Viernes, 23 de febrero de 2018

Cataluña: la vida sigue

Estas navidades estuve diez días en Cataluña (en el Delta, Tarragona y Barcelona) y lo pasé muy bien con familiares y amigos. Vi las calles animadas, los mercados bien –incluso muy bien– abastecidos y una oferta cultural variada, como corresponde a una zona abierta y culta. Mucha gente, incluso demasiada, en algunos restaurantes y museos donde había que hacer cola; por ejemplo, en los alrededores de la Sagrada Familia y del hospital de San Pablo. Leí cada día La Vanguardia, que sigue siendo un diario excelente (mejorando lo presente), demostrando que se puede hacer buen periodismo incluso en momentos de grave tensión política, cosa que no siempre se puede decir en otras latitudes. En fin: nada notable a primera vista, más allá del disfrute de una cotidianidad apacible.

Todo esto son impresiones subjetivas, claro está. Es probable que las preocupaciones por la situación política se lleven, como la procesión, por dentro.  Pero contrasta vivamente mi experiencia de primera mano con el panorama catastrófico que pintan los medios de comunicación –especialmente los “nacionales”– desde hace meses, en sintonía con las rasgaduras de túnica del gobierno y de los partidos mayoritarios. Parecería que en Cataluña es compatible, por un lado, persistir en la anormalidad política, mantener un pulso antagónico entre nacionalismos y con el Estado y, por otra parte, vivir una vida diaria más o menos normal y hedonista en lo posible. Incluso si todo ese “procés” se  ve agravado por la crisis económica general y por el foul play del gobierno.

Con un poco de memoria histórica recordaremos que Cataluña tiene una larga experiencia de situaciones de conflicto, de resistencia política y social o de vivencias traumáticas, desde la Revolta dels Segadors del siglo XVII en adelante, por lo menos: la Guerra de Sucesión (precedida de otra con Francia), los motines por el pan y las quintas en el s. XVIII, la Guerra de Independencia, con una larga ocupación francesa que se repetiría en el Trienio, las Guerras carlistas, el mantenimiento de las murallas y de la Ciudadela como castigo, la época del pistolerismo y de la “acción directa”; por no hablar de lo del 36-39… Con ese trasfondo, vienen a la memoria de inmediato sucesos de otras épocas que parecen ahora repetidos.

Llueve sobre mojado: si hoy hay procesados por pitar a la Marcha real y a Felipe VI en el Camp Nou, en 1925 Primo de Rivera cerró el Barça varios meses por lo mismo. Si en 1934 el general Batet declara el estado de guerra y mete en la cárcel a todo el gobierno de la Generalitat (salvo al conseller Dencàs, que huyó al extranjero) hoy, por hechos no muy distintos, se ha impuesto el “155”, encarcelado a ocho consellers y ha huído el president; si hace poco se ha enviado al 7º de caballería policial, ya el Conde duque envió tropas a ocupar el Principado y Espartero bombardeó Barcelona desde Montjuich; y la displicencia del actual rey versus Cataluña no es nada comparada con las mil perrerías que le hizo el primer borbón, Felipe V, tras la Guerra de Sucesión. Todo ello porque, como ya notó Luis XIV, los catalanes quieren se rendre independents de leur Souverain.

La vez anterior fui a Barcelona al funeral de un familiar, soriano emigrado en los años sesenta. El azar quiso que el mismo día fuera a visitar a una prima que acababa de dar a luz. La vida sigue, tiene que seguir. Que sigui per molts anys.