Miércoles, 25 de abril de 2018

Nuevas oportunidades

“Antes de decirle a mi vida qué deseo hacer con ella, debo oír cómo mi vida me dice quién soy yo”.

Parker Palmer

“Tú no puedes decirme quién soy yo, y yo no puedo decirte quién eres tú. Si tú no sabes cuál es tu propia identidad, ¿quién va a identificarte?”

 Thomas Merton

Dejamos el año y en entramos en uno nuevo, 2018 puede ser un buen momento para desplegar en nuestra vida nuevas oportunidades de realización personal o social. Pensando en la posibilidad de un mundo mejor para todos. No es fácil hacer y mantener esos propósitos, ya que estamos muy influidos por la “inconsistencia temporal”, la forma que pensamos sobre el presente es muy diferente a como pensamos sobre el futuro. En el pesar presente está influido por la emociones y por los deseos inmediatos;  muy diferente al pensar en el futuro, donde no se suele incluir el yo, con lo que la toma de decisiones a largo plazo, parece menos trascendente o incluso poco importante. Debemos ser conscientes de esa realidad, libres para elegir, podemos soñar la realidad, desde el sueño de la razón, pero también desde el sueño del corazón.

Un buen propósito para el año podría ser desplegar la creatividad y la solidaridad, para  que puedan romper los velos de la indiferencia y ser sensibles al dolor ajeno. Son muchos los que sufren, parece necesario recuperar unas bases sólidas para comprender y compartir la realidad de tantos. Frente al “crepúsculo del deber”, intentar formar parte de las soluciones de los problemas cercanos y lejanos, sociales, económicos, políticos en la medida de nuestras posibilidades. La “ceguera moral”, parece que es una constante, una buena oportunidad es contribuir a la universalidad del bien más allá de todo relativismo. En esos valores parece tener un importante papel la solidaridad, junto con la libertad, igualdad, tolerancia, respeto a la naturaleza y responsabilidad común.

Propondría otro propósito para el año, superar los miedos sociales y globales. Rebajar las incertidumbres existenciales, sociales, económicas, políticas y establecer lazos de mayor hondura en la búsqueda de sentido. No estaría mal subir ciertos niveles de religiosidad, hoy muy olvidados, para abrir horizontes más profundos y poder transcender más allá de nuestro propio yo. Podría estar acompañado de búsqueda de los grandes ideales y utopías, perdidos en la posmodernidad y dispersados en numerosos fragmentos de sentidos relativistas. Desde ese horizonte de sentido, empujar a los políticos y a los agentes sociales, para desarrollar una globalización más justa e igualitaria, más allá de muros y fronteras, donde no sea el dinero el valor fundamental, sino la solidaridad, la hospitalidad y el bien común los objetivos realizables prioritarios.

No estaría mal, superar todo tipo exclusiones, principalmente de aquellos colectivos que no son productivos o que no generan riqueza. No pueden quedar al margen de la sociedad, como descarte o basura desechable, para ello, parece necesario romper los muros y alambradas de la indiferencia y la pasividad. Intentar que todo tipo de fronteras y separaciones externas e internas, se conviertan en puertas abiertas atravesadas por los más necesitados, donde nuestros espacios comunes, sean realmente una casa de todos y para todos. También, puede ser oportuno que los costos y las cargas se distribuyan con justicia, conforme a los principios fundamentales de la equidad y la justicia social. La solidaridad debe primar sobre lo particular, haciendo un replanteamiento global de todo el sistema mundial, reformarlo y corregirlo de modo coherente en base a los derechos fundamentales del hombre. Por encima de los parámetros del mercado debe estar el ser humano.

Por último, superar nacionalismo y fundamentalismos. El crecimiento económico provocado por la segunda revolución industrial y el auge de los nacionalismos en la recomposición del mapa europeo del siglo XIX, se instaló la creencia que para vivir, era necesario pertenecer a un pueblo y tener una identidad cultural. Se levantaron y se levantan fronteras imaginarias que con el tiempo se convirtieron en reales, muros que nos aíslan con la falsa idea que estamos más seguros y afianzar nuestra identidad. Parece que el individuo, no solo necesita cuerpo y alma, también pasaporte, en su definición ontológica para estar en el mundo. El auge del nacionalismo y del culto al capitalismo consumista, ha ido paralelo a la llamada “muerte de Dios”, ocupando el vacío que ha dejado lo religioso. El consumismo no basta, más allá de lo material, se necesita dar sentido a nuestra existencia, unos fines por los que luchar. La crisis económica actual, acentuó el nacionalismo como única y verdadera religión, llegado a ser todo en todas las cosas en muchos lugares del planeta.

La globalización es una oportunidad para el progreso de las sociedades, pero tiene necesidad de un nuevo despertar ético, reformulando el consenso alcanzado sobre derechos humanos, ampliarlo y adaptarlo a los nuevos desafíos que nos estamos enfrentando. Armonizar lo global y lo local intentando limitar los conflictos entre los dos ámbitos, siendo la cultura de la paz y hospitalidad uno de los valores más necesarios. Esto no solo implica una transformación de la sociedad, también de la persona desde los valores de la libertad social y la justicia socio-económica.