Miércoles, 25 de abril de 2018

¿Por qué el 1 de enero?

El último día de Numancia, de Alejo Vera

¿Por qué iniciamos el año el uno de enero, en pleno invierno, y no, como hacían los antiguos, a mediados de marzo, esa época del año en que, como dice el poeta, el aliento del Céfiro ha avivado en bosques y campos los tiernos retoños y “las avecillas han comenzado a trinar, pues la Naturaleza les despierta sus instintos”? Pues ese momento del año, el equinoccio de primavera, fue también el de la creación del mundo y de la divina concepción, según las tradiciones.

El caso es que el primero de año es la octava de la Natividad y fecha de la circuncisión de Jesús y, por tanto, se integra en el ciclo de la pascua navideña. Esta ha de verse entre otras cosas como rito de paso (es lo que significa pascua) entre un año y otro: tras el solsticio de invierno, el sol vuelve a levantarse poco a poco en el horizonte y abre un nuevo ciclo temporal. Por analogía y en el plano simbólico, la Natividad clausura el mundo antiguo y descubre una nueva era para el hombre nuevo; la luz del Mesías, como el sol, irá creciendo en el mundo, a la vez que da fin a una etapa de oscuridad y desorientación. La iglesia usufructúa así la poderosa simbología solar propia del mundo pagano anterior.

De este modo parecería que se contraponen dos simbologías distintas, aunque no opuestas: la del ciclo natural, que pide el inicio del año en el equinoccio de primavera, y la del ritmo solar, a la que conviene el solsticio invernal. La primera relacionada con los cultos antiguos (caldeos, judíos) y la segunda con el cristianismo.

Ahora bien, en realidad el primero de enero como fecha inicial del año no viene ni de una ni de otra de estas dos culturas, sino de la tradición romana, a la que se atribuyen los principales rasgos de nuestro cómputo temporal, sintetizados en el calendario juliano. El contexto histórico es conocido: en la segunda de las guerras celtibéricas (153 a. C.), después de una inusitada derrota previa, el senado romano decidió enviar a Hispania al cónsul Q. Fulvio Nobilior con 30.000 hombres y 12 elefantes para someter a los arévacos del alto Duero y a los belos del valle del Jalón, que venían liderando la resistencia al expansionismo romano en la Península. Tal cuerpo de ejército, descomunal para la época, necesitaba de mucho tiempo para reunirse y desplazarse, así que se decidió adelantar ese año la toma de posesión de los cónsules del 15 de marzo al 1 de enero para facilitarles los preparativos de la campaña. Puesto que estos magistrados fijaban el comienzo el año y los días fastos y nefastos de su mandato anual, y dado que en lo sucesivo siguieron renovándose el uno de enero, este aspecto del calendario quedó fijado así en lo sucesivo hasta hoy.

Quizá el hecho de que los romanos –a veces un poco chiflados, como dice Obélix– empezaran las operaciones militares en pleno invierno fue causa suficiente, junto con el legendario vigor celtíbero, para que mordieran el polvo de nuevo ante las murallas de Numancia.  Ahí podemos ver también una causa remota de los recientes atascos en las autovías, que no se hubieran producido si las idas y venidas motorizadas hubieran tenido lugar en la soleada primavera.