Miércoles, 25 de abril de 2018

Nostalgia compartida

Todos los años intento ir, al menos una vez, hasta El Cerro un lugar paradisiaco de la provincia salmantina allá lindero con Cáceres y lugar de silencios infinitos. Mi padre que fue médico del pueblecito en tiempos precarios para la medicina, pero lleno de satisfacción personal en el trato directo con el enfermo-amigo; lo quería tanto o más que lo quiero yo, él, un médico humano, singular y muy adelantado en conocimientos para aquella época nunca fue nombrado –Hijo Adoptivo- del lugar, seguramente porque entonces no se llevaba el hacerlo. Yo si lo fui, en agosto del 2017… y dicen mis familiares y amigos que estuvieron en el acto entrañable; que al final de mis agradecimientos dije… ¡ahora ya me puedo morir tranquilo!

¿Sabéis?, siempre que estoy en EL Cerro… ¡se me acrecenta la nostalgia! , de quien alguien muy entendido ha escrito: “Un sentimiento que ya no le damos valor en este siglo de la posverdad y de la absolescencia programada, como si fuera ello una carga”.

Repito: “A mí, cuando estoy en el Cerro se me eleva la nostalgia, la repaso, la asumo, la añoro y la comparto… es más, se me acrecenta con el recuerdo de cosas banales pero significativas de un ayer lejano: “El “tío Ignacio, no era mi tío ni nos unía más parentesco que la profunda amistad; pero en los pueblos serranos llamar “tío” era costumbre habitual y arraigada y… ¡como asaba las castañas el tío Ignacio! Él las llamaba “calbotes” y con qué parsimonia las rajaba y las iba acumulando en el asador. Algunas veces si las castañas no habían sido convenientemente rajadas saltaban con estrépito y producían susto y jolgorio de los que seguíamos sin pestañear la parafernalia del asado. Al calor de la lumbre, cada vez nos encontrábamos más agusto que alcanzaba máximos de grandeza cuando el tío Ignacio bajaba hasta la bodega y subía con una jarra de zinc repleta de un vino propio y puro que estaba delicioso. Nuestra admiración era palpable y en la cara curtida del anfitrión sus ojos chispeaban y reflejaban la emoción que también sentía… ¡como asaba las castañas el tío Ignacio!

Cuando terminaba aquella entrañable velada de- “Gente Maja-nosotros nos quedábamos a dormir en su casa, donde llegar hasta la silenciosa habitación donde estaba la alcoba era un rito impagable: “En ella podían verse dos gigantescas camas en altura y anchura cubiertas por edredones de restos de telas y tejidos diversos… y luego que ¡placer!  Con el mullido colchón, el silencio abismal reinante en la estancia y el olor a fruta fresca… (yo siempre aseveré” que allí no se dormía.. era descansar”)

Llegados a este punto permitirme que os repita lo que ya dije al principio: “Nostalgia; es un sentimiento que ya no valoramos en este siglo de absolescencia programada y posverdad…¡como si fuera una carga! Y qué va… Es otra cosa mucho más importante y profunda. ¡qué bien asaba las castañas el tío Ignacio y que bien se dormía en sus camas!

Son raíces humanas y clima humano vividos, que marcan una vida, siempre con silencio, respeto y orden. Señales de libertad. En El Cerro estos valores ocuparon mucho tiempo de sus gentes y aun perduran. Sin tener la exclusiva pues en Salamanca y provincia conviven una gran diversidad de gentes, a los que yo siempre he catalogado como-GENTE MAJA-normal, que sin hacer ruido se comporta como gente civilizada, humana (que dados los ejemplos actuales de determinados lugares nacionales, da que pensar) y da más valor a estas cualidades; Gente Maja-, social, abierta, dispuesta, que lucha y aprende a compartir… a escuchar…. a acompañar.

NOTA: Lo cierto es: “Que esta- Gente maja- es un “producto” que se vende mal; pues tampoco los “comunicadores” han  encontrado la manera de rentabilizar esta gran riqueza”

¡Qué bien asaba las castañas el tío Ignacio en El Cerro!

Feliz 2018 amigos.