Jueves, 23 de noviembre de 2017

Decir la verdad es un acto revolucionario...

Muchos ciudadanos, esas personas que trabajan y sobreviven con su propios esfuerzo, además de pensar en cómo gestionan, algunos, su vida están cansados de ser correctos. Algunos, a fecha de hoy, infantilistas o buenistas todavía se cuestionan ascenso de Donald Trump.  Pero muy pocos lo han pensado con el sentido común del de a pie y con rigor, para determinar cuáles eran las corrientes de fondo que dieron pie para ganar. Tanto aquí y allá hay mucha ignorancia a la hora de analizar o bien pagados de su amo. Lo mismo pasa con el fenómeno del secesionismo que es directamente proporcional a la estupidez de no pocos analistas, de una u otra tendencia, mucho más dispuestos a escandalizarse, a rasgarse las vestiduras, que a investigar sus verdaderas causas y consecuencias.

Que el secesionismo obtenga el apoyo de muchos ciudadanos, obliga a un análisis mucho más profundo y objetivo, y libre de aspavientos de cara a la galería de cada uno. Trump no sólo ganó apoyos en la “América profunda”, sino en regiones tan industriales y prósperas como Virginia y Massachusetts, en el Norte y en Sur, en el Oeste y en el Este: en todas partes. Así pues, el misterio estaría en el origen de ese potente mar de fondo que no sólo generaba turbulencias en EEUU sino también al otro lado del Atlántico. Nada puede entenderse sin tener en cuenta la perversa acción o inacción de los políticos durante las pasadas décadas. Lo mismo pasa en nuestro país. Con ejemplos claros en la emergencia del secesionismo, populismos extremos, etc.

Cada día nos preguntamos más donde está la línea de lo políticamente correcto. Para unos está en saltarse la constitución a la brava, porque lo decimos nosotros, o porque nos da la gana. Para otros en defenderla con corrección. Para otros está en aprovechar para pescar en río revuelto. Para otros en dar una de cal y otra de arena. Así las cosas la política ha acabado por meterse en la vida privada de los ciudadanos.

El secesionismo ha sabido aprovechar esta tendencia con su insistencia en legislar basándose en lo que llaman derechos colectivos y, en especial, por su pretensión de imponer a la población una nueva ideología basada en esta supuesta corrección política; conocida también por el buenismo o infantilismo; que ha acabado comprometiendo a la libertad individual, la igualdad ante la ley, los principios, la honradez, el juego limpio, el pensamiento crítico y, por supuesto, el bienestar económico, además de los símbolos de la patria, sin importar las consecuencias.

La política al desviarse de sus obligaciones reales, para defender causas altruistas de dudoso valor a la hora de administrar el patrimonio y la prosperidad de todos, ha perdido el norte. Hace años en tiempos de bonanza, la tendencia, o el falso progresismo de la política se dedicó a defender al ser humano de sí mismo, de su codicia y capacidad de destrucción. Fuimos testigos de un uso desmesurado y erróneo de cómo se utilizó y se ha utilizado políticamente la educación, la seguridad, la salud y el medioambiente como coartadas para perseguir fines propios de una o tal ideología, con fines siempre supuestamente correctos. Con la crisis se han atacado o utilizado políticamente nuevos temas menos gravosos pero igual de sensibles como los sentimientos. El secesionismo es uno de ellos, o quiere ser, y siempre considerándose políticamente correcto.

Hemos sido testigos durante años de la promulgación de leyes y normas sobre el ámbito íntimo de las personas pero que interferían en sus aspiraciones. Las consecuencias más evidentes han sido los enormes obstáculos administrativos para abrir una empresa, por modesta que fuera, encontrar un trabajo decente, o simplemente para convertir lo comúnmente aceptado en un delito, como por ejemplo fumar o pasear el perro suelto, en bien de lo políticamente correcto.

La política ha sabido siempre tener presente “el divide y venceras”. Dividir a la sociedad en rebaños, en constante pugna entre ellos, es y ha sido siempre la mejor forma de control. Queda patente en la multitud de partidillos que aparecen y han aparecido en las últimas contiendas electorales, y que al final no llegan a nada, excepto a la exclusión y el descontento frente a los de siempre.

Da la sensación que la democracia prima los derechos colectivos en detrimento de los derechos individuales, por definición.  La prevalencia de una mayoría, a veces formada por grupos de la misma tendencia, en perjuicio de un resto de tendencias en ocasiones divergentes. Ambos grupos siempre se consideran en lo políticamente correcto.

La consecuencia de lo políticamente correcto  más grave a la que nos enfrentamos en nuestro país, en estos momentos, es fruto del transigir, del ceder a la hora de crear el estado de las autonomías, entre otros campos. Lo políticamente correcto ha llevado a la quiebra de la igualdad ante la ley de los ciudadanos del Estado. Durante años lo políticamente correcto también ha tenido como consecuencia, en ámbitos como la educación, a la puesta en cuestión de los valores individuales como el esfuerzo y la capacidad. Pues para gran parte de la población ya no cuenta el mérito individual sino la pertenencia a un grupo o una bandera.

Con la desaparición de la responsabilidad individual, la personas buscan aprovecharse el grupo. Pero la mayoría de las veces son los de arriba los que se aprovechan del trabajo de los de abajo, o cargan sobre los demás los costes de sus errores. Es lo típico de un sistema de favores, prebendas y privilegios que acaba deformando la mentalidad de muchas personas, y genera ciudadanos buenistas, infantiles e ignorantes (por el sistema educativo), acostumbrados al paternalismo, y a reivindicar más que a esforzarse. El pujolismo que ha derivado en el secesionismo al que asistimos,  y que por la actualidad,  es un ejemplo, y tantos otros del pasado que han traído estos lodos. Este sistema de derechos irreales, porque no están en los papeles, pero que funciona soterradamente, no sólo discrimina sinotambién favorece la picaresca, y el abuso de unos pocos sobre una mayoría conformista en ese falso paternalismo en el que se siente segura.

En esa coyuntura la adhesión a grupos de poder o interés constituye la vía más directa hacia la ventaja y el privilegio. Muchos jóvenes creen y caen en esa tendencia ventajista para ellos, y hasta cierto punto políticamente correcta, pensando en una carrera en la política, y no el trabajo o el estudio como la solución a su futuro. Pero la política se caracteriza por el usar y tirar a las personas, y más a los jóvenes, la mayoría víctima de su falta de madurez.  La picaresca, del abuso de unos pocos sobre la mayoría, cuando los beneficios se asignan con criterios poco ortodoxos hace que al final, muchas personas, jóvenes en su mayoría, no encuentren solución a sus aspiraciones o problemas. Simplemente por no conocer a nadie que les enchufe, por no pertenecer a alguno de los múltiples grupos con ventajas para recibir prevendas. La solución al descontento siempre es crear una nueva bandera, o ir contra lo que sea, que al final siempre es ir contra el sistema.

Lo más grave, con diferencia, es la pretensión constante de la política de moldear la forma de pensar de los ciudadanos creando una realidad políticamente correcta para evitar que se resistan a la arbitrariedad, al atropello. El nacionalismo, el secesionismo u otras banderías generan siempre una ideología favorable a los intereses grupales. Es decir, una religión laica: la corrección política, que arroja  a la hoguera a todo aquel que cuestiona su ortodoxia. Esta doctrina determina aplicando el principio orwelliano de que todo aquello que no puede decirse…, tampoco puede pensarse, es decir determina lo que se puede hacer o no. Propugna que la identidad de un individuo esté determinada por su adscripción a un determinado grupo y dicta que la discriminación puede ser buena: para ello la llama “positiva”. Pero toda persona sabe en su fuero interno que ninguna discriminación es positiva.

En los países con estructuras democráticas consolidadas, con una sociedad civil desarrollada y consciente de sus derechos y obligaciones, celosa de sus principios y convicciones, el avance de esta mentalidad ha sido lento, aunque inexorable. Para muchos que creen que la democracia consiste solo en votar, la ortodoxia de lo políticamente correcto ha progresado a una velocidad vertiginosa, convirtiéndose en dogma de general aceptación mayormente a izquierda, donde hay menos que perder, y también a derecha en tiempo récord.

En la actualidad asistimos a una reacción exacerbada contra la imposición de los códigos políticamente correctos. Aunque tarde o temprano, estos sistemas, como cualquier otro basado en la mentira, acaban saltando por los aires. Unas veces por la reducción del botín a repartir, con el consiguiente choque entre grupos interesados; y otras por el hartazgo de tanta trampa y marrullería que impide al final que los ciudadanos puedan ganarse la vida dignamente, o porque se cansan de que otros les señalen, pisoteen y vivan a su costa. Es lo que se conoce en psicología como reactancia, una reacción emocional que se opone a ciertas reglas censoras, vistas como absurdas y arbitrarias por reprimir conductas e ideas que el sujeto considera justas y lícitas. Así el péndulo oscila al extremo contrario, y muchos ciudadanos acaban apoyando posiciones igualmente alejadas de la moderación.

El ascenso de la extrema derecha en algunos países europeos, los nacionalismos, y secesionismos sin sentido, surgen tras décadas de imposición de una supuesta corrección política, que ha provocador el hartazgo de muchas personas que, tan cabreadas como desesperadas, que se pasan al extremo opuesto . Cuando una campaña mediática o política es netamente emocional, la racionalidad es lo de menos. Pero los ciudadanos no caen en el error de ciertos dirigismos por obra y gracia de los medios o de consignas falaces, sino por la verdad que se encierra en ese error;  y por un caldo de cultivo adecuado, con una potente causa de fondo. Mentiras que han estado golpeando sus oídos, y su conciencia durante años en las que quieren encontrar la solución a sus problemas.

Para que el sistema volviera a ser justo, es decir para que la ciudadanía vuelva a confiar en la democracia y sus gobernantes, para que vuelva a ser  eficiente y racional, deberían cambiarse las leyes, y simplificarlas; retirar muchas trabas administrativas, eliminar las normas que conceden prebendas y privilegios, restaurar la igualdad ante la ley. Incluso simplificar la educación, implantando una igual para todos.

Pero aún haría falta más. Habría que desterrar la nefasta corrección política, esa ideología justificadora de privilegios grupales y sustituirla por ideas sanas como son la honradez, la inclinación al juego limpio, la ética, la libertad y la responsabilidad individual. Cada vez son más las personas hastiadas de tanta majadería, que desean ser ellas mismas, y no clones dentro un grupo asignado en ocasiones por los otros, y a la fuerza.

Lo políticamente correcto es hoy en día una amenaza. Lo estamos viendo en nuestro país con en el fenómeno secesionista, que también sirve para ocultar otras verdades. Los lobbies que sostienen algunas élites, y su control de lo políticamente correcto, que muy pocos osan desafiar, son siempre peligrosos. Siempre hay que cuestionarse cuando se nos habla de lo políticamente correcto. No es tan difícil. Es rigurosamente falso que la verdad no venda. Los gurús de esta nueva religión obligatoria, antes mal llamados progresistas, que hoy por lo anticuado el término no sabemos dónde ubicarlos, no son más que gente con ideas del pasado, la mayoría vacuas,  que al final no aportan, pues su discurso está obsoleto.

Se puede vencer si se hace con convicción, con argumentos razonables y verdaderos, y ganar el apoyo de un enorme sector de la población hasta ahora silenciado. Todo cuesta esfuerzo, tiempo y mal que nos pese dinero. De tiempo tristemente es de lo que más carecemos. En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto simple y revolucionario.