Domingo, 19 de noviembre de 2017

Átate los machos, Mariano

Cuando el Presidente Rajoy tomó la decisión de aplicar a la Comunidad catalana el artículo 155 de nuestra Constitución, es posible que ya tuviera in mente todos los fotogramas de esa película tan accidentada que entre todos estamos rodando, y que lleva por título Un tranvía llamado independencia.

El actual inquilino de La Moncloa ha dado sobradas muestras de no dejarse influenciar por tantos políticos, periodistas y “opinadores de plantilla”, empeñados en enmendarle la plana a base, casi siempre, de llevarle la contraria. Hasta ahora, hay que reconocer que no han tenido mucho éxito. Es cierto que en no pocas ocasiones se le ha criticado – yo el primero—su excesiva parsimonia a la hora de tomar las decisiones, pero en su descargo cuenta que, al final, ha conseguido lo que se proponía. El no solicitar el rescate de la banca o el apostar decididamente por la defensa de la unidad e integridad de España son bazas que hay que cargar en su haber.

Al irrumpir en escena el “numerito” de los independentistas catalanes, España volvió a alinearse en dos bandos bien definidos: una buena parte de habitantes de Cataluña --sin llegar a ser mayoría— decididos a separarse de España a cualquier precio, con el visto bueno de algún partido político que veía en ello una cómoda forma de conseguir la quiebra del “régimen del 78”; y en la acera opuesta el resto de españoles partidarios de la Constitución y amantes de la unidad. En este tira y afloja, Rajoy, con excesiva candidez, pensó que los secesionistas iban a poner en práctica aquello de perro ladrador, poco mordedor, y éstos, con demasiada ingenuidad y no menos prepotencia, creyeron que Rajoy nunca se atrevería a poner en práctica algo aparentemente tan complicado.

La realidad ha vuelto a dar la razón a Rajoy, aunque esta vez ha dejado bastantes pelos en la gatera. De entrada, el parlamento catalán, en contra de toda legalidad, el 7-S aprueba la llamada “ley de desconexión” y el 27-S se convoca el referéndum del 1-O, que supuso un descalabro de la imagen que de España llegó al exterior. Al sur del Ebro todos vimos la “astracanada de las urnas”; fuera de España, lo que se vio fue otra cosa bien distinta. Ahí le metieron un buen gol al Gobierno, que se quedó como los guardametas que reciben un gol de Marco Asensio, haciendo la estatua. El siguiente gol vino por creer que Puigdemont nunca se atrevería a proclamar la independencia y la república de Cataluña.

Cuando toda esa cohorte de “Adenauers”  proclama una y otra vez que la solución del conflicto catalán está en el diálogo político, yo me pregunto qué diálogo puede entablarse con quien, después de las múltiples embestidas dadas a la democracia, no sólo se niega a reconsiderar su actuación sino que ni siquiera es capaz de reconocer como infracción ninguna de las barbaridades cometidas. No es tan fácil reconducir la situación actual. Han sido demasiados años haciendo la política del avestruz como para pretender arreglarlo tocando un botón. El constante goteo manejado por un nacionalismo fanático y muy bien orquestado ha ido horadando la roca de la convivencia hasta dar a luz toda una generación de fanáticos criados en medio de un ambiente que rezumaba odio a una España mezcla de ladrones y dictadores. El catalán independentista está convencido de la superioridad de su “raza”. Por si hay alguna duda, basta repasar los libros de texto. Con esos mimbres, no hay cristiano capaz de confeccionar el cesto del diálogo.

Acabamos de asistir a la mayor prueba de nacionalismo irracional, llevado al extremo. Ya en la “maniobra de distracción” del referéndum, hubo profesores que utilizaron a niños de guardería como barrera de disuasión para las previsibles actuaciones policiales, sin pararse a pensar en el peligro que corre un niño ante las posibles oleadas de personas a la carrera. A esa maniobra también se apuntó algún descerebrado padre que acudió con un bebé sobre sus hombros. Pero el “no va más” ha sido primera plana con motivo de la “huelga política” del pasado día 8. Con un padre que supedita la patria potestad en favor de un equivocado ardor político, exponiendo la integridad física de su bebé, ¿quién está dispuesto a dialogar? El que es capaz de jugar con la vida de sus hijos, o no está bien de la cabeza, o nunca se le podrá convencer de su error.

Sólo cabe aconsejarle al Sr. Rajoy que esta vez no se equivoque, que van a intentar darle –y darnos—más disgustos, que se está enfrentando a quien no tiene nada que perder, que son los más peligrosos. No los minusvalore y átese bien los machos, porque nunca estarán dispuestos a admitir la derrota. La paciencia, sí; pero primero, la ley.