz, paz, bien, vida. Es la fe, la que nos hace saber que caminamos en medio de sombras y luces, y que, a pesar de todo, es posible verle en cada momento de nuestra existencia porque Él sale a nuestro encuentro. El camino hacia el encuentro con Dios está precedido por la búsqueda de Dios a cada persona. Esto es sencillo, hay que dejarse encontrar.

Jesús, ante la fe del que pide y la miseria de los hombres, hace el milagro y dice:  “tu fe te ha salvado”, hágase según tus deseos. La fe en Jesucristo cuando está viva y da fruto de buenas obras, humaniza al ser humano y le hace más compasivo, más generoso y  más solidario con los otros hombres. Pero cuando ponemos nuestra fe al servicio de otros dioses, nos convertimos en lobos para los otros hombres, (ahí están las mortíferas dentelladas del capitalismo, afectando a tres cuartas partes de la humanidad). “No es verdad, aunque a veces parezca decirlo, que el hombre puede organizar su vida sin Dios. Lo cierto es que sin Dios no puede, a fin de cuentas, más que organizarla contra el hombre” (H. de Lubac). Nadie puede vivir sin fe, sin algún tipo de creencia, sin confiar en otro. Y lo urgente es revisar en qué y en quién creemos y juzgar si son dignos o no de nuestra confianza.

La fe es una gracia, un regalo: un don de Dios que exige la respuesta libre y consciente del ser humano como tarea de cada día y esta tarea es lo que llamamos constancia. Creer sin cansarnos, sin ceder a las múltiples razones que nos quieren ganar para su causa (una causa sin Dios).

La fe es tan dinámica y vital, que confiere a quien la posee un sentido que orienta por completo la vida, por eso el creyente aprecia y valora su fe como un gran tesoro, como aquella perla de la que habla el Evangelio (Mt 13,46) que al ser encontrada uno vende todo lo que tiene para poder comprarla.

"Sólo la fe nos alumbra" es el título de mi último  libro que quiere ayudar a vivir ese don con renovado entusiasmo. Dios "es luz sin ninguna oscuridad" (1Jn 1,5) y precisamente por eso nos deslumbra a nosotros que tenemos una capacidad muy pequeña para ver. La fe es justamente la luz que alumbra nuestra oscuridad y la que nos permite ver a Dios, esperar en Él y amarle. Es así como se convierte (la fe) en vida para nosotros y los demás. Creer en Jesús nos transforma, nos cambia, nos "convierte", y ese es el don de Dios: la Salvación. Ella y sólo ella es la que alumbra e ilumina la noche de nuestra vida, es lámpara para nuestro caminar.

“¡ Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1,45), le dijo Isabel a María. Dichosos aquellos que ven a Dios porque creen, esperan y aman. Felices aquellos que en todo momento, en las buenas y en las malas, viven de la fe, porque serán salvos,  porque vivirán en paz y porque serán instrumentos de salvación para los demás.

El creyente no está  libre de dudas, tiene la obligación de buscar la luz en medio de la noche; pero nuestra confianza en Dios es más fuerte que todas las dudas, pues nos apoyamos en su palabra y sabemos que no nos puede engañar. Creemos en el Dios de Jesucristo. No sólo proclamamos que Dios existe, sino que reconocemos que vive en nosotros formando parte de nuestra vida.

La fe nos ayuda a construir un mundo mejor. “El Dios digno de fe construye para los hombres una ciudad fiable (...) Si hiciésemos desaparecer la fe en Dios de nuestras ciudades, se debilitaría la confianza entre nosotros, pues quedaríamos unidos solo por el miedo, y la estabilidad estaría comprometida”, afirma el Papa Francisco.

Hoy, como siempre, la fe es una opción personal que no se debe apoyar en los otros. Sin embargo, muchas personas necesitan que se les ayude a buscar a Dios, a confiar en Él. Necesitamos creyentes que sepan “dar razón de su esperanza” (1 P 3,15) y puedan “Ser ante el mundo testigos de la resurrección y de la vida de nuestro Señor Jesucristo, y señal del Dios verdadero” (Concilio Vaticano II)

Te invito a la presentación de mi último libro: Sólo fe nos alumbra. Aquí está la información.

http://www.sanpablo.es/editorial/f/solo-la-fe-nos-alumbra/9788428553773

https://www.amazon.es/Solo-fe-nos-alumbra-Mambr%C3%A9/dp/8428553777