Domingo, 19 de noviembre de 2017

Colaborar con la parroquia

     Viajar enseña mucho. Pero, como dice el refrán, si no podemos ir a la montaña, bueno es que recibamos con alegría a la montaña cuando viene a visitarnos a nosotros. Vivir en el centro de Salamanca, como en el de cualquier ciudad turística, tiene inconvenientes e incomodidades, pero también muchas ventajas: a poco que esté uno atento, ve desfilar el mundo delante de su puerta; eso me ha sucedido en los últimos meses.

     Me limitaré a un solo aspecto: ser párroco del Centro Histórico me permite ponerme en contacto con grupos organizados de cristianos de muchos países que, proviniendo de Fátima, por ejemplo, hacen una escala de avituallamiento espiritual en Salamanca para reponer fuerzas camino de Santiago de Compostela, o Lourdes, o la misma Roma, antes de regresar a la vida cotidiana de sus parroquias y comunidades en Corea del Sur, Singapur, Filipinas, Taiwán, Toronto, California, Escocia, Alemania, Nuevo México, Francia, Polonia o Portugal. Muy a menudo nos llaman de las agencias de viaje para pedir una hora para celebrar la eucaristía en su propia lengua en alguno de los templos de estas parroquias, verdaderas joyas preñadas de historia y arte.

     Por lo general, los grupos que nos visitan son más bien de clase media, con muchos jubilados; no parecen abundar los ricos entre ellos, aunque alguno habrá…y pobres a los que la comunidad ha tenido que ayudar para poder viajar. Podemos dialogar con ellos, valiéndonos casi siempre de los guías, profesionales, amables y serviciales; muchas veces el sacerdote que les acompaña, o alguno de los laicos, habla suficientemente bien el español como para poder comunicarnos bien.

     Muchas cosas me llaman la atención en ellos: su espíritu religioso, el canto coral reiteradamente ensayado en la vida cotidiana de sus parroquias, el espíritu activo de participación y la distribución de tareas entre los diferentes miembros del grupo. Hoy quería destacar una de sus cualidades, que contrasta vivamente con nuestras comunidades parroquiales españolas –y aquí soy consciente de que estoy generalizando, porque por suerte hay de todo-; me refiero a que estos grupos que nos visitan tienen claro que tienen que colaborar con el sostenimiento económico de sus parroquias. Y así, me tomé la molestia de comparar las colectas de un domingo determinado en una de las parroquias, con la del grupo extranjero que nos visitó ese fin de semana. El resultado es curioso: cada peregrino del grupo extranjero colaboró con nuestra parroquia con una media de 8,39 € por persona; en cuanto a las colectas de las misas de ese fin de semana, cada feligrés español colaboró con una media de 1,06 €. Algún compañero sacerdote me dirá, con razón, que mis feligreses son extraordinariamente generosos. Me acuerdo bien de las escuálidas colectas de parroquias anteriores.

     Debo decir que nuestros feligreses son particularmente generosos en las colectas para los pobres, para las Misiones o para Manos Unidas, o para el proyecto “Luz para Benín”, que estamos financiando desde nuestra Unidad Pastoral. Mucho menos generosos en las destinadas al sostenimiento de la parroquia. Es posible que haya razones históricas, como la falsa creencia de que el Estado financia las parroquias, cuando es lo cierto que los únicos recursos económicos con que contamos son los que vienen de parte de los feligreses, sea mediante las colectas u otras formas de donativos voluntarios. Aunque se ha avanzado mucho en los últimos sesenta años, los feligreses españoles, salvo excepciones, todavía no se han concienciado de que son ellos los que tienen que sostener a la Iglesia. No coincide la proporción de ciudadanos que se declaran católicos, mayoritaria, con la de los que colaboran en el sostenimiento de sus parroquias, minoritaria. Herencias del viejo anticlericalismo potenciadas por el nuevo proceso de secularización. Tal vez sea una señal del Espíritu Santo: ser una Iglesia pobre. Y no me digan que las parroquias son ricas en patrimonio artístico y cultural, porque del arte y la cultura, por lo general, no se come. Todo lo más, se sobrevive.