Domingo, 17 de diciembre de 2017

Los pájaros pintados.

Pues sí, un pajarito pintado, de apenas diez u once años fue a parar a un instituto, colegio de curas, o de esos bilingües, tanto da. Pintado por ser charnego, godo, de Girona, sudaca, moro o judío. A veces, también, por ser gordo o gorda o fea, por alguna historia que atañe a sus padres y, a veces, por algo más sutil e inmaterial, el “pajarito” habita en otro mundo más complejo y sofisticado que el usual de sus compañeros. Eso nunca se perdona, ni de niño, ni de joven, ni de adulto. A ese niño o niña marcados por la opinión de una mayoría se les zancadillea, se les designa con algún mote afrentoso, se les da empellones y a la salida de clase se vacía sobre la acera su mochila quedando esparcidos por el suelo lápices, cuadernos y libros de texto. Siempre entre los acosadores hay un líder y unos seguidores. Es decir, una manada. Los que ofician de tropa, muchos, lo hacen para evitar ser ellos mismos marcados por la pintura infamante. La crueldad desplegada por los líderes obedece a razones más profundas. Algunos satisfacen sus carencias afectivas mediante el aplauso y sumisión de los seguidores y otros sus sentimientos de inferioridad. La manada conforma un fenotipo singular. Los que callan y acatan, muy probablemente, interpretarán el mismo papel en su adultez. Volverán a ser sumisos súbditos de los que detentan el poder, sea en la casa, trabajo o gobierno. Su conducta pusilánime la racionalizarán de manera que parezca ante sus ojos como “sentido de la realidad” o “común”. A su vez, una crítica contra la “autoridad” ejercida por otras personas, cercanas o lejanas, les llenará de una profunda indignación. Se sienten cuestionados. Como en el “cole” se sienten, allá por allá adentro, de nuevo débiles y descargarán sobre la disidencia la agresividad que sienten -inconscientemente- hacia sí mismos. Una vulgar transferencia, dirían los sicoanalistas. En todo caso, para esta gente tan sensata, el quid de la cuestión siempre reside en anticiparse a los cambios de la dirección del viento. Es decir, averiguar la identidad del nuevo jefe. Resuelto el dilema, despliegan velas y alzan su mano, según convenga, abierta o cerrada en un puño. Los perpetradores, en cambio, asumen sin problema la autoría de la persecución por ellos desplegada. Los recuerdos de sus desmanes les llenan de secreto orgullo y ya de mayores tratarán de alcanzar la misma posición de fuerza. Para ello, deberán construirse un relato que, a sus ojos, justifiquen su conducta pasada y venidera. Ese relato siempre será darwinista. Alguien cercano, que sesteaba en el hotel Palace, después de haber ingerido una copiosa comida, aconsejaba al joven “idealista” que era por aquél entonces: “Mira José, en la vida unos han nacido en la cama y otros en el suelo. Así será siempre”. Tal sentencia resume con extrema exactitud eso de la selección natural. (Otra manera más sofisticada de explicarla sería: “Mira José, somos mamíferos y siempre lo seremos”). Sin embargo, aquellos se dicen creyentes -lo de la distribución de los talentos les pone un montón-  y gustan de enseñas, proclamas y desfiles militares. En temas de pareja, a la “santa” se le exige decoro y fidelidad y a él muchas amantes y mucho dinero ¡Así -dicen- nos hizo la naturaleza! Odian la inteligencia y aman el privilegio, la “letra con sangre entra”, la imposición, el orden y siempre sienten un secreto temor a los “pájaros pintados”. ¿Y qué me dicen de los pajaritos? Algunos de ellos mueren en el intento. En el intento de levantar vuelo. Drogas, siquiátricos, suicidio, constituyen su escapatoria. Otros se tiran a la cuneta: “sí, merezco vuestro desprecio” y de adultos maltratan por doquier, vengativos. Algunos pocos, tocados por los dioses, sobreviven. Mejor dicho: sobrevuelan. Aprendieron a conjugar el “intelligere” en todos los tiempos e idiomas. Sin altanería se distancian. Seguirán, no obstante, siendo lo que fueron, seres señalados y excluidos. Les da igual. Se saben vencedores.

PD. “El pájaro pintado” es una magnífica novela escrita por el autor polaco Jerzy Kosinski. El título alude a una práctica campesina: capturar un ave y embadurnar su plumaje de diversos colores. Recobrada la libertad, su bandada la mata a picotazos al considerarla una intrusa. El contenido trata de los avatares sufridos por un niño judío en tiempos de la ocupación del país por el nazismo.