Domingo, 19 de noviembre de 2017

Ada Colau es mi Dulcinea.

Mientras seguía la entrevista del sábado por la noche, de la poco objetiva Ana Pastor a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, no pude por menos de reconocerme que lo que sentía por la entrevistada correspondía a los mismos o muy similares sentimientos y pensamientos que un enamorado siente por su amada. La cascada de adjetivos que me venían a la mente escuchándola y viéndola, probaban mi identidad de Quijote enamorado de su Dulcinea: inteligente, guapa, valiente, segura, sincera, acogedora, lúcida, previsora, fuerte, prudente y un largo etc. de adjetivos me venían para describir la mujer que aparecía en pantalla.

Mi reacción fue aún más intensa que la que Cervantes puso en la mente de su Caballero hacia su  amada, pues en un momento determinado de la entrevista tuve que cambiar de programa al sentir paternalmente que la ametrallante serie de preguntas que la Pastor le disparaba  (unas veinte por segundo) con su mirada fija de excavadora y su entre ceño fruncido de enfado crónico, podían dañar irreparablemente a mi dulce Ada.

A estas alturas del conflicto catalán debería pedir disculpas por caer en la tentación,    por primera vez desde que empezó la fase trágica del mismo, de escribir también yo mi opinión sobre los beligerantes. Pero no pediré ninguna disculpa pues no lo voy a hacer: desde los inicios, mi estupefacción ante las conductas mostradas por todos los protagonistas del relato ( como se dice ahora) ha sido tan enorme que me ha paralizado de cintura para arriba; el papel del gobierno de la nación, de los independentistas y de algunos aliados de cada bando, me ha parecido tan carente de lógica y creatividad que no he acertado a pronunciar una palabra; me he limitado a ser un televidente de la Sexta, hora tras hora, día tras día, pendiente del fatídico hilo del desenlace que nunca llegaba.

Hoy escribo dentro de un discurso subjetivo amoroso, que no tiene nada de común, felizmente, con la beligerancia por la administración de un territorio.

Y en este (breve) discurso he de terminar afirmando que mi Dulcinea de Barcelona es mucho más guapa, inteligente, real y amorosa que la del Toboso ( que a veces huele a ajo, según el enviado especial Sancho, y no sabe ni leer).

No caeré en el delirio de identificar a Ada Colau como símbolo de toda Barcelona o Cataluña, pero sí proclamaré que mi flechazo amoroso por ella descubre mi atracción de castellano viejo hidalgo por ese territorio mediterráneo, español y europeo; y descubre qué amarga tragedia sentiría si esta deseada Cataluña ( territorio de mi amada) se independizara del resto de regiones, nacionalidades o comunidades autónomas y nos quedáramos solo con las Ana Pastor mirándonos inquisitivamente y riñéndonos por nuestra falta de definición y quizás hasta de nuestras supuestas fantasías eróticas.