Domingo, 17 de diciembre de 2017

Irse

Están los que se van y están los que se quedan. Los que dicen que se van y nunca terminan de irse. Los que en la vida se van, pero que parece que jamás están. Hay formas de irse que son fugas y otras que resultan de un acuerdo. Hay separaciones traumáticas y alejamientos dolorosos. Hay retiradas estratégicas y marchas necesarias.  Puede hacerse en silencio o con mucho ruido, en secreto o públicamente, temporal o definitivamente. La mayor parte de las veces es resultado del propio acontecer de la vida. Los chicos se hacen mayores. Se queman etapas. La vida requiere acomodarse a los nuevos tiempos. El cambio es necesario. En ocasiones hay personas que son como peonzas que si dejan de moverse se caen. Pero hay momentos históricos en los que la diáspora es masiva, voluntaria o forzadamente las masas se trasladan de un sitio a otro, también la gente emigra individualmente huyendo de la hambruna, la persecución política o religiosa, la falta de trabajo. El movimiento es constante.

La hora de irse es una muletilla que está incorporada al acervo coloquial cotidiano.  Hay gente que nunca encuentra esa hora, pero otros saben perfectamente cuando llega el momento. No siempre es sencillo. La estudiante que finalizada su tesis remolonea en la universidad donde pasó cinco años de su vida por temor al futuro inmediato. La visita en la tarde dominical que no tiene prisa porque sabe del infierno que le espera en su casa. Los amigos a los que el empleado echa del bar de copas porque nunca encuentran esa hora. Escenas frecuentes que contrastan con quienes son plenamente conscientes de cuando llega el momento de partir. Tras el hartazgo; por el imperio del deber; por la propia pulsión de la huida; por miedo… Una barahúnda de situaciones que tienen su lógica interna y que se acoplan a los personajes, a sus frustraciones y a sus expectativas. Nunca el momento de irse es el mismo,  ni lo son sus motivos, ni sus efectos.

Cuando se aproxima el fin del año es siempre una buena época para mirar alrededor y estar al tanto de quién se fue, incluso si es uno mismo el que lo hizo. Evaluar las estrategias seguidas y las razones explicativas –si es que se saben- o imaginarlas en caso contrario. Conocer los cambios producidos, el gradiente de felicidad o de malestar registrado después, o cualquier otro indicador que señale el impacto del salto dado. Es una contabilidad mínima para reconfortarse tanto por parte de los que se quedaron como de los que se fueron. Sin embargo, hay un buen número de casos en que esta introspección es superflua porque no resuelve el profundo significado de la ausencia de quien estaba y dejó de estar. El impacto del vacío de las rutinas afectivas, el peso de los onerosos silencios, la ausencia de las miradas cómplices, la orfandad de las palabras que significan lo contrario de lo que quieren decir, la misma usura de la compañía impostada.