Viernes, 23 de febrero de 2018

Sísifo existencial

Hay días, algunos días, en los que, sin que sepamos muy por qué, se nos mete una espesa oscuridad en el alma que nos impide ver la luz de cuantas cosas y personas nos rodean. Esos días negros, nos sentimos tan sumidos en esa oscuridad que nos parece imposible salir de ella. Todo lo vemos negativo, no encontramos ningún motivo para la alegría, todo nos parece superficial, nada importa, no tenemos interés en salir de ese pozo porque, pensamos, que fuera de él, lo único que hay es otro pozo, más profundo y negro si cabe.

Pero de repente, sin que sepamos tampoco muy bien por qué, una tenue luz empieza a brillar en el horizonte, nos asimos a esa luz como el náufrago se agarra con uñas y dientes a la tabla del barco naufragado. Poco a poco la luz va brillando más y más, la tabla de salvamento, se va haciendo más grande y estable, nuestra salvación empieza a estar próxima, incluso una sonrisa asoma a nuestros labios.

La tabla, lentamente va tomando forma, ya no es una tabla, es una persona que nos acompaña, que nos habla, que nos sonríe… el mar tampoco es el mar, es tierra firme, la luz tenue es un brillante sol, que alumbra y calienta nuestro aterido cuerpo. Empezamos a escuchar sonidos, voces de gente que habla, que se divierte, niños que lloran, ruidos de motores de automóviles que transitan a toda velocidad, llevando vidas de otras personas con sus alegrías, sus penas, sus problemas y sus ilusiones. Todo va teniendo sentido, la gente pasa deprisa a nuestro lado indiferente a nuestra pequeña tragedia, nosotros indiferentes a la suya. Mundos tan próximos y tan lejanos, galaxias que vistas desde otra galaxia parecen una nube de polvo en la que todo está mezclado interrelacionado, pero que a medida que nos vamos acercando, las distancias se agrandan y lo hacen de tal forma que cuando nos sumergimos dentro de ella, vemos que son tan enormes que es imposible salvarlas, que no hay medio de comunicación que pueda superarlas, por lo que cada uno vive en su minúscula estrella, viendo a lo lejos las estrellas de los otros seres humanos sabiendo que nunca podrá acercarse a ellas.

Hay momentos en los que podemos tener la sensación de que la distancia se va haciendo cada vez más corta, que nos vamos acercando a la estrella que más brilla dentro de nuestro universo, la que puede proporcionarnos calor y compañía y a la que nosotros podemos dárselo. Pero, cuando más cerca estamos de ella, cuando creemos que nuestros dedos van a tocarla, de repente, a la velocidad de la luz, vuelve a separase de nosotros, dejándonos sumidos de nuevo en la oscuridad. Las ilusiones, las alegrías, van disipándose dando paso a la tristeza y al pesimismo. Hasta que de repente, intuimos una minúscula luz en los confines del universo, y la luz de la esperanza vuelve a encenderse dentro de nosotros.