Domingo, 19 de noviembre de 2017

Carlos: un ausente muy presente

Hola, Carlos: Tus amigos te llaman Juan Carlos, pero para los más próximos, para tu familia, eres Carlos. Han pasado varios días desde que entraste en esa penumbra que te tiene atado a una cama. Si tu enfermedad hubiera sido de otra índole, te conozco y sé que ahora lo estarías pasando muy mal. El capitán de la nave siempre piensa que su falta es un grave inconveniente. De hecho, supongo que eso será cierto en más de un caso. Pero tú, Carlos, eres un caso aparte. Además de responsable y buen profesional, siempre te ha adornado una cualidad indispensable para todo jefe: eres tan humano que los que estamos a tus órdenes, aunque con dificultades y esfuerzo, haremos lo posible e imposible para llevar esa nave a buen puerto. Pero, Carlos, ahora que no nos oye nadie, quiero decirte que no tengas prisa, el día que regreses podrás solucionar los fallos que hayamos tenido.

Tú no lo sabes, pero hasta privado de la consciencia, estás luchando contra la enfermedad. Tu naturaleza no sabe cruzarse de brazos ni de dormido; se ve que eres muy fuerte. Que nadie te hable a tí de dificultades, porque hace tiempo que borraste la palabra fracaso de tu diccionario particular. Como la unión hace la fuerza, podrás imaginarte que en esta batalla no estás solo. Todo el mundo aporta su granito de arena. En primer lugar, todos los profesionales del hospital que, si siempre se esfuerzan con todos los enfermos, tú tienes la suerte de contar con una esposa que no se aparte de ti –como esposa y como enfermera- y, por ser una compañera más, todos están pendientes de ella y, por supuesto, de ti. De Andrés y de Celia tampoco debes preocuparte, se están comportando como dos adultos. Te echan de menos, pero saben lo que estás pasando y demuestran la entereza de una persona mayor. Del resto de la familia, no hace falta que te lo diga. Estamos a tu lado. Tú no nos ves, pero nos fijamos en el mínimo detalle que pueda significar un avance. Tu otra gente, la de la Carretera de Ledesma, como una piña, esforzándose al máximo y esperando verte pronto.

Somos una familia creyente, como tú, y no podíamos permanecer callados. Por eso hemos pedido la ayuda de quien es todo amor y misericordia, de quien siempre se interesó por los más necesitados –como tú, ahora--, alguien que te conoce perfectamente y sabe de qué madera estás hecho. Nosotros siempre confiamos en Él, como tú. Hasta sor Eusebia Palomino, esa humilde monjita, paisana tuya, a la que tanto has dado a conocer por todo el mundo, está deseando mirarte otra vez cara a cara desde la iglesia de tu pueblo para darte las gracias. Todo el mundo quiere volver a verte entre papeles y micrófonos. Sigue apretando los puños, que te esperamos. Un abrazo del tío que tanto te quiere.