Sábado, 18 de noviembre de 2017

Día de la Iglesia diocesana 2017

     Todos los santos tienen octava. Y así, ayer, domingo, celebramos la octava de San Martín, patrono de la parroquia, con una película en la Filmoteca. Vaya por delante mi/nuestro agradecimiento a la directora, Mayte Conesa, y a Javier, técnico, que perdiendo de su descanso, nos acompañaron y ayudaron. La peli era “Converso”, de David Arratibel. En ella se narra la conversión a la fe católica de la familia del director, aunque él, en un ejercicio legítimo de libertad, no ha seguido el ejemplo de su madre, hermanos y cuñados. No son hechos ocurridos hace siglos, sino dentro del siglo vigente, que según todas las apariencias es el XXI.

     Pero ayer se celebraba también el Día de la Iglesia Diocesana, o sea, el día de los bautizados –laicos, religiosos de vida contemplativa o activa, seminaristas, diáconos y presbíteros- que acompañamos y nos dejamos acompañar por el obispo D. Carlos López, intentando todos, él y nosotros, ser discípulos de Cristo. Cito su nombre porque los obispos, al igual que Jesucristo, no son seres abstractos, sino personas concretas con cara y ojos.

     Algo tendrá el agua cuando la bendicen. Quiero decir: algo tendrá la Iglesia que explique su supervivencia después de veinte siglos, portadora de pecados y flaquezas, tibiezas y corrupciones y atacada por enemigos harto poderosos, antes y ahora. Una explicación creyente podría ser que la Iglesia es cosa del Espíritu Santo. Como dice explícitamente Arratibel en su película documental, no se puede filmar al Espíritu Santo, que no es viento divino (kamikaze) sino aliento o brisa divina (ruah). Los efectos de los huracanes pueden generar videos en YouTube, pero ¿cómo filmar una suave brisa? Según la tradición más asentada, la fe es un don gratuito de Dios. ¿Qué empresa de transporte nos traerá el paquete con ese regalo? La fe es un doble movimiento: nosotros buscamos a Dios y Él se encarga de encontrarnos.

     No me voy a poner en plan teológico, al menos no explícitamente, porque uno no puede prescindir de lo que cree y tal vez se me vea el plumero creyente, sino que voy a intentar, en continuidad con uno de mis artículos anteriores –Pensar a Dios-, pensar en este caso la Iglesia desde un punto de vista racional. Y así, suponiendo que Dios exista, lo cual es, al menos, igualmente razonable que su no existencia, la fenomenología de la Religión muestra que Dios tiene un montón de oportunidades de encontrarnos.

     En el punto cero está la conciencia de cada persona, que puede acoger la presencia de Dios, aunque esa persona no esté en aparente y subjetiva relación con ninguna estructura eclesial.

     En primer lugar, la Iglesia doméstica, o sea, la familia, que últimamente está muy acatarrada desde el punto de vista espiritual.

     En segundo lugar, la parroquia, centrada en un territorio; la parroquia tiene dos grandes riesgos: el localismo y el personalismo. Y una población cada vez más movible, como consecuencia directa o indirecta de la globalización.

     En tercer lugar, la Iglesia local, la diócesis, eclesiológicamente afianzada por el Concilio Vaticano II; la diócesis contrapesa el localismo y el posible personalismo de la parroquia y abre la conciencia de los creyentes a una comunidad mucho más plural, pero todavía de dimensión humana. Cierto es que, en este ámbito, todo depende mucho de las virtudes y defectos del obispo diocesano que, en todo caso, tiene fecha de caducidad.

     Participando de estos tres niveles y, en parte, del siguiente, nos encontramos con grupos y asociaciones de fieles como las Cofradías, Hermandades y Congregaciones que encauzan, con pluralismo a veces un tanto selvático, la religiosidad popular.

     En cuarto lugar, la Iglesia Universal, que no es solo el Vaticano, aunque también, sino las Conferencias Episcopales y otras estructuras y comunidades intermedias, como las Órdenes religiosas, las Congregaciones y los Movimientos de Iglesia, que tienen carismas particulares pero vividos con vocación misionera universal. Estas estructuras intermedias también tienen sus riesgos, como la posible soberbia de confundir su parte con el todo.  

     El truco del sistema es que el todo está presente en cada una de las partes, empezando por la familia, y que cada parte, en comunión con las demás –muy importante esto de la Comunión- contrapesa a las otras y se deja contrapesar por ellas de forma que, los errores, las faltas de inteligencia y perspectiva, los pecados y las corrupciones puedan ser superados en una instancia distinta, sea ésta más universal o más particular, dependiendo de dónde anide con más fuerza el mal. La vida de la Iglesia, en los últimos veinte siglos, muestra que las flores de la santidad pueden surgir y han surgido tanto en los jardines más versallescos como en los muladares más ocultos, porque algo debe haber, una brisa suave o así, que tiene la costumbre de soplar donde quiere, con Absoluta libertad. Y si en un palacio le cierran las ventanas, en cualquier chocilla de la montaña podrá colarse entre las grietas de la pared. Y viceversa, que siempre hay alguien con la manía de abrir las ventanas para ventilar.