Sábado, 18 de noviembre de 2017

Vigas y pajas

Alude el refranero castellano a que los seres humanos acostumbramos a ver y censurar los pequeños defectos y errores de los vecinos, manteniendo una indulgente y preocupante ceguera con las imperfecciones y carencias propias, olvidando que observamos la paja en el ojo ajeno sin ver la viga que obstruye nuestra retina.

Proverbio que fue anticipado hace dos milenios por los evangelistas Mateo (7,3) y Lucas (6,41) que lo expresaron de forma directa, preguntando a cada cristiano: “¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”

Tal vez, este relato evangélico inspiró al manco de Lepanto, quien puso en boca del prosaico Sancho tan revelador interrogante dirigido al género humano, haciéndole decir: “Es menester que el que vea la mota en el ojo ajeno, vea la viga en el suyo”.

Es evidente que la visión ha mejorado tanto como se ha deformado por parte de los perversos demagogos, debido a fallos en la conexión neuroética de los enlaces morales, que provocan graves interferencias denunciadas por el humorista Perich en los bordes de su “Autopista”, advirtiéndonos que vemos la viga en el ojo ajeno, pero tenemos que callar porque si hablásemos nos dirían que tenemos una paja en el nuestro.

Así sucede, por ejemplo, cuando una persona que habitualmente cumple su jornada laboral advierte a un colega negligente que debe mejorar la puntualidad y el cumplimiento del horario porque llega todos los días tarde y se va antes de tiempo, reprochándole el holgazán al amonestador que en 1317 hubo un día en que este llegó tarde.

Nada digamos del político corrupto que ha robado, prevaricado, mentido, manipulado y estafado, cuando pone en marcha el ventilador; o el clérigo que culpa a la minifalda de las violaciones; o el maltratador que pretende desviar la atención de su brutalidad diciendo que la agredida le provocó con la mirada.