Viernes, 15 de diciembre de 2017

La independencia de Cerro Belmonte

“El proceso autonómico, tampoco puede saer una vía para la destrución de sentimiento de pertenencia de todos los españoles a una Patria común. La autonómia no puede, por tanto, convertirse en una vehiculo de exacerbación nacionalista, ni mucho menos debe utilizarse como palanca para crear nuevos nacionalismos particularistas” (Adolfo Suarez)

No sé, si este articulo (por supuesto recopilado y adaptado a este formato) había que mandarlo entero, o por fascículos. Tampoco  estoy muy seguro  si lo recuerdan, lo ignoran, les pasó desapercibido, o no despertó interés o curiosidad. Pero lo cierto es que el suceso, de hace cerca de treinta años, suscito una gran repercusión en los medios, dentro y fuera de nuestras fronteras, y que tales peripecias, algunas de carácter “cómico”, tuvo también su parte más que seria, incluso de trance diplomático; y sale ahora el “famoso” caso, toda vez que, como  Cataluña, trata de la independencia, y su semejanza.. Lean:

El 12 de agosto de 1990 aterriza en el aeropuerto de La Habana, previa escala en Canadá, un vuelo procedente de España. El gobierno castrista lo recibe en el pabellón de autoridades. Como a los jefes de estado. A bordo viajan 25 de los héroes de Madrid que se han rebelado contra el gobierno de España. La orden de que se les de asilo político viene directamente de Fidel Castro.

Esta es la historia de Cerro Belmonte, un barrio de Madrid que un verano proclamó la independencia y se convirtió en reino sin rey. Sus vecinos se rebelaron contra unas expropiaciones del Ayuntamiento que lideraba Agustín Rodríguez Sahagún. Y lo hicieron a lo grande. Antes, mucho antes de que Puigdemont llegase a la Generalitat, unos madrileños sacaron las urnas a la calle, votaron y se independizaron. Diseñaron una bandera, compusieron un himno, redactaron una constitución y emitieron moneda propia. Incluso elevaron a la ONU una petición de reconocimiento de soberanía.

El proceso independentista de Cerro Belmonte estuvo estructurado en dos fases: la petición de asilo político a Cuba y la proclamación de independencia previo referéndum.

HISTORIA:

Cerro Belmonte era un barrio del distrito de Valdezarza (Madrid) que albergaba a unas 250 personas. Estaba limitado por la autopista de Sinesio Delgado y lindaba por un parte con la calle Villaamil y con la zona de Peña Chica por la otra. Un barrio de casas bajas y personas mayores. En 1990, en la España preolímpica, el sector de la construcción estaba desatado. El Ayuntamiento incluyó a Cerro Belmonte y sus alrededores en un nuevo plan urbanístico. Eso significaba expropiar a unos vecinos que no se querían marchar de allí porque contaban con casas amplias y patios, casas bajas y personas mayores. Un pequeño pueblo dentro de una gran ciudad.

 La administración, además, fijó el precio de la expropiación en 5.018 pesetas el metro cuadrado. Una cantidad irrisoria que enfadó a los propietarios. Les echaban de sus casas contra su voluntad y por cuatro duros. Por si fuera poco, para realojarlos les proponían zonas como Vallecas o Villaverde, muy lejos de su barrio.

 Entre los afectados se encontraban los padres de una abogada que se convirtió en el auténtico cerebro de la protesta. Y que acabó tan desengañada con la experiencia que ahora, para participar en el reportaje, pone como única condición que no se utilice su nombre en el texto. ¿Por qué no, si es relativamente fácil encontrarlo por internet o en recortes de prensa?: “Porque acabé tan quemada y escarmentada con todo, que no quiero que mi nombre vuelva a aparecer en prensa. Aquello me labró enemigos muy potentes que me han hecho la vida imposible". La cuestión es, que fue ella la que empezó a espolear a los vecinos para que se elevase el tono de las protestas. De consultas al Ayuntamiento pasaron a manifestaciones cada vez más ruido

En verano de 1990, una de las noticias de portada en la prensa española era el conflicto diplomático que mantenía Cuba con España. El 17 de julio, los vecinos de Cerro Belmonte venían de manifestarse contra la expropiación que ordenaba el Ayuntamiento de Agustín Rodríguez Sahagún. Se plantaron en la puerta del Consistorio con amenazantes pancartas contra el alcalde, del tipo  (“Sahagún, te vas a ver como el betún para sacarnos”).

Como el Ayuntamiento seguía negándose a negociar, a la abogada se le ocurrió una brillante idea: pedir ayuda al enemigo. Ella y varios vecinos fueron a la embajada cubana en Madrid a entregar una carta pidiendo asilo político al régimen castrista. “Aquello no pretendía ser más que un acto simbólico”, jura la abogada. Pero se les acabó yendo de las manos. Los funcionarios de la embajada eran reticentes a coger la carta.  Al final la recepcionaron, con miedo y por compromiso. La abogada y los vecinos volvieron a sus casas decepcionados. “A las tres de la madrugada del día siguiente recibí una llamada en casa. Eran de la Embajada de Cuba. Me dijeron que pasaría un coche a por mí enseguida”, recuerda la letrada, que reconoce el miedo que pasó aquella noche. A los pocos minutos vino un taxi a recogerla y se la llevó.

“Al llegar a la embajada cubana me metieron en un cuartito con dos personas y una radio con música caribeña a todo volumen. Decían que había que hablar así por si había micrófonos ocultos. Yo no entendía nada”. Le preguntaron qué cuántos de los vecinos se irían a vivir a Cuba. Sería un golpe de efecto para el régimen castrista, que esos días veía como unos disidentes cubanos acaparaban toda la atención mediática  protestando contra Fidel con un encierro. Unos españoles mudándose a Cuba se antojaban un contraataque propagandístico perfecto para Castro.

La abogada les reconoció entonces que aquello de pedir asilo político había sido una especie de maniobra de marketing y visibilidad para negociar unas expropiaciones. Que en un principio nadie en el barrio tenía pensado irse a vivir a Cuba. "A los pocos minutos sintonizaron un canal de radio. Era un discurso de Fidel Castro". En uno de aquellos “mítines” tan breves que se marcaba el dictador, le dedicó 45 minutos de su discurso (de 4 horas) al barrio de Cerro Belmonte. Hablaba de la opresión del gobierno español, de revolución, de la lucha de los vecinos, de héroes…etcétera. 

“Los 25 de La Habana”... Al final, la abogada negoció. A vivir no, pero a visitar Cuba sí que se comprometía que iban a ir los vecinos de Cerro Belmonte, siempre y cuando los gastos del viaje y la manutención corriesen a cargo de Cuba. No hubo problema. Castro compró 25 pasajes para que los rebeldes de Cerro Belmonte visitasen la isla de la revolución.

A los pocos días se celebró un sorteo en el barrio que determinó qué personas viajarían a Cuba. La rifa dejó un resultado heterogéneo: "Desde un anciano que tendría como 80 años y que había servido en la División Azul, hasta una niña de 10 años" recuerda la abogada. Así hasta un total de 25 vecinos. Principalmente de avanzada edad, porque Cerró Belmonte era una zona en la que residían muchos ancianos. El viaje más largo que había hecho la mayoría hasta entonces era a la Puerta del Sol. "Parecíamos una excursión del IMSERSO", rememora la abogada. “Fuimos a La Habana a mediados de agosto, para coincidir con el cumpleaños de Fidel, que era el día 13. Allí nos recibieron con honores de estado. Al llegar nos tenían preparados unos obsequios: un puro habano para los hombres y una especie de estambre para las mujeres. Los vecinos veían aquello y cuando recibían el regalo se volvían a poner a la cola. Uno de los funcionarios que nos recibió me acabó preguntando: “Oigan, ¿ustedes cuántos han venido? Porque tenemos apuntadas 25 personas pero hemos dado ya más de 60 regalos”. Ahí ya vi que no iba a ser un viaje fácil”, recuerda la abogada.

Hubo muchos contratiempos durante los 7 días de estancia de los cerro-belmonteños en Cuba. Al entrar en dependencias oficiales, lo primero que vieron fue un cuadro de Raúl Castro. El anciano que había servido en la División Azul lo confundió con Hitler y se vino arriba: empezó a levantar la mano,  hacer saludos nazis y a gritar “Viva Hitler, Viva Franco. Esta gente sí que sabe”.

Ese mismo vecino, llamado Paco, protagonizó uno de los sustos del viaje. Una mañana lo esperaban para desayunar, pero el anciano divisionario no aparecía. Pasaron las horas, lo llamaban al teléfono de la habitación pero no contestaba. La expedición española se temía lo peor. Un hombre tan mayor, solo... Cuando empezaban a temer lo peor y a calcular cuánto costaba repatriar un cadáver a España, el divisionario apareció en el hotel con una “jinetera” (señoritas de compañía) agarrada de cada brazo.

Los vecinos visitaron la isla antes de entrevistarse con Fidel. Los llevaron a las espectaculares playas de Varadero acompañados por un guía muy delgado que se llamaba Orestes Aldama, pero al que todos los madrileños llamaban 'Pepe' porque no se aprendieron el nombre. "Una vecina que pesaba más de 100 kilos se metió en el agua y tuvo un percance, casi se ahoga. Pepe, el guía delgado, se metió en la mar a salvarla. Salieron de allí los dos con vida, pero al que le tuvieron que acabar haciendo la respiración boca a boca fue al pobre Pepe; le costó muchísimo sacarla", cuenta la abogada.

Para matar el tiempo mientras estaban en el hotel, los vecinos se llamaban los unos a los otros por el teléfono de la habitación, imitando el acento cubano que les hacía mucha gracia. “La niña de 10 años se quedaba conmigo en la habitación. A ella le gustaba coger siempre el teléfono y contestar a las burlas. Una vez vi que atendía el teléfono, mandaba a la mierda literalmente al interlocutor, como era habitual en esas bromas, colgaba y se reía”, recuerda la abogada. El problema fue que esa llamada en concreto era de Fidel Castro. “Cuando bajamos a recepción nos estaban esperando allí los periodistas del Granma, el periódico del régimen, para preguntarnos qué nos había dicho el comandante, porque todos estaban avisados de que me iba a llamar. Yo no sabía ni qué explicarles”.

Fidel Castro los recibe: Fidel Castro no se lo tomó mal, porque los recibió en el Palacio de la Revolución sin el más mínimo rencor. “Un palacio precioso para el hambre que estaban pasando en su pueblo”, cuenta uno de los vecinos. Castro estuvo allí atento con todos los cerro-belmonteños. Les regaló puros, libros y se hizo fotos con ellos. Finalmente, Castro no logró convencer a ningún vecino para que se quedase a vivir en el paraíso revolucionario. Les ofreció casas y trabajo, pero los madrileños vieron demasiada miseria en la isla. “Creo que, después de las que liamos, ellos tampoco querían que nos quedásemos. Nunca fueron tan felices los cubanos como cuando nos despidieron”, relata la abogada.

Los rebeldes prefirieron volver a Madrid; tenían que desarrollar la otra parte del proceso independentista de Cerro Belmonte: el referéndum para proclamar la independencia. Los vecinos habían adquirido protagonismo con su viaje a Cuba. Casi todos los medios de España se habían hecho eco del desafío independentista a España y de la respuesta de Cuba. “El diario Egin nos llamaba a menudo, nos entrevistaba en su canal de radio. A ellos les interesaba tener gente en Madrid que pidiese la independencia, pero nosotros les repetíamos que nuestra lucha no tenía nada que ver con la suya, que nosotros nos volveríamos a España cuando estuviese todo resuelto. La presión mediática no fue suficiente y el Ayuntamiento seguía enrocado en sus expropiaciones a 5.018 pesetas el metro cuadrado. Por ese motivo, los vecinos se vieron forzados a tomar la más drástica de las decisiones: se independizarían. Los vecinos votarían de forma libre y soberana, y el resultado sería vinculante. El referéndum se celebró la primera semana de septiembre en casa de 'La Desi'. Es decir, de Desideria Becerril, una de las vecinas más ancianas del barrio. Las urnas eran de cartón y se montaron en un momento; no hubiera dado tiempo a que ningún cuerpo policial las incautase. “Las papeletas las hice yo a mano. Pero ya han pasado más de 25 años y el delito ha prescrito”, bromea la abogada. El censo electoral de Cerro Belmonte y aledaños era de 214 personas. En el referéndum salió independencia con un resultado de 212 a 2.

 Los disidentes fueron dos vecinos mayores que no acababan de ver claro aquello de montarse un país por su cuenta. Pero respetaron la voluntad democrática del barrio y así se constituyó el Reino de Cerro Belmonte: "Era un reino sin rey. Le pusimos reino porque fue el nombre que más le gustó a la gente”, puntualiza la abogada. El nuevo reino aglutinaba también el Principado de Villaamil y el Condado de Peña Chica. Los vecinos cerraron fronteras con unas vallas de obra, cortaron la circulación en las calles principales y montaron tiendas de campaña en el campo de fútbol, donde de día hacían guardia los niños y de noche los mayores. “En aquel entonces se empezaban a poner de moda las acampadas reivindicativas, como la que pedía que España diese el 0,7 del presupuesto a los países pobres, que era la campaña de moda aquellos días”, indica la abogada.

¿Cómo actuó la policía ante el cierre de las fronteras? Como Cerro Belmonte no tiene mar, no fue viable enviar un barco con el dibujo de Piolín, como ha mandado el gobierno español ahora a Barcelona. Los que intervinieron en aquel momento fueron los agentes de la Policía Municipal. “Se lo tomaron muy bien y se solidarizaron con los ancianos. Las concentraciones en las calles cortadas empezaban por la mañana; si había algún vecino que se dormía, la misma policía le recordaba que tenía que ir a cortar el tráfico. Si lo vecinos llevaban churros, ellos traían el chocolate", explican vecinos del bar. Durante la semana de la independencia, en Cerro Belmonte trabajaron duro para dotar al nuevo país de elementos de identidad propia. Lo primero que hicieron fue diseñar una bandera. Decidieron expropiar una de las estrellas de la bandera de Madrid y llevársela con ellos. Así nació la bandera de Cerro, que son tres franjas horizontales, roja, blanca y roja, con un triángulo blanco en un lado, como la de Cuba o la Estelada. Y en el centro, la estrella que le robaron a Madrid. Tan en serio se lo tomaron que presentaron una instancia en la Comunidad, exigiendo que quitasen una de las siete estrellas de la bandera madrileña, porque se la habían llevado ellos.

 El diseñador de la bandera fue Gregorio Bravo, el hijo de la “Desi”. Era delineante y, en los 90, cuando aún no había herramientas on-line para dibujar, él ya disponía de recursos para diseñar banderas. “Creo que la tela la cedió mi vecino el heavy”, recuerda David, uno de los vecinos que en aquella época no era más que un adolescente.

Goyo, el diseñador de la bandera, también fue el encargado de emitir la moneda. Creó una divisa llamada belmonteño. Cada billete valía 5.018 pesetas, que era el precio que el Ayuntamiento le quería pagar a los vecinos por metro cuadrado. El billete estaba impreso en papel normal, nada de papel moneda. Tenía dibujado el mapa del barrio por una cara y la estrella expropiada a Madrid por la otra.

Y como colofón, la Constitución. Fue redactada, cómo no, por el mismo que diseñó la bandera y los billetes. Se aprobó el 12 de septiembre de 1990. Tal vez sea la única constitución en el mundo que, en su artículo primero, aboga por la FELICIDAD (en mayúsculas en el documento original) de sus habitantes. También concedía asilo político a todas las personas que se considerasen maltratadas por el Ayuntamiento de Madrid. ¿Cómo se sostendría la economía del país? Los vecinos lo tuvieron claro desde el primer momento: el barrio estaba limitado por un extremo por la autopista de la calle Sinesio Delgado. Instalando un peaje ahí, los ingresos entrarían a espuertas. Esa es una similitud que sí que guarda Cerro Belmonte con Cataluña.

Todos estos símbolos se presentaron el sábado por la noche, cuando se celebró la gran fiesta por la independencia en el campo de fútbol, entre tiendas de campaña, vallas de obra y niños que estaban pasando el mejor verano de sus vidas

A la fiesta de esa noche no faltó un solo vecino. Ni siquiera los dos que votaron en contra de la independencia. Los invitados de honor fueron los funcionarios de la embajada de Cuba en Madrid, los mismos que les gestionaron el viaje a La Habana. Nadie quería perderse uno de los momentos más emotivos de la noche: la presentación del himno de Cerro Belmonte.

El himno lo compuso el grupo Kaduka2000que eran unos punkis que vivían en el barrio y habían montado una banda. Ofrecieron un concierto gratuito al que llevaron como público a todos sus colegas: un montón de heavys y punks que no dejaban de beber sangría y fumar porros. A los ancianos de Cerro Belmonte no les escandalizó aquel intenso aroma en el ambiente. A fin de cuentas, todos eran patriotas que estaban allí para escuchar su nuevo himno, el que les tendría que poner la mano al corazón y el vello de punta.

¿Les impresionó a ustedes ver a un millón de personas cantando el himno de Cataluña en Barcelona con motivo de la Diada? Pues ahora imaginen a 300 madrileños en un campito de fútbol con tiendas de campaña, cantando a pleno pulmón: “Queremos pan, queremos vino, queremos al alcalde 'colgao' de un pino”. Esa fue la letra que escogieron Kaduka2000 para ilustrar la represión que sufrían los cerro-belmonteños. Es una adaptación de una tonada tradicional, pero ellos la reivindican como propia: “Se la inventaron los punkis. Yo no había escuchado eso en mi vida”, asegura la abogada. Muchos recuerdan que de aquel fiestón salieron sensiblemente perjudicados por la sangría los funcionarios de la Embajada de Cuba.

 La fiesta fue un éxito, no sólo de asistencia si no repercusión. Empezó a correr como la pólvora que aquellos rebeldes madrileños se habían independizado y comenzaron a reclamarlos medios de todo el mundo. El Times Magazine les dedicó un amplio reportaje. Der Spiegel de Alemania les dio una página entera y la BBC les entrevistó en el programa “Wicked world”. El diario Egin los sacaba en portada y los medios españoles los llevaban a los programas matinales. Cada día recibían llamadas de personas en el extranjero que se ofrecían para ser cónsules de Cerro Belmonte y llevar así las relaciones diplomáticas exteriores. La última medida adoptada por los cerro-belmonteños fue dirigirse a la ONU para que reconociesen la independencia del nuevo estado. Pero no hizo falta seguir con el plan. Finalmente, el Ayuntamiento se dio por enterado. La repercusión mediática aconsejaba sofocar el conflicto con diálogo. Unos emisarios del Ayuntamiento de Madrid se pusieron en contacto con los vecinos a finales de septiembre para comunicarles la rendición del Ayuntamiento: Cerro Belmonte había ganado.

El barrio salía de aquel plan urbanístico y las expropiaciones quedaban sin efecto. La zona se incluiría en el siguiente plan, lo que daba tiempo a los vecinos a negociar de forma individual sus terrenos con constructoras privadas, consiguiendo unas cotizaciones mucho mejores. Además, el realojo de los vecinos se hizo en pisos nuevos del mismo barrio o alrededores, no en Vallecas y Villaverde como estaba previsto. El gobierno de Cerro Belmonte y aledaños, por su parte, derogó la independencia y volvió a unirse a España. 

¿Final feliz?:

¿Al final todos contentos? Todos no. La abogada acabó desengañada incluso con los propios vecinos: "Cuando se anuló la expropiación se perdió el espíritu de unión. Se vieron muchas miserias. Cada uno empezó a negociar por su cuenta y hubo muchas discusiones y episodios muy feos”. La letrada acabó rompiendo fotos, billetes, papeletas y todo lo relacionado con el Caso Cerro Belmonte. "Apenas queda documentación gráfica de aquello. Tiré como 3 kilos de papel, no quise saber nada más de aquel tema", asegura. Y por eso, aunque sea muy fácil encontrar su nombre, no quiere que salga en el reportaje.

Actualmente, Cerro Belmonte es una zona de pisos nuevos en plena expansión. Un puente les permite atravesar por encima la autopista Sinesio Delgado, aquella en la que querían meter un peaje. En esa pasarela hay una pintada que habla de “los mártires del pueblo”. Seguro que no se refiere a aquellos rebeldes, porque en aquel proceso no murió nadie. Fueron mártires sin muerte, en un reino sin rey que se independizó y le robó una estrella a Madrid. De aquel país con un himno punki ya no quedan apenas ni fotos. Pero cuenta la leyenda que, en las noches de verano, por el puente de la autopista, se oyen voces de ultratumba que cantan aquello de: “Queremos pan, queremos vino, queremos al alcalde colgao de un pino”.

Esta es la historia, una más de esta querida España nuestra, un recuerdo para aquellos más jóvenes,  con el fin de que algunos “inventos” de ahora, ya tenían la idea y la patente, en otros que les precedieron…

¡ Dios mío que país?!  ¡Ya lo creo que somos diferentes!.. ¡…Ya lo creo….!