Domingo, 19 de noviembre de 2017

Porque todos son iguales

Todos los catalanes son independentistas. Todos los independentistas son violentos. Todos los musulmanes son terroristas.

Parece imposible que alguien tenga una visión tan miope, tan injusta y tan estúpida del mundo. Parece imposible, pero no lo es. Solo hay que prestar un poco de atención para escuchar opiniones rotundas en las que subyacen ideas como estas. Donald  Trump, por ejemplo, ha decidido suspender la lotería de visados en Estados Unidos porque así es como consiguió su permiso de residencia Sayfullo Saipov, el uzbeco que, siguiendo las instrucciones del ISIS, mató a ocho personas el pasado 31 de octubre. Castigo para todos. Porque todos son iguales.

“Etiquetar es lo opuesto de entender”, dice el personaje de Nomi en Sense 8. Etiquetar, clasificar, simplificar. Los buenos y los malos. Los buenos, buenos, buenos, buenísimos. Los malos, terribles, odiosos. Porque todos son iguales.

Y porque comprender es más difícil, más arriesgado, más contradictorio. Y, sin embargo, esencial. Como explica con su característica verborrea la simpática voz de la canción “Como te digo una co te digo la o” de Sabina: “Y es que hay que viajar/ antes de opinar./ ¿O todos los vascos van con metralleta?/ Pues no, mire usted./ ¿Y están todos locos por ser de la ETA?/ Mire usted, tampoco./ Habrá unos que sí,/ habrá otros que no,/ si ha estado usted allí/ habrá comprobao/ que el problema vasco/ es muy delicao”. Han pasado dieciocho años y los malos han cambiado, o quizá no, porque incluso existe un interés nada disimulado en tratar de relacionar a unos malos con otros, pero la necesidad de entender algo tan sencillo como que la realidad no es tan sencilla continúa presente.

Ojalá nos identificáramos, al menos, con ideas abstractas que nos impulsen a seguir creciendo, a dejar de reptar, a transcender. Quizá sea un buen momento para sintonizar con el idealismo del pirata de Espronceda. Quizá siempre sea un buen momento para encontrarse con esa mirada libre y valiente que solemos entender tan bien en la infancia y que, curiosamente, muchas veces se olvida al sumar cumpleaños: “Que es mi barco mi tesoro,/ que es mi Dios la libertad; /mi ley, la fuerza y el viento;/ mi única patria, la mar./ Allá muevan feroz guerra/ ciegos reyes/ por un palmo más de tierra,/ que yo tengo aquí por mío/ cuanto abarca el mar bravío/ a quien nadie impuso leyes”.

Complejicemos. No nos conformemos con la versión superficial de la realidad. Desconfiemos de los juicios de valor que tratan de generalizar a toda una comunidad y de sintetizarla en un adjetivo único, probablemente negativo y desacertado. Ahondemos. Cuestionemos. Precisamente porque, por suerte, no todos son iguales. No todos somos iguales.