Domingo, 19 de noviembre de 2017

El fin de la infamia

La imparable catarata de acusaciones y testimonios de violación o abusos sexuales que estos días se precipita sobre personajes famosos del espectáculo y de la política (por el momento fuera de las fronteras de nuestro país, ojalá que por poco tiempo), constituye una de las más esperanzadoras noticias en la lucha contra la violación, el atropello, la arbitrariedad y el despotismo –también la violencia, la extorsión, el chantaje y la amenaza-, monedas de uso corriente en las siempre desequilibradas relaciones de los poderosos con sus subordinados o dependientes. En el llamado ‘mundo del espectáculo’, a nivel global, los casos de los actores Kevin Spacey o Dustin Hoffman, del productor Harvey Weinstein, de los directores de cine James Toback o Brett Ratner, son sólo la punta de un escalofriante iceberg de indignidad, tropelía y desmán, hasta ahora escondido en Hollywood tras las esquinas del miedo y las sombras de la amenaza, y que afortunadamente está traspasando las fronteras del glamour y de la fama proporcionando el necesario valor a tantas víctimas de violación, acoso, vejaciones, amenazas y chantajes de tipo sexual, que están ahora atreviéndose a denunciar públicamente los comportamientos delictivos e indignos y las presiones recibidas en su trabajo y en su vida para aceptar y callar agresiones sexuales de todo tipo por parte de quienes poseyeron sobre ellas alguna influencia.

Posiblemente animadas por la valiente denuncia que inició la ya imparable catarsis contra la violencia sexual (las acusaciones de un grupo actrices contra Weinstein), las víctimas de otras latitudes están decidiéndose a hablar y a acusar a sus agresores y, sobre todo, los medios de comunicación (verdaderas puntas de lanza en este fin de la infamia), otorgan creciente crédito y fiabilidad a esas acusaciones, lo que propicia que la gran ola de esclarecimiento y lucha contra la inmundicia del acoso haya trascendido el mundo del show business estadounidense para abrir las puertas de otros ámbitos, por ejemplo la política (en el Reino Unido ha dimitido acusado de acoso sexual el ministro de Defensa, y se investigan listas verosímiles de diputados también señalados por sus víctimas. Más pronto que tarde, el mismo presidente de los Estados Unidos tendrá que enfrentarse a acusaciones similares. La próxima denuncia en España, si se produce, seguramente tendrá más éxito que la de la siempre recordada y admirada Nevenka Fernández).

El abuso, el acoso, la violación, la violencia en todas sus formas, el chantaje de autoridad, la imposición, el hostigamiento de las personas o la amenaza, comportamientos que relacionados con la coacción sexual son mucho más cotidianos de lo que suele creerse, son con demasiada frecuencia aceptados y ocultados tras las malolientes cortinas del machismo social, de la ‘normalidad’ de las costumbres, de la llamada caballerosidad, de la impuesta protección, del insano control, del flirteo dominante, de la tradición, de los ritos, de ciertos usos y sacramentos religiosos y, sobre todo, de la indiferencia. La lista de estos criminales estereotipos que pueblan y amargan la convivencia, y que deberían avergonzar a cualquier testigo pasivo de ellos, ha venido expandiéndose desde siempre con el oculto mundo del abuso por chantaje laboral, la amenaza tras la violación o el acoso del jefe, la imposición de servidumbres y sumisiones sexuales a cambio de trabajo y la exigencia de silencio como condición de supervivencia laboral, prácticas cotidianas de muchos poderosos de cualquier ámbito y nivel frente a sus subordinados. Es en las oscuras covachas de esta última forma de coacción, la del abuso por superioridad, donde estos días se están abriendo las ventanas a la verdad y precipitando las denuncias, lo que, sin duda, dará al traste, al menos en gran parte, con unos usos vergonzantes y vergonzosos y que, ojalá, además del rechazo social, lleven a cada uno de esos delincuentes a enfrentarse judicial y penalmente con las consecuencias de sus actos.

El esperado “contagio” a otros ámbitos de la saludable costumbre de la denuncia (ámbitos universitarios, médicos, judiciales, militares o de cualquier tipo de trabajo jerarquizado), habrá de ampliarse con la eliminación de la impunidad de los más poderosos y, sobre todo, con una auténtica concienciación social de rechazo. Esta labor habrá de completarse con la caída de las fronteras nacionales en las denuncias no solo en cuanto a los terrenos artístico, cultural, político o laboral de cualquier clase, y habría de culminarse con la demolición de las murallas del terreno familiar, de las puertas adentro, de la asfixiante privacidad de las heridas ocultas y calladas por sangrantes convenciones, donde perviven demasiados silencios de víctimas acosadas, coaccionadas, hostigadas y violadas; víctimas indefensas vejadas y humilladas una o cien veces, ayer o hace mil años, por familiares con los que el infecto silencio del parentesco impone, todavía, compartir mesa, mantel y cortesía. Y hasta dos besos.