Domingo, 19 de noviembre de 2017

Las rayas de la ley

Cuqui me lo pregunta cada lunes desde que empezamos la catequesis: “¿Me tengo que confesar de todo?” Y todas las semanas, la misma respuesta: “Sólo de lo tuyo”. Pero a Cuqui lo que le preocupa es otra cosa. Ella recibió el bautismo de niña, como sus dos compañeras de camino. Y las tres lo recuerdan perfectamente. Llevaban lazos blancos, había padrinos, velas, les echaron el agua y luego hubo una fiesta. Vivían en un campo de Dominicana, y casi sin pisar la capital, agarraron un avión y se plantaron en Madrid. Aquí han hecho su vida, han formado su familia, trabajan cada día como empleadas del hogar. Los lunes, nos encontramos en un saloncito de la parroquia para preparar su primera comunión. Y esta semana se van a confesar. 

En nuestro último encuentro, con los nervios, empezaron a aflorar las dudas. Y Cuqui volvió a la carga. Esta vez, lo soltó del tirón: “¿Cómo vamos a tomar la comunión si no estamos casadas por la Iglesia?” No me sorprendió. Conozco a los padres de sus hijos porque van a misa juntos todos los domingos. Mis hijas, como los suyos, se preparan también para la primera comunión. Ellos estarán, al menos, un par de años jugando y familiarizándose con las cosas de la Iglesia. Ellas son mujeres de fe y quieren estar “en orden”. Y entonces me ahorro todo el rollo teológico de la última encíclica del Papa Francisco, y las clases de moral, y de sacramentología. Ni siquiera pienso en la Historia de la Iglesia. En esos momentos lo primero que se me ocurrió fue hablar de la ley y el amor. Y lo hice como si fuera gallego, respondiendo con una pregunta: “¿Tú quieres a tu marido?” Las tres me miraron sorprendidas. “Claro”, me contestó Cuqui muy seria. “¿Y qué dijo Jesús en el Evangelio del domingo?” “Que teníamos que amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”, recordó Elisabeth con su acento caribeño. “¿Y no es prójimo tu marido?” Se partían de risa las tres, sobre todo Viviana. Y lo entendieron. Luego hablamos de que la ley está para ayudar a amar a los que no les sale de manera espontánea. De que la ley viene a ser algo así como las rayas de la carretera, que nos ayudan a mantener el carril y no chocarnos con el que viene de frente, pero que cuando vas por una carretera sin pintar, sabes que tienes que ir bien pegadito a tu lado. Y que lo importante es seguir la ruta para llegar a destino sin salirse de la carretera y sin tener accidentes.

Por la noche, antes de poner la radio para dormirme y después de dejar la novela en la mesilla, se me vino de pronto, como un flash, sin motivo, a destiempo, fuera de lugar, la imagen de Jesús echándoles la bronca a sus paisanos obsesionados con cumplir la ley, con pintar rayas a toda costa. Aunque los que lo tienen más jodido circulen con todo el respeto del mundo por pistas de tierra.