Domingo, 17 de diciembre de 2017

Entrevistar a dos voces, los retratos fotográficos de Carmen Borrego

Carmen habla y retrata, retrata y ríe, interviene, pregunta, inquiere… y sobre todo, fotografía y en pocas ocasiones, hace que el entrevistado pose

mágenes que forman parte de la exposición / FOTO: CARMEN BORREGO

Si hay un periodista con empuje, ese es el poeta Juan Carlos López Pinto. Si hay alguien capaz de aunar voluntades y mantener, durante dos años un periódico mensual en papel gratuito y de una calidad indudable, en esta Salamanca nuestra de proyectos a menudo inconstantes, ese es Juan Carlos, dispuesto a sumar siempre y a convertir la cultura en ese regalo cotidiano que, la mejor entrevistadora cultural de Salamanca, Charo Ruano, nos enseñó a todos a apreciar desde las páginas de El Adelanto y de ese Cuarto de atrás en el que habitábamos todos. Cultura en las páginas del periódico, preguntas y respuestas para entrevistar a los grandes de nuestras letras, las magníficas letras de Salamanca: José Luis Puerto, Antonio Colinas, Ángeles Pérez López… sabiduría en cada respuesta, un trabajo que, como siempre le dije a Juan Carlos, era un auténtico privilegio.

Sin embargo, las entrevistas estaban desnudas. Hay en las fotografías de archivo un algo ya sabido, un peso documental que no refleja del todo al personaje. Por ello, en mi cuarta entrevista a una autora tan carismática como la poeta y traductora Montserrat Villar, se me ocurrió recurrir no solo a una de mis amigas y excelente diseñadora gráfica llena de originalidad y gracia, sino a una fotógrafa tan libre como Carmen Borrego quien había ilustrado, con ese lirismo alegre y aparentemente despreocupado de sus paisajes, las Miradas poéticas de Juan Carlos en la edición digital de SALAMANCARTV AL DÍA. Carmen concertó entonces una cita con Montse y el resultado fueron una serie de retratos luminosos y deslumbrantes que, desgraciadamente, en la edición impresa quedaron deslucidos por la extensión de la entrevista. El periodismo es el arte de ser humilde y aprender a aceptar lo inevitable, que los duendes de la impresión y la necesidad de espacio pueden arruinar en parte el mejor de los trabajos.

No hay nada más gratificante para quien escribe que encontrar el contrapunto gráfico. Yo he sido tan afortunada que no solo me acompaño por las imágenes irónicas, originales de Fernando Sánchez Gómez en las columnas, sino que he tenido el honor de trabajar con los reportajes fotográficos de otro poeta de la lente, José Amador Martín. Y como no hay dos sin tres, encontré en la mirada de Carmen Borrego, la voz perfecta para retratar a mis personajes. A partir de entonces, la entrevista no podría escribirse más que a cuatro manos, y en muchas ocasiones, han sido las fotografías de Carmen las que me han dado el tono de la escritura.

¿Qué tienen los retratos de Carmen Borrego? Si los pioneros de la fotografía, Stieglitz, Strand o Weston abogaban por una fotografía bella, hermosa en su composición, no hay duda de que sus imágenes lo son. Plenas de verdad, documento certero, que, sin embargo, van más allá y responden al principio enunciado por Susan Sontag de 1973 en su célebre ensayo Sobre la fotografía, donde afirma que una fotografía nos permite la posesión de una persona o cosa querida, posesión que dota a la imagen de un carácter único.

Porque son únicas las fotografías de Carmen Borrego. Lo son porque tenemos la infinita fortuna de retratar a quienes admiramos, a quienes amamos, a quienes reconocemos un trabajo que nos despierta la pasión por el personaje. Y de ese afecto y reconocimiento nace el retrato amable, el retrato acariciador de la cámara de Carmen Borrego quien llega, como tan bien ha sabido describir Charo Ruano, plena de sonrisas a la entrevista, dispuesta a escuchar, inquirir, reír, establecer con el personaje una charla cercana y cálida mientras se mueve a su alrededor y dispara un obturador silencioso. Habla y retrata, retrata y ríe, interviene, pregunta, inquiere… y sobre todo, fotografía y en pocas ocasiones, hace que el entrevistado pose. Así trabaja, a mi lado, en igualdad de condiciones, mi fotógrafa de cabecera.

Suyos son los retratos donde Montserrat Villar mira con infinita dulzura a la cámara, el fondo haciendo juego con los colores de su ropa. Suya es la calidez donde resaltan, como los de un rostro del renacimiento, los rasgos acariciadores de la escritora y profesora Asunción Escribano. Suyo es el perfil cercano a la calle, a lo diario, del poeta Raúl Vacas, suya la sobriedad rotunda del rostro pleno de gracia del dominico Quintín García, a quien supo dar ese aura que envuelve a nuestro poeta de las Villas. Rostros que se imponen al fondo, rostros que integran el fondo como parte de su ser, como la serie que le hizo a la profesora y poeta Ángeles Pérez López, tan habitante del Palacio de Anaya donde da clases como los poetas Puerto y Colinas, a los que recuperó en la majestuosidad del palacio de la Filología para nimbarles de versos solemnes y ocasiones de fiesta.

Es Carmen una fotógrafa capaz de retratar el alma del personaje. De hacer sonreír a Charo Ruano en medio de los libros, de mostrar la personalidad de Isabel Bernardo enmarcada por la monumentalidad de una Salamanca que envuelve a Paco Cañamero, a Miguel Ángel Malo. Suyos los perfiles antiguos del novelista Luis García Jambrina. Suyos las imágenes de un Ángel González Quesada que parece salirse del retrato, actor de sí mismo, suyas las visiones amables de Amalia Iglesias mimetizada entre libros. Suyos los rostros plenos de amor y dulzura de Antonio Sánchez Zamarreño y Mercedes Marcos, quienes dicen tanto en ese primer plano frontal de lo admirable. Saber mirar y acariciar con el objetivo a quien habla y nos entrega su tiempo y su palabra de forma generosa.

Retratos letrados para colgar de las paredes de una biblioteca porque hemos querido devolver a los escritores a los libros, porque hemos encontrado en la Torrente Ballester y en Isabel Sánchez y Paco Bringas el mejor apoyo. Ellos convirtieron el proyecto en una realidad y los escritores, siempre generosos, nos prestaron sus manuscritos, sus libros, sus objetos queridos, incluso sus originales y hasta la máquina de escribir que le regalaron a la niña Isabel Bernardo en un concurso de relatos. Jirones del corazón que ahora observamos mientras recorremos los rostros de nuestros escritores. Carmen nos ha devuelto, de las páginas apresuradas del periódico, la magia de esa fotografía que iluminó los diarios desde el año 1904, cuando el grabado dejó por fin pasó a la foto. Nadie lo dice con más autoridad que Gisele Feund, la fotografía de prensa es el reflejo concreto del mundo porque la escritura siempre es abstracta. Una escritura que precisa de la imagen.

Tan importante como la pregunta, la descripción, la respuesta, es el retrato fotográfico. Qué bien lo sabemos en una ciudad de tan grandes fotógrafos como Salamanca. Una ciudad de fotoperiodistas que siempre están ahí, al quite, atentos, presentes, a veces invisibles. Sin ellos nuestros periódicos, nuestra percepción de la realidad diaria no sería la misma. Quienes escribimos debemos rendirles tributo a nuestros reporteros de la cámara, sean del medio que sean, siempre en marcha, siempre dispuestos. Sus imágenes nos cuentan el día a día y siempre son excepcionales. Detenernos a darle su importancia es un gesto necesario.

La importancia del cuidado, del tamaño mayor, de la enmarcación hecha con mimo y con detalle. Las fotografías de Carmen se convierten en ese regalo único que nos devuelven al personaje con toda su importancia. Por eso en Manolita Café Bar recuperamos la grandeza de una Pilar Fernández Labrador primera actriz del teatro Liceo; el arte de los pintores y escultores Marta Brufau, Fernando Ledesma y Andrés Ilzarbe; la música de Fernando Maés y Jimmy López, ‘El Hombre tranquilo’; el cine de Jonathan Cenzual y David Gómez Rollán; el amor al libro de nuestros grandes libreros, Suso y Rafa Arias, el arte escénico de uno de los mejores actores que ha dado Salamanca, José Antonio Sayagués; la personalidad del doctor Pablo de Unamuno, aunado a la imagen de su abuelo el rector; la belleza de la historiadora Macu Vicente; la magia de Miranda Warrin, plena de color y el retrato, lleno de grandeza, en la balaustrada de La Casa Lis, dándole todo el protagonismo al edificio y al paisaje de la ciudad que mira al río, de Pedro Pérez Castro.

¿Qué vemos en los retratos de Carmen Borrego? Un rostro admirable  admirado por la fotógrafa que no solo tiene una técnica impecable sino un absoluto respeto y reconocimiento por aquel al que fotografía. Un rostro atento a la entrevista que ha sido detenido en ese instante decisivo que el fotógrafo convierte en una imagen única. De ahí que nos emocione, nos mueva a conocer al personaje, recuperar su obra, reflexionar sobre lo mucho que nos dice un rostro, el rostro que sabe leer el fotógrafo, atento al gesto, a la palabra y al silencio. Retratar es acariciar, entregar a la mirada de los otros aquello que se ha fijado a través del objetivo. Un acto de generosidad de quien posa y de quien retrata, de quien entrega el espacio para la exposición y para quien se detiene a visitarla. Qué acto de amor la sola mirada.              

  • Carmen Borrego durante la inauguración de la muestra / FOTO: ALBERTO MARTÍN