Domingo, 19 de noviembre de 2017

Amistades… nada peligrosas

Uno reconoce ciertos ejercicios de nostalgia… comprar la entrada para escuchas a grupos de los noventa, cuando el dinerillo para música era tan escaso que estabas siempre en la grabación perpetua o el préstame el último de Amistades Peligrosas.

Uno siempre andaba a la cuarta pregunta y lo de bajarse música de internet, una entelequia… tanto como lo es ahora que los ayuntamientos paguen conciertos estupendos, aquellos que te costaban nada o dos duros y que te permitían unos directos de escándalo.

Una ya es de la prehistoria, esa de las cassettes del rastro y las grabaciones accidentales y accidentadas. Cachitos de hierro y cromo. Vinilos que dan vueltas en la memoria. Ahora la cosa ya no va ni de CDs, ahora la cosa va de listas de músicas bajadas de internet y de entradas que nos parecen caras para los conciertos.

Pero uno está en plan nostálgico y allá voy a comprarme mi pase para un tiempo en el que no me preocupaba por el dolor de las articulaciones y sí de no tener ni un duro –eran duros aquellos tiempos- para toda la música, los libros y los vicios culturales.

Pero de ejercicio de nostalgia nada de nada, Cristina del Valle, a quien siempre vi guapa, fuerte, activista feroz, estupenda intérprete, sigue siendo la misma. Pequeña, fibrosa, de sonrisa plena y esa entrega que me deja alucinada… porque es la misma que en los años de éxito desbordante, la misma con la que despierta al público, habla, se mueve, baila y se come el escenario. Pura energía. Pura alegría… y para colmo, se ha agenciado a una pareja que no solo da la talla en el escenario, sino que es un tipo sólido que le da la réplica de tal modo que uno olvida a Comesaña pero a las primeras de cambio, Marcos Rodríguez.

Vaya, que Amistades Peligrosas suena tan bien como cuando empezaron y eso ya es un logro, de ejercicio de nostalgia nada de nada. Vivos, activos y con ganas, pero no se piensen ustedes que esto es una glosa a un grupo que me encantaba y me sigue encantando.

No, lo verdaderamente admirable de un concierto al que yo llegué un viernes por la tarde machacada de toda la semana de trabajo, es el discurso activista de Cristina del Valle. Un discurso que me hizo creer que otro mundo es posible.

Porque no solo se trata de música, ni siquiera de agradecer a la gente el hecho de que haya comprado una entrada para un concierto. Agradecer al dueño de la Sala Music Factory de Salamanca, Pedro San Ricardo, el hecho de apostar por la música en directo.

Hablar de la Fundación Luna y su trabajo con los animales abandonados, pelear por un mundo más justo. Cierto que a veces, el contenido abiertamente erótico de las canciones del grupo y el activismo de sus miembros choca un poco, pero qué más da. Lo importante es comprobar como una mujer que se ha dejado la piel a tiras en múltiples causas resulta que no se ha adocenado, sino que sigue batallando con las mismas ganas y el mismo discurso combativo lleno de alegría.

Un descubrimiento portentoso, el de una activista que sigue peleando a pesar de todas las decepciones. Que sigue apostando por el compromiso, que sigue animando a la participación. A uno se le quita la cara de agotamiento feroz y se le animan el corazón y las feromonas. A uno le dan ganas de abrazarla hasta romperla. Esta mujer aparentemente tan pequeña, esta dama llena de ganas. Y no, no es un ejercicio de nostalgia, es un regalo. Qué bueno que haya cosas que no cambian.    

Charo Alonso / Fotografía: Flora Salamanca.