Domingo, 19 de noviembre de 2017

815 millones y pico

Es el número de hambrientos en la tierra. Lo dice la FAO. Y lo recuerda Manos Unidas. Y en Salamanca son unos miles los que sobreviven casi con lo puesto y resoplando a fin de mes. Lo dicen las estadísticas, lo recuerda Cáritas y es el pico del título. Son los pobres del mundo.

El papa Francisco los ha metido a todos en el mismo abrazo amoroso y reivindicativo y los ha puesto como razón urgente para celebrar en todo el mundo la I Jornada Mundial de los Pobres. Tiene arrestos el papa y lo que hay que tener. Porque es una Jornada dura e incómoda, que obliga a la Iglesia y a los católicos a no escamotear la realidad ni siquiera con músicas celestiales o dominicales. Y así lo harán.

De hecho en Salamanca el domingo 19, dentro de 7 días, en la iglesia de San Martín, a las 18´30, habrá una Eucaristía pensada y preparada para esta dura y comprometedora celebración. Y estamos invitados todos.

Ya sé, por larga experiencia sobre esto, que como decía el poeta suena a deshonesto hablar de la pobreza y del hambre cuando estoy bien alimentado. Pero qué quieren, como y bebo y vivo con cierto desahogo innegable. Y no me siento bien, lo confieso, pero no voy más allá. O poco más allá. Y vivo consciente de esa injusta desigualdad.

Es lo que quiero decir, que la pobreza, en cualquiera de su caras y medidas es una injusticia y a la vez producto de ella. Impresiona que la geografía, aquí en Salamanca o en Benín o en Londres, decida la mayor parte de las cuentas de tu vida. A veces la diferencia es más delgada, basta con nacer en otra calle, en otra familia, en otro ambiente… y tu vida será completamente distinta. En la mayor parte de los casos de pobreza eres pobre y hambriento por decreto, estés en Sudán del Sur, en un barrio de Sao Paulo o en los alrededores de Ceuta. Y Dios no juega a los dados… Entonces, ¿quién juega? Ésa es la cuestión.

Yo me imaginaba al Estado, a los Estados, como el gran repartidor de oportunidades, el justo igualador de opciones y medios, el cuidador que evita el abuso de los más dotados y el acaparamiento de los prepotentes. Pero no, casi es al revés porque salta a la vista que los poderes reales se alían más bien con los que ya van por delante y hasta les ayudan a incrementar la delantera. La desigualdad injusta está servida. Y esto a niveles locales y a nivel mundial. Y en todos los países, sean a su vez ricos o pobres.

Me duele y me escandaliza, pero no me extraña. Me refiero a los 850 millones de hambrientos. Viendo el dinero que circula por aquí y la lista de gastos y el amontonamiento de desperdicios y el aire espeso de derroche que nos gastamos… no me extrañan los 815 millones y pico. Yo diría que deben ser bastantes más; no hay milagros, hay hechos y sus consecuencias. Habrá luego matices, alguna suavización del juicio, otros elementos que influyen también lo suyo, pero la razón primera por sus pésimos efectos y suficiente de por sí para esas consecuencias es esa diferencia injusta, inhumana y escandalosa entre norte y sur, entre ricos y pobres, entre los titulados y los analfabetos, los nacidos en la abundancia y los nacidos como ratas de nada, los que llegan con holgura hasta el último día del mes y los que viven bajo ese agobio diario, semanal y mensual, entre los que pueden derrochar y los que no pueden comer con normalidad. Molesto, ofensivo y discutible, puede ser, pero tan innegable y mostrenco que no hay quien lo niegue.

De esto y de nuestro estilo de vida hablaba el Papa cuando, invitando a esa Jornada de los Pobres, invitaba a asumir las responsabilidades personales y sociales que pide la situación. Y él mostraba lo que hay a nuestro alrededor, cerca y lejos, a la vista y a veces escondido:la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migración forzada. La pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero. Qué lista inacabable y cruel nos resulta cuando consideramos la pobreza como fruto de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la indiferencia generalizada”.

Por eso el domingo 19 recordamos a Aban, que con sus doce años, ha recorrido ya los dos mil quinientos kilómetros que separan Damasco de Belgrado; a Dyar la niña kurda que a sus dieciséis años no ha conocido todavía una casa estable donde vivir y crecer; a Esteve que en Can Anglada de Terrasa lleva 17 años de rabia y de violencia; a José Luis que acaba de entrar en Ranquines y por fin a sus treinta y cinco años ha encontrado por primera vez algo de humanidad; a Dolores que a sus 42  años llora en el Gamonal cada fin de mes tirando con la paga de dependencia de la abuela; a José Villaverde mixteca de Chinpalcingo a cien kilómetros de Acapulco y analfabeto a su pesar y para siempre sin culpa suya y eso a sus 58 años… y con ellos a millones y millones, lejos, y a cientos y cientos, cerca.

No tenemos soluciones, pero tenemos una cierta dosis manejable de dolor humano, de demanda cristiana y de rabia social. Y al menos esto nos une, y ya veremos, para reunirnos el domingo 19 a las 18´30 en la iglesia de San Martín. Nos vemos…