Domingo, 15 de julio de 2018

Cartas de los lectores

¿Sera  otra  vez  lo  mismo?

Han pasado demasiadas cosas para que todo pueda ser lo mismo. El sabelianismo catalán sabe que no puede saltarse las leyes a su antojo y la independencia no es posible. En lo único que estamos de acuerdo los españoles, es que las elecciones catalanas del 21 de diciembre son tan importantes como aquellas de 1978, en que se decidía entre cambio o ruptura. El dilema es el mismo, entonces fue cambio con una Transición aceptada por todos. A pesar de que ahora digan algunos que esta desgastada como el franquismo de entonces, por lo que quieren tirarla a la papelera.

Pero la mayoría piensan que con cambiar lo que se le ha quedado obsoleto podemos tirar otros cuarenta años. Pero a pesar de la semejanza de aquellas elecciones con las de ahora de la región catalana, las diferencias son muy grandes. Hoy no existe aquel consenso necesario para diseñar un nuevo modelo de convivencia. Lo que hace imposible, una Segunda Transición.

Entonces fueron unas elecciones generales, estas de una región de España con el único tema de separarse o no de la Nación Española. La primera incógnita que nos platean es psicológica más que política; ¿Cómo es posible que habiendo cometido los independentistas tantos y tan graves errores conserven la fidelidad de la mitad de la población? Mintieron y ha ocurrido todo lo contrario de lo que predicaban. Y sin embargo, el independentismo conserva su porcentaje. Lo que extraña por partida doble, al ser los catalanes famosos por serios, “bueno a lo mejor no tanto” y por mirar la pela. Dicen que son inteligentes, pero les rige más el corazón que la cabeza, a no ser que les haya entrado “enajenación mental transitoria”. Pero ya les va durando demasiado tiempo.

Creo que tiene otra explicación no ya en el catalán sino en el español: nada nos molesta más que no tener razón o equivocarnos públicamente. Lo tomamos como una ofensa personal, como un borrón a nuestra dignidad, cuando equivocarse pertenece a la condición humana. Pero los españoles preferimos asumir los daños que reconocer que nos hemos equivocado o nos han engañado, “nadie quiere reconocer cuando le dan el timo de la estampita o la del toco-mocho” ¿Es la razón- el no tenerla- por lo que  los catalanes se olvidan de su patrimonio y siguen fieles a quienes les han engañado, robado y arruinado la primera economía de España? De ser así, son los más españoles de todos, ya que no creo que el resto llegáramos a tal sacrificio para defender el orgullo personal y de grupo.

No hay que olvidar que nuestro país no solo vive del orgullo también del “poderoso caballero don Dinero”. Y en el paquete soberanista no solo tienen orgullo, sino también codicia. Que eso sique es malo.

Por eso, a partir del 21 de diciembre nada será lo mismo, algo critico habrá pasado, no solo en Cataluña, esa región mortecina condenada a repetirse. En el resto de España va a generar ya hartazgo. Es posible que el Parlamento autonómico catalán retorne a los dos bloques-constitucional e independentista- aquel que disolvió el artículo 155. La tensión de fuerzas que llevo al desastre volverá con pequeñas variantes. Y Cataluña seguirá cadáver.

Hay dos partidos constitucionalistas de distinto signo, que pueden ganar en votos y tal vez en escaños. Pero nada cambiara eso en Cataluña, lugar en el cual siempre es lo mismo.

¿Lo cambiara en España? Con un cierre de ciclo el que se abrió en 1978. No. Solo puede ser anticipo de una crítica sobre la política española. El bipartidismo en el Parlamento. Alternancia en el ejecutivo. Reparto de la Magistratura. Poderes regionales. Es como un Estado fallido que se soporta sobre una ley electoral estafadora. El principio “un hombre un voto” no queda nada.

La estafa de la no correspondencia voto-escaño solo será resuelta por una ley electoral justa, todos los votos tienen que tener el mismo valor. Y en términos de igualdad del voto, los partidos nacionalistas desaparecerían política y económicamente. Es esto lo que está en juego en España…