Sábado, 18 de noviembre de 2017

La realidad del espíritu del 78

La semana pasada octogenarios como Julián Ariza o García-Cardiel -¡con qué velocidad pasa el tiempo!-, activos militantes en sindicatos y luchadores sin fisuras en la oposición al franquismo, hicieron unas declaraciones para mostrar cómo se jugaron el tipo por decir lo que hoy llamaríamos “nimiedades”, y que por “nimiedades” como aquellas dieron con sus huesos en las inmundas cárceles de la época.

Ariza, por ejemplo, fue detenido por desacato; su “delito”: escribir una carta a la “autoridad competente” solicitando la libertad de un compañero injustamente encarcelado. ¿Cabría hoy tal respuesta desde el poder en una democracia consolidada como la nuestra? No, en absoluto, creemos en la justicia y pensamos que en España nadie está injustamente encarcelado (aunque no nos gusta que esté nadie en la cárcel).

Por ello no es raro que estos viejos luchadores alcen su voz, ya temblorosa pero llena de coraje, para protestar por esa frívola costumbre de políticos de última hora de comparar la dictadura que padecimos con la vida en democracia que disfrutamos desde hace cuatro decenios y que tanto costó conseguir.

Servidor, disculpen que hable de mí, en 1973 fue llamado a filas, contaba entonces con veinte años y coincidió que en ese año ETA asesinó al almirante Carrero Blanco, también se vivió con incertidumbre la “marcha verde” marroquí, y comenzó el deterioro físico que le llevó a Franco a la muerte. Todo ello hacía sospechar que sufriríamos acuartelamiento y que sería difícil que nos licenciaran, pero no fue así y sorpresivamente en 1975, llegado el momento, nos dieron la cartilla.

Recuerdo que en aquel año 73, en Madrid -no fijé mi domicilio en Salamanca hasta 1981-, la mayoría de la gente “pasaba” totalmente de política y quien tenía un mínimo conocimiento, por prudencia, no hacía ningún alarde de ello. Como ejemplo, el día del asesinato de Carrero, en los bares no era difícil escuchar una conversación de este estilo: “Creo que se han cargado al que manda después de Franco… al segundo”. “… Y cómo se llamaba?”. “Un tal Carrero Blanco”.  

Pero quienes tuvimos la suerte de trabajar en el mundo de las letras -llámense periódicos, imprentas y editoriales- aprendimos pronto a leer entre líneas y nos hicimos fieles consumidores de revistas serias como “Triunfo” o “Cambio 16”, aparte de otras disfrazadas de humor, como “La Codorniz” o “Hermano Lobo”, esta última más tardía, que fueron nuestra mejor universidad para abrir los ojos sobre lo que estaba ocurriendo.

Posteriormente, del 75 al 77, el pueblo aprendió con rapidez y a pesar de las colas de pésame en la muerte de Franco, pronto se tomó conciencia política, y a pesar de que ahora se quiera ver aquello con mucha distancia, ni mucho menos se trataba de una sociedad en blanco y negro, ya que la luz salía todos los días y la gente, producto de mucha lucha, alzaba la voz para que se les escuchara de abajo hacia arriba.

Así, en los tres años que transcurrieron desde la muerte del dictador (1975) a la firma de la Constitución (1978), los españoles, ni mucho menos, fueron unos “pequeños diablos”, aunque el consenso, por la cantidad de intereses en juego, no fuera nada fácil.

Tratábamos de homologarnos en libertades con los países de occidente, pero había que conseguirlo sin que se rompiera la cuerda. Tarea en la que tiraban: 1) los nostálgicos del franquismo, 2) un Ejército que calzaba las botas del Generalísimo, 3) una Policía -los “grises”- educada para dar más palos a los de izquierda que a los delincuentes, 4) una derecha pseudodemocrática con complejos para hablar de partidos, pues para ellos eran Asociaciones políticas, 5) un centro derecha que sólo admitía cambios desde la Reforma, y 6) una izquierda que se postulaba por la Ruptura.

¿Cómo se consiguió el consenso? Cediendo. Los nostálgicos, desde dentro de las Cortes, se disolvieron y facilitaron el cambio; el Ejército comenzó a dividirse de manera civilizada entre la tradición y la modernidad, con mayor encaje en esta última; la Policía cambiaba poco a poco y lo hizo hasta en el uniforme; la derecha tuvo que aceptar a los partidos; el centro derecha se quedó en la Reforma, pero no le quedó otro remedio que dejar la derecha y evolucionar hacia el centro, y la izquierda abdicó de la Ruptura y negoció un centro izquierda admitiendo la Reforma.

¿Lo hubieran hecho mejor los políticos actuales? No quiero ni pensarlo. Mi humilde opinión es que se hizo lo menos malo para todos y así llegamos ilusionados a las primeras votaciones de junio del 77, del que aún guardo un justificante, que es la ilustración que acompaño.

Por tanto, es difícil que quienes vivieron aquellos años renieguen de la Transición ni de la Constitución, ya no sólo porque haya sido motivo de estudio y ejemplo para otros países, sino por haber servido con moderada eficacia durante cuarenta años.

Sin embargo, sería de ignorantes que ante los avances tecnológicos, biológicos, genéticos y morales -muerte digna, embarazos subrogados, memoria histórica, defensa de los animales, violencia de género, etc.- nos mostráramos inflexibles a la reforma de la Constitución del 78.

Llegará ese momento y el pueblo deberá votarla ya reformada, pero a la vez también deberá mostrar agradecimiento a quienes hicieron posible la que en la actualidad tenemos.