Miércoles, 25 de abril de 2018

Quiero homenajear a un amigo

Ayer lunes estuve en el Aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid para despedir a mi nieta, mi hija mayor y mi yerno, que vuelven a Brasil después de las vacaciones navideñas. Serán once horas de vuelo, y estoy con usted y con usted, amigo lector, que esto no debería ser motivo de un artículo periodístico, pero sí es motivo si las dichosas once horas se suman a las dieciocho que tuvieron que soportar en la carretera el pasado sábado.

Como es sabido, los nativos de esas tierras difícilmente llegan a conocer el hielo y servidor hubiera querido traer a mi nieta, de sangre española, a conocer la nieve cuando fuera más mayorcita y en otras circunstancias. Este es un ejemplo particular de los muchos que se dieron en la AP-6. Por tanto, los Reyes Magos -¡que serán los culpables!- nos hicieron tal jugarreta que este año preferimos quedarnos con los Reyes de España.

¡Y no es cuento, eh! La semana pasada, exactamente el día 5, cumplió Don Juan Carlos I, Rey, ochenta años. Una fecha que no puede pasar desapercibida para quienes, en estos tiempos, en los que es casi de valientes felicitarle si se pertenece a la clase turista, no sentimos ningún tipo de rubor en desearle “Felicidades, Majestad”.

Don Juan Carlos, como todo ser humano, no carece de virtudes ni de defectos, pero hay que agradecerle en estos últimos años tres gestos que le honran: el “¡a ver si te callas!” a Chávez, el “perdón” por su desatinado percance en la cacería de Boswana y su abdicación cuando fue consciente de que físicamente no podía seguir sosteniendo la Corona.

Para nosotros no fue nada extraño, pues ya son cientos los años en los que abdicamos de aquel pueril pensamiento medieval de que el oficio de Rey estaba predestinado por el Altísimo. Don Juan Carlos I tiene y ha tenido debilidades como todo el mundo, y quienes recibimos parte de nuestra educación en algún colegio religioso sabemos que los enemigos del alma son tres: el mundo, el demonio y la carne.

Aquellos eran tiempos en los que aprendíamos las materias de memoria y tuvimos que esperar a ser mayores para entender su literalidad, ya que entonces era mejor no preguntar y al final la escuela era la calle. Además, ¿qué te iban a contestar? Lo mismo de siempre: el “mundo”, las malas compañías; el “demonio”, tenebrosas invenciones de seres extraños y con cuernos (ahora el Papa Francisco dice que es un tipo muy educado y que muchas veces lleva traje y corbata -ya nos lo temiamos), y la “carne”, sobre esto nunca nos dijeron nada. Unos podían pensar que era de solomillo, pechuga o sesera, pero hubiera sido mejor que hubieran dicho “sexo” y lo hubiéramos entendido todos.

No obstante, a pesar de este inciso, no queremos desviarnos de los asuntos reales, y Don Juan Carlos, que creó la figura del juancarlista, ha sido el mejor y único Rey que hasta hace un par de años hemos tenido en la Democracia. Que me disculpen los republicanos, pues si no hablamos de República, muy a nuestro pesar, es porque ahora no toca. Además, los republicanos no van a tener nunca un medallón en la Plaza Mayor de Salamanca y el medallón de Don Juan Carlos -por cierto, no hace falta que se den prisa en realizarlo- está ya concedido de antemano.

Sin embargo, España tuvo un Rey, familiar de Don Juan Carlos, Borbón por supuesto, con medallón en nuestra querida Plaza realizado por el gran escultor don Fernando Mayoral, que hubiera sido Rey de Reyes si en su época hubiera habido una democracia. Me refiero, los espíritus más sensibles ya lo habrán captado, al Rey Carlos III, conocido por El Político o El Mejor alcalde de Madrid, pero también, añadimos nosotros, gran benefactor de Salamanca, aunque no sea a esto a lo que voy a referirme.

En las conocidas Ordenanzas de Carlos III una de aquellas órdenes dice: “Desde mi feliz advenimiento al Trono, ha merecido mi real protección el arte de la imprenta, y para que pueda arraigarse sólidamente en estos reinos, vengo a declarar la exención del sorteo y servicio militar no sólo a los impresores, sino también a los fundidores que se empleen de continuo en este ejercicio y a los abridores de punzones y matrices”. Para Carlos III un libro era tanto como el alimento. 

Sirva esto último como homenaje a Lorenzo, un excelente impresor fallecido el pasado día de Nochebuena, persona muy conocida en María Auxiliadora y alrededores por haber trabajado muchos años en la Imprenta Lúmina, para el que se me desbordarían las palabras y las lágrimas si quisiera hacer un relato del gran compañero, amigo, leal encargado y afable servidor que nos consta ha pasado por esta vida para hacer felices a los demás. Que Dios le haya acogido como merece y a su familia, compañeros y a Ángel, quien fue su jefe, mi más sentido pésame.