Domingo, 17 de diciembre de 2017

Y si no...

En este apartado y escueto guindo, que ya va perdiendo sus hojas otoñales, va quedando al descubierto un inesperado estupor, que algunas mentes privilegiadas tal vez hubieran previsto, pero que quien habita entre estas ramas tenía por imposible.

Lo que parece claro es que tales cabezas pensantes no estaban en el puente de mando, porque algunos de quienes ocupaban esos honorables lugares han actuado de manera no sólo sorprendente, sino además esperpéntica. Sé que no soy nada original al utilizar este adjetivo, que ha abundado en los comentarios y valoraciones expuestas en los medios de comunicación.

De todos los sucesos que nos han tenido en vilo durante el eterno mes de octubre se deriva una desagradable sensación de atrevimiento inconsciente, que uno hubiera creído escasamente propio en gentes gobernantes y que me temo se ha aplicado no sólo en un lado.

Trataré de explicar esa apreciación subjetiva, a través de la cual quizás quede justificado ese estupor que nos embarga a unos cuantos ilusos, que ya éramos conscientes  de no tener a los más brillantes estadistas, pero confiábamos en que las cosas no fueran tan a la deriva como ha quedado demostrado, todo lo cual sea dicho con las debidas y honrosas excepciones.

Desde esta perspectiva esquinada muchas cosas podrían quedar explicadas por la “teoría del olvido de la otra opción”, cuya formulación general y abstracta reza como sigue: “quien deba tomar decisiones sobre cuestiones públicas lo hace valorando sólo la posibilidad de lo que considera la ‘alternativa más adecuada’, es decir, la que más se ajusta a sus deseos personales, y desdeña las demás que quedan incluso apartadas del tablero de las consideraciones, como si no existieran tales posibilidades”.

Dicho para que se entienda: muchos de los ajenos al tinglado confiábamos en que las palabras gruesas iban de farol, y que en realidad los gabinetes de asesoría tenían planteados unos razonables “planes B” –lo de las “cuentas B” vendrá otro día, mayormente cuando los tribunales se hayan pronunciado-. Ahora me refiero a que el objetivo parecía el de amagar y no dar, sino el de presionar hasta un punto determinado, más allá del cual no se iba a pasar, porque  hacerlo supondría entrar en el abstruso campo del absurdo.

Que la realidad supera las previsiones queda ampliamente a la vista. Porque tanto el Gobierno Central como el Gobierno catalán –permítanme que, aunque mi lengua materna sea el catalán, al escribir en castellano evite escribir tanto “Govern” como “Catalunya”, porque eso ya no es castellano-; decía que ambos Gobiernos han obrado aplicando las máximas del “Si…” y se han olvidado de las demás. Con el agravante de que aún estamos en ese bucle.

Veamos. El Gobierno catalán planteó las anteriores elecciones catalanas como unas plebiscitarias, en las que confiaba en obtener una amplia mayoría. La que se obtuvo fue más bien raspada, pero aún así se siguió adelante, como si se contara con el noventa por ciento de apoyo popular, como si viniera dado por causas naturales el apoyo internacional, como si la normatividad se hubiera esfumado –incluso la reglamentaria del propio Parlamento catalán-, como si no hubiera juzgados y tribunales para aplicarla… 

También el Gobierno español insistió en el cumplimiento de la legalidad, como si no hubiera otra alternativa posible, como si no se terminaran de creer que alguien fuera capaz de infringirla. Es verdad que desde hace tiempo hubo cambios legislativos, hubo declaraciones grandilocuentes, hubo –lo recordamos bien- campañas anticatalanas… Como si lo primero bastara –ay, la prevención general- y como si lo segundo no tuviera consecuencias incendiarias.

Lo que ha fallado en ambos casos es el “y si no…”, es decir, “y si no ganamos las elecciones por una amplia mayoría”; “y si nos dicen en Europa que sería el inicio de un desastre generalizado el reconocimiento de un República catalana”; “y si no quiere negociar el Gobierno central, ante el órdago que le planteamos”; “y si nos obstaculizan hacer un referéndum”; “y si los que se manifiestan con amplio apoyo son los que no quieren la independencia”… La respuesta a “qué hacemos ante la posibilidad de estos supuestos” ha sido de todo menos meditada, si no vamos más allá del juego del gato y el ratón del primero de octubre y de la quizás estudiada huída a la capital de Europa, para que en las Facultades de Derecho puedan hacer prácticas originales sobre la aplicación de la orden europea de detención y entrega, conteniendo la vergüenza ajena.

Sin embargo también la actuación del Gobierno español ha pecado de  ingenuidad, y en algún rato hasta de radicalismo: “se cumplirá lo que ordene el Tribunal Constitucional”, “se impedirá la consulta popular ilegal”, hasta me pareció oír algún “Santiago y cierra España” o similar, que no hizo más que echar leña al fuego.

Y decía que estamos todavía en el bucle, porque la principal decisión razonable que expuso nuestro Presidente del Gobierno central, la de aplicar el 155 junto a la convocatoria de inmediatas elecciones, no es la solución a todos los males. De hecho, sospecho que estamos aplicando la misma teoría que hasta ahora, y me pregunto si se ha pensado que el resultado de las elecciones catalanas pueda ser similar al anterior o incluso más favorable a las fuerzas políticas secesionistas.

En conclusión, sé que es mal momento para que me respondan, pero me gustaría saber si se les ha ocurrido algo a todos para el caso en que no salgan las cosas  como les gustaría que salieran.