Domingo, 17 de diciembre de 2017

Contra ira, paciencia

Sostiene Ernesto que este país ha cambiado tanto  los últimos 40 años, que aquellos que vaticinaron que no lo iba a conocer ni la madre que lo parió, se quedaron cortos. Ahora no lo conocen ni los abuelos, que se están tirando en masa a lo del Alzheimer; ni los nietos, que sobreviven con empleos precarios pensando en emigrar; ni las primas de Cuenca, que sin tomarse nada alucinan con los políticos trincones, demagogos e ineptos; ni aquella tía de Burgos, que tuerce los ojos con las sacrosantas multinacionales y entidades bancarias; ni consuegros y cuñadas, que no entienden cómo las puertas giratorias sólo sirven para entrar; ni el paisanaje en general, que calla y asiente.

  -De estos últimos quiero hablar –concluye sin dar la palabra a las primas de Cuenca que la reclaman a gritos exigiendo que, aunque no tienen un céntimo, quieren elegir a los presidentes de bancos y multinacionales porque a fin de cuentas son los que mandan y mangonean. Ernesto las ignora e insiste en su tesis:

  -Debería bastar con decir que a este país se le ha quedado pequeño el concepto de nación, y en una pirueta funambulesca quiere convertirse en una nación de naciones. Algo así como Juego de Tronos. Pero volvamos a sus habitantes. Hace 40 años la definición de los ciudadanos de estas tierras era: morenos, bajos, insolidarios, de pelo en pecho, calvos, renegríos y con cara de mala leche. Y mira por donde a la vuelta de medio siglo escaso sus habitantes en la actualidad somos rubios/as, altos, solidarios, depilados como culito de niño, tatuados, pelaos, morenos de Varadero y con cara de felicidad como si nos acabaran de dar una buena noticia.

  -Fíjense en las gentes y las verán felices –insiste-, con una felicidad que les nace en lo más hondo de la paciencia y que les hace ser bondadosos y empáticos hasta la exageración. No hay más que ver la pancarta en la fachada de aquel Ayuntamiento: “REFUGEES WELCOME” que la han escrito en inglés no siendo que al no entender el idioma de aquí pasen de largo.

  -Sí –prosigue-, no quepo en mí de orgullo al ver como los vecinos han desterrado las malas formas, las protestas en las colas, las voces fuera de lugar, las miradas aviesas y las zancadillas hasta el extremo que han mandado al paro a los vigilantes jurados y a los guardias de seguridad. Incluso policía nacional, guardia civil, fiscales y jueces están temblando porque pronostican que se van a quedar sin trabajo.

  -¿Pero ya no hay problemas en la convivencia diaria? –pregunto asombrada.

  -Por desgracia… –replica con cierta tristeza-, ¿sabe usted la que se forma en las rotondas porque todos quieren ceder el paso? ¿Y qué me dice de los Servicios de Urgencia? Los usuarios de los centros hospitalarios llegan tan cargados de paciencia que, con grave riesgo de la salud propia, se prestan una y otra vez a ceder su turno al vecino, y los médicos de guardia no saben a quién atender. Se han dado casos de muerte por esta indecisión fruto de la empatía. Estamos descubriendo que tanta bondad puede ser letal.