Sábado, 26 de mayo de 2018

Cartas de los lectores

Artículo de opinion

NO APRENDEMOS Llevo años aconsejando a matrimonios jóvenes en el comienzo de su andadura, recordándoles aquellas cosas que contribuyen al éxito del matrimonio y aquellas otras que no ayudan precisamente… Casi todas son cosas muy obvias que todos sabemos pero que no obstante conviene recordar. Llevo también bastantes años llevando separaciones y divorcios. Cuando los clientes llegan al despacho normalmente ya no hay nada que hacer. Su relación está completamente rota. Y me pregunto, que desde la ilusión con que afrontan el comienzo de la creación de su familia y el rencor que se manifiesta cuando piden el divorcio, han tenido que pasar muchas cosas. En todo ese tiempo habrá habido sin duda avisos claros de deterioro de la relación, avisos poderosos que sin embargo, ciegos como vamos por la vida, desoímos, como si diera igual. En esta época que nos toca vivir solemos mirar con mucha atención cualquier signo de deterioro físico, cualquier herida diminuta, cualquier dolor por pequeño que sea, y actuamos casi inmediatamente para tratar de corregirlo. Es curioso que con algo tan absolutamente trascendental para nuestro bienestar como es el éxito de la vida familiar no nos comportemos igual de lúcidos a la hora de detectar los primeros arañazos. Lo que es una experiencia familiar agradable puede tornar en dificultades a nada que nos descuidemos por muchos factores que influyen en las relaciones humanas: la rutina, el egoísmo exacerbado, la falta de responsabilidad, etc. Algo tan importante como la familia merecería mucho más atención por parte de los que la forman, teniendo en cuenta que posiblemente no hay un elemento que contribuya a nuestra felicidad tan decisivo como éste. Ni el éxito laboral, ni el dinero consiguen el equilibrio anímico y la satisfacción que proporciona una relación adecuada con tu esposa/o y tus hijos o padres. Sin embargo hacemos grandísimos esfuerzos por conseguir un buen trabajo y realizamos renuncias inverosímiles por tener más dinero (tantas que, de hecho, muchos renuncian a vivir por tener más dinero, lo cual no necesita más comentario). Por eso el objeto de este pequeño artículo quería ser una llamada de atención. No nos deberíamos permitir perder relaciones personales que para nosotros son tan decisivas que de ellas depende directamente nuestra felicidad. Deberíamos tomarnos más en serio esa relación que llamamos familia –por supuesto esto también es extensible a otras relaciones humanas-. Al primer síntoma de desgaste tendríamos que preocuparnos seriamente y tomar las medidas oportunas. Claro, no siempre estamos educados para apreciar esos síntomas, y menos aún para tomar medidas, que muchas veces desconocemos. Por eso se echan en falta profesionales que sepan orientar y ayudar a reconstruir esas familias que empiezan a tambalearse y por supuesto es preciso caer en la necesidad de acudir a ellos en vez de esperar a que el amor que unió a esa pareja desaparezca del todo y para siempre. Utilizando el símil del fuego –tan común en el amor-, pedir ayuda antes de que se apague del todo. Si hay brasas es bastante fácil reavivarlo soplando con delicadeza y echando un poco de leña- primero fina y después más solida. Cuando todo se ha apagado ya es mucho más difícil. Pero si cuando se quiere pedir ayuda ya no solo se ha apagado el amor, sino que han surgido mil rencores el resultado es muy previsible. Puede acabar entre mal o peor. En esos casos es muy común que además lo que se busque no sea rebajar la tensión sino un abogado agresivo que termine por enturbiar definitivamente la relación, que ya ni siquiera pueda establecerse en términos de respecto. Ese, quizás, ya sea el peor y último error. En vez de rebajar el malestar y poder dejar una relación fría y distante, pero educada, se opta por ir del rencor al odio y así condenar a los hijos de la pareja a vivir una situación para ellos incomprensible y que les dejará probablemente huella para siempre. No aprendemos. O quizás si…