Domingo, 19 de noviembre de 2017

Lavando lana en el río

                                 

La mayor parte de la lana churra se lavaba en el río Margañán, mientras corría, pues se secaba en el estío; y, entonces, se elegían otros sitios como Alba de Tormes, Ledesma, Encinas y Huerta; hubo macoteranos que lavaron en el Manzanares, en Paredes de Nava, en Cerezo del río Tirón, cerca de Briviesca,  y  en Cívico de la Torre.

En Alba, los laneros macoteranos paraban en la posada de  Antonio el Malhüele. Su mujer, Eva, les preparaba las comidas y los trataba como hijos.

Cuando se construyó el pantano de Santa Teresa, no se pudo lavar en Alba y, entonces, los laneros cambiaron el hato a Galisancho y a Ledesma. En este pueblo, comían en casa de la señora Venancia, que ponía unos filetes que “te chupabas los dedos”.

Estando el señor Foro, lavando lana en el Alba, todos los días, le despertaban las campanas de los conventos de monjas, que tocaban demasiado temprano a maitines. Un día, harto y de mal humor, largó el taco de costumbre y espetó: “Por qué no se volverán de corcho”. Otro día, enfurruñado con su sobrino Pepe el Esparrama, porque no movía bien el hachuelo en la lavadura, le dijo: “Vete a ordeñar perdices con alicates”.

El río Margañán estaba muy solicitado; al atisbarse el otoño, cada lanero llevaba una banasta vacía al río y la colocaba en el sitio más propicio para montar el hato. Ese lugar era respetado, “como tierra sagrada”, por los demás. Cuando aumentaba el caudal del río, los laneros cogían sus carros, banastas y lana, bajaban al río y levantaban su tienda en la que guardaban sus enseres.

Se allanaba la arena y se apisonaba bien, pues había que vaciar sobre ella la lana sucia. Anteriormente, se había preparado el lavadero: se abría un pozanclo con una azada, se colocaba un palo de dos metros a lo largo de la orilla, separado unos centímetros, y se cubría el hueco con unas tortas de césped bien prietas, a este espacio se le daba el nombre de patera, sobre la que se apoyaba un pie mientras se lavaba; a medio metro de la orilla, se plantaba un tajo de patas altas, para estribar el otro. Cuando lavaban dos, se colocaba otro tajo a la misma distancia. Se sumergía la banasta cargada con dos vellones de lana y se iba meciendo lentamente durante un tiempo; después se elevaba, para que escurriese bien el agua sucia, se volvía a hundir y se removía bien de nuevo, y se daba por buena la lavadura. Se aplicaban dos aguas a las lanas churras; y tres, si era lana del tipo 5.

Para remover la lana en la banasta, se empleaba un hachuelo pequeño; esta labor había que hacerla con mucho cuidado y destreza para no romper el vellón. La misma operación de lavado se hacía con los acuellos, añinos y las cascarrias. Se llamaban acuellos, a la lana del cuello de la oveja, que se le cortaba en verano, para que se encontrase más fresca. Esta lana daba más rendimiento de limpia que de sucia; añinos, a la lana de los corderos, y cascarrias, a la lana de la parte de atrás de las ovejas, que se manchaba con los orines y excrementos del animal.

Antes de meter los menudos y las cascarrias en el río, se limpiaban de pajas y porquería en el zarzo.

Cuando se lavaban los añinos se esparcían sobre un lugar duro y limpio, se movía un par de veces al día para que secaran bien, se recogía con una rastra con púas y se metía en la saca. Otro tanto se hacía con las cascarrias.

Una vez lavada la lana, se sacaba la banasta fuera por medio de un zacho y se dejaba escurrir a la orilla. Después, se hacían unos surcos con la arena y, sobre ellos, se vaciaban las banastas unas a continuación de las otras. En el invierno, la lana se extendía en los vallados el día siguiente, para que se oreara bien; en el verano, se hacían dos tendidos: en el de la mañana, se esparramaba la lana que se había lavado el día antes por la tarde; y, en el del mediodía, la que se había lavado por la mañana. Se recogía, se envasaba en sacas y se trasladaba a las paneras.

La tera

En verano, como hacía mucho calor, el que lavaba se desnudaba de la cintura para abajo y se cubría con una saca que ataba a la cintura. No se empleaba el tajo ni la patera, se metía en el río descalzo y amarraba la banasta entre las piernas y mullía la lana con las manos. También, en este tiempo, se solía buscar un sitio fresco, junto a una junquera, se hacía una poza honda, se mojaba bien una saca y se envolvía en ella la damajuana y el botijo, y se colocaban dentro para que estuvieran frescos. A esta “nevera natural” se le daba el nombre de “tera”.