Miércoles, 25 de abril de 2018

La cabeza caliente

Un periodista puede y debe interesarse, investigar y comentar los temas de interés social cuantas veces considere pertinente. Máxime, un periodista jubilado, como yo, libre de los temarios de rutina, las imposiciones comerciales de los anunciantes, las presiones de los políticastros de turno y las represalias de la progresía políticamente correcta.

Y es el caso que el planeta lleva varios inviernos batiendo récords de bajas temperaturas, con consecuencias como las que se dieron en nuestra península el primer fin de semana de este mes de enero.

Por aquello de no adoptar decisiones en caliente, he dejado pasar diez días para ver las reacciones de los sectores tocapelotas sobre el particular. Nada, ni una rectificación sobre el calentamiento global (alias, cambio climático) que amenazaba con hacernos pasar este invierno una calorina y un resecón propios del Sahara.

Y mire por donde, casi aciertan porque por primera vez en mucho tiempo, como se ve en la foto adjunta, la pasada semana nevó sobre ese desierto de nombre redundante (Sahara significa en árabe "el gran desierto"), paradigma del futuro que nos anuncian los catastrofistas.

En otros puntos muy distantes del mundo, este mismo mes la ciudad de Nueva York volvió a quedar bloqueada por la nieve y el frío y las cataratas del Niágara se congelaron, como puede verse en la otra fotografía. Hace aproximadamente un año, en febrero de 2017, se había producido en la costa de Massachusetts otro fenómeno inusual: la congelación total de olas marítimas en movimiento.

Como dije aquí en un un artículo de hace tres años, claro que el clima del planeta cambia o evoluciona, pero lo hace desde que el mundo es mundo de forma irregular y por efecto del Sol, la Luna, el magma terrestre, las placas tectónicas y los volcanes.

Otra cosa es que existan zonas concretas y microclimas afectados catastróficamente por acciones del ser humano, como la deforestación, los incendios provocados, la emisión excesiva de gases contaminantes o la polución de ríos y mares; que estos sí son problemas bien graves. De las jeremíadas ecologistas sólo podemos salir con la cabeza caliente... y los pies fríos.