Domingo, 27 de mayo de 2018

‘El manuscrito de fuego’, un homenaje a la Universidad de Luis García Jambrina

El autor zamorano estuvo respaldado por el nuevo rector y por el alcalde

El alcalde y el concejal de Cultura (derecha) siguen atentamente la exposición de Jambrina, acompañado del Rector, de Garzo y de su editora. Fotos: Carmen Borrego

El Aula Salinas, junto a la escalera de la Universidad Vieja, ha sido el escenario privilegiado de la presentación de la novela del profesor de Filología y escritor Luis García Jambrina, en un acto con la solemnidad de las grandes ocasiones. Grandes porque ha sido uno de los primeros actos presididos por el nuevo rector Ricardo Rivero, grandes porque la ciudad, en la persona de su alcalde, Fernández Mañueco y del concejal de Cultura, Julio López Revuelta, ha demostrado con su presencia la importancia de la universidad para una Salamanca convertida es escenario y protagonista de la novela del autor zamorano.

Un autor acompañado de su editora, Myrian Galaz, de Editorial Espasa, quien relató que, durante la preparación de la última obra de Jambrina, La corte de los engaños, este les habló de sus ideas acerca del próximo “manuscrito”, lo que les hizo caer rendido a la idea porque antes de ser editores, somos lectores que hemos tenido el privilegio y el placer de compartir con el autor este proceso. Un proceso por el cual, diez años después de la publicación de El manuscrito de piedra, el autor ha proseguido con el tercer volumen de la saga, esta vez dedicado al “fuego”, siguiendo con la tetralogía nombrada con los cuatro elementos, las cuatro formas de energía que, para los clásicos, se correspondía con el alma. Y con el alma ha presentado este libro el escritor vallisoletano Gustavo Martín Garzo con una intervención tan certera como emotiva.

Para Martín Garzo, la novela histórica y la novela negra que combina el autor está protagonizado por seres desorientados que protagonizan un relato histórico y cultural donde no solo destaca Fernando de Rojas, sino Don Francés de Zúñiga, cuyo asesinato inicia la trama. Novela negra donde encontrar al criminal es un pretexto para iniciar una búsqueda, la de un culpable y un manuscrito donde no sólo está escrita la venganza de un bufón ante el poder, sino una historia de amor, porque la palabra, después de todo, es encantamiento, el mismo que utilizaba Celestina para unir a los dos enamorados de la obra de Rojas. Ese Rojas que Jambrina ha convertido en un detective, un “pesquisidor” en su serie de novelas.

Luis García Jambrina, quien sitúa su último manuscrito en este año simbólico en el que celebramos a una universidad ocho veces centenaria que no debe, según sus palabras, regodearse en el pasado, sino mirar al futuro para engrandecer su tradición. La novela, para el autor zamorano, es un homenaje a la Universidad y a su tradición literaria a través de una serie que empezó como un juego literario y que se ha convertido en una serie en la que el personaje, ya popular, es requerido por los lectores. Un Fernando de Rojas, ya anciano, requerido por la emperatriz Isabel de Portugal (para Martín Garzo una de las protagonistas más hermosas de la obra) con el fin de esclarecer el asesinato de Don Francés de Zúñiga, bufón, hombre de placer del emperador Carlos V, muerto en su Béjar natal tras ser expulsado de la corte.

Don Francés, que escribió una Crónica burlesca es uno de los personajes más misteriosos del reinado de Carlos V, una época marcada por El elogio de la locura de Erasmo donde a los bufones se les llamaba “hombres de placer”, aquellos que tenían permitido decirle las verdades al poder a través de la burla y la risa. Un papel, que para Jambrina, quizás ahora represente Albert Boadella en su divertido intento de ser el presidente de Tabarnia, o el presidente Trump, bufón de sí mismo, en unos tiempos negros para el humor aún cuando, afirma Jambrina, cree en la cita de Buñuel que La imaginación no delinque. Y es que la novela histórica no solo recupera el pasado, sino que explica el futuro, y más si lo hace con ese toque infalible de novela detectivesca, novela negra, esa que le gusta tanto al profesor Jambrina, también experto en cine clásico y que no duda en incluir en sus obras referencias a la literatura y a imágenes del cine de siempre. Jambrina, que ha convertido al autor de La Puebla de Montalbán en un detective a la manera del protagonista de El nombre de la rosa, es ya un escritor curtido capaz de jugar con el lector y llevarle por la senda del suspense, del entretenimiento, de la referencia libresca y del gusto por las escenas clásicas de un cine que, para Jambrina es la continuación en el siglo XX de la literatura. Cine, novela, acción, documentación rigurosa… y una llamada muy oportuna a fijarnos en la fachada de la Universidad de Salamanca.

Ante la plana mayor de una Universidad que se dispone a inicial los fastos, de la mano de Enrique Cavero, presente en el acto, y en el Aula del Maestro Salinas, amigo de Fray Luis de León, ambos profesores del Estudio Salamantino, la obra de Jambrina se descubre como un homenaje a la ciudad universitaria. Una ciudad comprometida, desde el Ayuntamiento y la Diputación, con los actos del Octavo Centenario. Porque El manuscrito de fuego no es solo una excelente novela, ese prodigio histórico y detectivesco ya iniciado por Jambrina, sino un homenaje a la ciudad que es ciudad para la Universidad como la Universidad es para la ciudad. Una ciudad, en la que, afirma el rector, estudiaron desde el Félix de los Ingenio hasta Claudio Rodríguez (referencia muy querida para el autor, que le dedicó su tesis doctoral) y que combina la magia literaria con el conocimiento y esa perspectiva crítica hacia el poder que debe tener todo estudio. Un espacio de saber que, esta noche fría y húmeda, se ha llenado de público y de afecto para recibir como se merece y donde se merece a una obra que supone la primera gran contribución a los fastos del Octavo Centenario.

Una obra que no solo nos reconcilia con la literatura, sino que nos hace detenernos maravillados ante la Fachada Rica de la Universidad Vieja, un texto de piedra que nos devuelve a la tradición empujándonos a la modernidad. Y todo desde la escritura fascinadora, que, nos recuerda Martín Garzo, ha de seducir al lector, como nos seduce el personaje del converso Fernando de Rojas. Porque no hay literatura sin encanto, porque no hay conocimiento sin rigor, porque no hay palabra más cercana que aquella que nos devuelve el gusto por escuchar historias. La historia, en suma, de un tiempo privilegiado en el que se construía la fachada de la Universidad, se sentaban las bases de la modernidad y se vivía una Salamanca que quizás no haya cambiado tanto. Afuera, las calles estrechas se llenan de estudiantes embozados de una época, la nuestra, pasada que, sin embargo, mira al futuro. La piedra, imperecedera, ya es un manuscrito iluminado.

Texto: Charo Alonso.

Fotografía: Carmen Borrego.