Domingo, 20 de mayo de 2018

Nunca llegarás a nada

Caminaba el otro día por la calle, cuando oí casualmente una conversación. Eran dos hombres de mediana edad que charlaban al calor de un leve sol de invierno, en una cierta intimidad, pero con la vehemencia suficiente como para que quien pasara por ahí lo oyera sin dificultad.

Me lo decía mi tía Juana -decía uno de ellos-: “Calamidad, nunca llegarás a nada”. Y se esforzaba en describir al que le escuchaba la mirada de su tía, cuando iba a despertarle por las mañanas, clavándole sus ojos pequeños y negros como las cabezas de sus agujas de tejer… Reconozco que me hice el remolón, porque me superó la curiosidad. Simulando el despiste me entretuve en ese lado de la acera, no tan cerca como para interrumpir la conversación, ni tan lejos como para perder ripio alguno.

Debo añadir que una de las caras me sonaba. Enseguida me di cuenta de que se trataba de uno de los magistrados del tribunal de esa ciudad, en la que yo había estado ya alguna vez con ocasión de algún acto académico. Ese mismo era el que recordaba el episodio de la infancia. Como por esos días andaba yo perdido a la búsqueda del tono oportuno para unas memorias que me habían encargado, intuí que de allí podría obtener alguna pista que me indicara el camino adecuado.

No exageres -le decía el otro-, no te puedes quejar de lo que has conseguido. Tienes familia y un buen trabajo estable. Puedes descansar los fines de semana y te puedes permitir unas vacaciones en la costa en cuanto llega el buen tiempo. No hace falta aspirar a más.

Y yo que ya me había metido de veras en el debate de oídas, le di toda la razón a ese señor, y aún osé retrucar para mis adentros que no había necesidad alguna de complicarse la vida, que teniendo para más de lo elemental para qué andar creándose necesidades artificiales.

El magistrado, agitando con calma la cabeza, le respondía: No, si no lo entiendes. No se trata de tener o no las exigencias primarias satisfechas. Se trata de algo aún más importante.

Intrigado por saber qué sería eso tan esencial, no pude por menos de dar un paso más hacia ellos, al tiempo que procuraba que no se fijaran en mí. Y así fue: Enfrascados que estaban en ese amistoso diálogo, no se dieron ni cuenta de que alguien estaba atento a sus palabras.

El otro, renuente, procuraba llevar a su amigo por la vía de la conformidad: Pero qué ganas tienes tú de que te nombren para el Supremo o de que te propongan para el Constitucional. No ves que así estás más tranquilo y te evitarás presiones de todas clases, y de las que más de las desagradables.

Sin apenas dejarle terminar, el magistrado le contestó ya sulfurándose un poco: A mí me da igual acceder o no a cualquier cargo en cualquier alto tribunal, en eso no me va la vida. Lo que en absoluto me tiene indiferente es que haya colegas que hayan ocupado algunos de esos puestos para hacer pura política, distorsionando su misión de velar por la justicia y por el Derecho.

Como ven, el coloquio era de enjundia. Pero lo que me dejó pensando fue lo que este buen hombre añadió, con cara amarga: De lo que se trata es de que uno no puede decir lo que piensa ni en las sentencias, aunque se pongan en ello las mejores formas. Te tienes que hacer agradable no sólo al poder, también a la oposición. En cuanto te atreves a discrepar ya te tienen colocado en el lado opuesto, y como discutas de algún modo las posiciones de ambos bandos, ya te puedes dar por tachado.

Seguí cabizbajo mi camino, aunque con prisa, porque ya llegaba tarde a la conferencia que me habían invitado a impartir en la Universidad del lugar sobre la independencia y la imparcialidad de los jueces y magistrados.