Domingo, 17 de diciembre de 2017

El precio del low cost

Para ser tan altos y tan fuertes, hay que ver la de complejos que tenemos. Me refiero a la gente del baloncesto, deporte situado a la sombra del fútbol, captador de los principales talentos coordinativos e imán de propiedades magnéticas incomparables. Este complejo de inferioridad, unido al estigma de barbarie que persigue a toda actividad sudorosa y a la falta de pragmatismo propia de una inversión que no nos va a sacar de pobres hace que sea difícil sacar pecho ante patrocinadores, acudir con la cabeza alta a las oficinas de las entidades públicas a pedir subvenciones o unas tristes horas de pabellón o reclamar precios elevados a los particulares sin que se nos escape una suerte de disculpa, aunque sea tácita.

 

A todo ello se superpone la cultura del coste cero, propia de nuestro país y especialmente de sus áreas más provincianas, de un “low cost” que apuesta por competir en precio con otras alternativas de ocio, asumir que el valor añadido que muchos ofrecen con su esfuerzo y su talento se esfume desafiando la ley de la entropía –o, peor, quedando en manos de intermediarios que se dedican a transportarlo–, presentarse en la estantería del supermercado con una oferta inigualable que, desde un punto de vista psicológico, el cliente asimilará como de peor calidad (“por algo será”). En esta deriva, la tendencia de los rendimientos decrecientes se agiganta: los períodos de amortización de los activos se acortan y el entusiasmo, principal motor de este sector, se ve golpeado en su núcleo fundacional.

 

Si un empleo no ofrece unas mínimas garantías, si no hay incentivos para saber más y hacer mejor las cosas más allá del código deontológico –no escrito– de todo deportista (y el entrenador también lo es), el coste de oportunidad (el coste de no estar preparando una oposición, aprendiendo un idioma, viviendo una experiencia en el extranjero o haciendo planes de ocio con los amigos) se incrementa. Envueltos en una rutina caótica, en la multitarea de subsistencia, teniendo que afrontar las legítimas expectativas de públicos muy distintos, es muy difícil estudiar y conocer una materia siempre cambiante (pues siempre hay novedades metodológicas, principios filosóficos en auge, innovaciones relacionadas con la pedagogía,…), sentarse a planificar para sacar el máximo rendimiento del tiempo y recursos materiales y humanos de que se dispone, evaluar y extraer de ello una enseñanza a integrar en el diseño de los entrenamientos, en las formas de comunicación o en cualquier otra de las múltiples facetas que un entrenador debe manejar.

 

En fin, todo esta sarta de tecnicismos económicos y excusas de baratillo para reivindicar aquel refrán popular de que lo barato sale caro aplicado a un sector que conozco bien y que, por desgracia, no es más que un ejemplo de la precarización a la que nos precipitamos mientras a los de siempre se les llena la boca con la palabra excelencia cuando aquí, todos lo sabemos, se trata de ir tirando con lo que se tiene mientras nos miramos la punta de los zapatos. Por si nos caemos y, efectivamente, se confirma que la cosa aún podía ser peor.