Domingo, 17 de diciembre de 2017

La misión de la omisión

La omisión es la acción de estarse quieto. Una paradoja. Omitir es abstenerse de hacer o decir algo necesario - que conviene hacer o decir - de un modo consciente. Para los católicos es un pecado cuando atañe a la moral. La omisión es esforzarse en no hacer esfuerzos, callarse cuando hay que hablar y no mover un dedo cuando hay que echar una mano.

Me venía todo esto a la mente con la visita del Papa Francisco a Myanmar donde ha omitido la palabra “rohingya” aconsejado por el único cardenal del país, Charles Maung Bo.

Distintos grupos de derechos humanos coinciden en que más de 600.000 rohingyas han huido de Myanmar desde agosto. El gobierno birmano suele referirse a ellos como "bengalíes" que emigraron ilegalmente de Bangladesh. País de mayoría musulmana que niega sean sus ciudadanos. Los rohingyas han sufrido décadas de persecuciones y no tienen reconocimiento como grupo étnico. No existen. En Myanmar, país liderado por la premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, les prohíben casarse o viajar sin permiso de las autoridades, no tienen derecho poseer tierra ni a tener ningún tipo de propiedad. La ONU ha dicho que lo que ocurre en el país con la minoría rohingya "parece un ejemplo de libro de texto de limpieza étnica".

Y pienso que nunca se había hablado tanto de los rohingya, ni se había mencionado tanto el nombre de los rohingya, como desde que el Papa Francisco lo omitió. Es la paradoja de lo paradójico. Porque la omisión del término rohingya para no incomodar a las autoridades anfitrionas durante los cuatro días de visita papal -que podrían suponer represalias para la minoría católica (apenas 700.000 en un país de 53 millones de habitantes)- tenía todas las papeletas para convertirse en un pecado de omisión de libro de texto de moral católica. Y no. Justo lo contrario. El silencio ha sido el mayor de los gritos. La acusación al Papa por parte de algunos grupos defensores de los derechos humanos se ha vuelto contra ellos. Ha hecho más Francisco con su silencio por los rohingyas que todos ellos juntos con sus gritos de moqueta en despachos acristalados e insonorizados.

Cada palabra del Papa ha estado enraizada en la dolorosa situación de la minoría rohingya. "El futuro de Myanmar debe ser la paz", afirmó Francisco, "una paz basada en el respeto de la dignidad y de los derechos de cada miembro de la sociedad, en el respeto por cada grupo étnico y su identidad". El Papa pidió "respeto por el Estado de derecho y un orden democrático que permita a cada individuo y a cada grupo —sin excluir a nadie— ofrecer su contribución legítima al bien común".

Pero es que en cuanto dejó la antigua Birmania y puso un pie en la vecina Bangladesh, Francisco volvió a omitir la omisión haciendo de la doble negación una afirmación, un auténtico grito: "Nadie puede dejar de ser consciente de la gravedad de la situación, el inmenso costo en términos de sufrimiento humano y la precaria condición de vida de tantos de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran hacinados en campos de refugiados", apuntó el Pontífice en su discurso frente al presidente, Abdul Hamid, que le recibió tras aterrizar en Daca, la capital bangladesí.

Y así es como el Papa de los descartes transforma el pecado en gracia, el silencio en grito, la ausencia en presencia. Así es como a los últimos los coloca primeros y como zarandea la conciencia de un mundo globalizado para los ricos y cada vez más blindado para que no entren los pobres.

Me temo que, si Francisco persiste, acabarán omitiéndole.