Viernes, 20 de julio de 2018

El alma y la vergüenza

“...el matadero de la historia es la gran multinacional monopolista
en el ramo industrial del sufrimiento humano”.
RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO, ‘Clavado en la eternidad’ en “La señal de Caín”, El alma y la vergüenza, 2000.

 

El tema, por repetido parece trillado y es de suponer que la foto del negro encadenado haya empezado a causar cierto hastío en estas sociedades iluminadas ya para sus fastos navideños, que buscan en el espumillón y el champán el pueril argumento del consumo para olvidarse hasta de sí mismas. Pero las noticias de la trata de seres humanos, la venta y comercio con personas refugiadas en África, ha alcanzado una dimensión de tan escalofriante certeza que aun mirando a otro lado no desaparece aunque ya sólo a algunas ONG,s  parece importarles de verdad la tragedia de cientos de miles de almas esparcidas por una realidad hecha, no casualmente, justo en su contra.

Entre 400.000 y 700.000 personas, inmigrantes africanos fugitivos de guerras, masacres, limpiezas étnicas, persecuciones y represiones de todo tipo, se calcula que se pudren hoy solo en campamentos libios, abandonados en manos de traficantes de seres humanos que, cual si no hubiese cruzado la Humanidad el muro del esclavismo ni la arcada de la decencia, son comprados, vendidos, alquilados, torturados, violados, reventados, mutilados y asesinados ante una indiferencia global, lagrimones incluidos, que a todos nos signa con la marca indeleble de la vergüenza.

Algunos países occidentales, en un gesto claramente pensado para lavar sus conciencias culpables directas de esta situación, cuya historia intentan olvidar haciendo pira de su culpa y responsabilidad, ofrecen la limosna de unos pocos aviones para repatriar a algunos puñados de inmigrantes y devolverlos a los países de donde el hambre, la persecución política, social, religiosa y racista los expulsó, y a cuyas garras dirigentes de la Unión Europea y la Unión Africana planean el ‘gesto’ de entregarlos.

Las cifras, como siempre, en las ampulosa declaraciones institucionales se convierten en argamasa soluble de verdades reconvertibles, modificables, incumplibles y traicionables. El presidente de la Comisión de la UA afirma que serán inmediatamente repatriados 3800 inmigrantes, siempre que “sea imprescindible que nos aseguremos de que las víctimas de esta terrible tragedia, fruto del peor cinismo humano, puedan volver a casa de forma segura”. Brindis al sol, como tantos, cifras de mentira, guarismos de la hipocresía, volutas de humo verbal mientras la casa permanezca en llamas, estén las calles llenas los lobos y no caiga ni una gota de lluvia felicidad.

Hay una dimensión de la conciencia, tal vez también en la consciencia, que casi genéticamente nos empuja a la compasión y, a veces, como imán, a la piedad. Es el antiguo impulso de compunción por el mal ajeno, aquél rasgo de pesadumbre que nos impelía al abrazo y la solidaridad y a la mano tendida, pero que ha sido hoy cegado, obstruido y negado, e interesadamente manipulado, por la parafernalia moral de un individualismo sin espejos, lleno del ruido de la nadería y de la furia de la indiferencia.

El bochorno de las imágenes que certifican la realidad de seres humanos esclavizados en Libia y otros lugares, la hipocresía de las declaraciones institucionales para acordar medidas concretas de solución y, sobre todo, de erradicación de la trata de personas y la estremecedora desatención e indiferencia social hacia una tragedia humana de las colosales dimensiones que tiene esta que sucede aquí y ahora, hacen más oportuna la frase del presidente de la Comisión de la Unión Africana Moussa Faki Mahamat calificando la situación como fruto del peor cinismo humano.