Domingo, 19 de noviembre de 2017

Contra envidia, caridad

Sostiene Ernesto que la envidia es un mal endémico en todos los países del mundo, mas en alguno se ha enquistado en la idiosincrasia hasta formar parte de su intrahistoria. En estas naciones es tan notable y persistente su presencia, que algunos historiadores (entre otros él) la han estudiado y tipificado. Cuando fuimos sabedores de esta clasificación le rogamos nos la enviase. Tras una rotunda negativa; “Sólo es para andar por casa”, nos la hizo llegar.

Puesto que la envidia es una enfermedad contagiosa del alma (han descubierto que anida y medra entre el estómago y los pulmones), que provoca tristeza de espíritu, e impregna a sociedades enteras obligándolas a cortar las piernas por las rodillas de los ciudadanos más capaces para que no se note su medianía, incapacidad o vagancia, y puesto que hasta el refranero popular se ha hecho eco de esta lacra legándonos auténticas perlas: “La envidia al ruin, como al hierro el orín”; “La envidia sigue al mérito, como la sombra al cuerpo; “Si la envidia fuera tiña ¡cuántos tiñosos habría!” y varios cientos más, hemos creído conveniente hacer una brevísima clasificación:

En el primer lugar nos vemos obligados a poner la envidia de los dirigentes de un país (fiel reflejo de la de sus habitantes), que no soportan los triunfos del país vecino, sean deportivos, científicos, artísticos, colonizadores, lingüísticos,  etc., y se dedica a rebajarlo ante la comunidad internacional a base de descalificaciones y burdas mentiras. Se han dado casos en los que una nación envidiosa llega al extremo de tolerar, cuando no mantener, grupos terroristas o partidas armadas que operan en el país envidiado para debilitarlo y obtener ventajas políticas y comerciales, utilizando a los terroristas como moneda de cambio.

Pisándole los talones, encontramos la envidia interregional dentro de un país donde un territorio o región envidia a otro porque su idioma se ha extendido más por la Tierra, y sus gentes han destacado dando al mundo más hombres de ciencia, más artistas, más literatos, en definitiva; han triunfado relegándoles a ellos al papel de segundones. 

A continuación vendría el desprecio institucional que ignora a los ciudadanos que sobresalen gracias a su esfuerzo en cualquier disciplina, ahogándolos en el anonimato tras personajes irrelevantes, cuando no dañinos, para de esta forma disminuir y amedrentar el coraje y el empuje de la sociedad al privarla de modelos positivos, para embrutecerla y mejor controlarla. Poder institucional que sólo reacciona ante grupos de presión, olvidándose del resto al que desprecia y cataloga como mayoría silenciosa y sumisa. Gran parte de los medios de comunicación se suman a ésta perversión y si el Estado da pan, ellos ponen el circo, programando banalidades, tonterías, sucesos, desgracias, reality shows, o tertulias donde mezclan pseudo intelectuales, con listillos de barra de bar, caraduras, “friquis”, cagalástimas, tuercebotas, robaperas y similares.

En cuarto lugar está la envidia social, que estudios recientes han encontrado emboscada entre las cadenas de ADN de los habitantes de estos países. Sociedades que desconocen la palabra admiración, respeto y ejemplaridad, y puestos a parir idioteces han rizado el rizo y se han inventado expresiones tan incongruentes como la “sana envidia” como si algo intrínsecamente pernicioso pudiese ser saludable.

En quinto lugar situamos la envidia profesional, que etiqueta negativamente a cualquier compañero/a que vaya ascendiendo gracias a su trabajo porque, según ellos… “los jefes promocionan a incapaces y mediocres para que no se note su propia incompetencia y no peligre su sillón”. Sea cierta o no la trayectoria del individuo en cuestión, si es un empresario, pasará a ser un explotador; si se trata de una mujer, “a saber con quién se ha tenido que acostar para ocupar el puesto”; si hace dinero, “es una persona sin ética”; o no tiene principios; o “es un chaquetero”; o un “arrastrado”, o un “lameculos”, o un “pelotas”... En todos los casos se trata de no reconocer la valía personal del triunfador, porque en definitiva en estos países hay un refrán lapidario: “El río no crece con agua limpia”.

En el sexto tenemos la envidia matrimonial, que nace cuando uno de los dos cónyuges triunfa en cualquier campo o asciende laboralmente destacando sobre el otro, es en ese momento cuando en la intimidad del hogar comienza a fraguarse lentamente una envidia amarilla pastosa que no dará importancia a los acciones y hechos destacados del envidiado/a, y sin embargo el envidioso/a se convertirá en un notario/a entregado/a, implacable y minucioso/a del más pequeño de los fallos de su compañero/a de los que levantará acta en todo momento para pregonarlo a los cuatro vientos y disminuirlo/a ante propios y extraños.

La envidia escolar sería el séptimo tipo. Aparece cuando los alumnos mediocres o vagos desmerecen a los compañeros que tienen mejores notas. Estos alumnos aventajados serán llamados empollón, caralibro, cuatrojos y otros “adjetivos” similares. Alumnos envidiosos que al crecer siguen siendo miserables y no reconocen la valía de sus antiguos compañeros, y tienen a gala decir que fueron malos estudiantes, que les expulsaron de varios centros y, sin aprobar ni el recreo, mira a dónde ha llegado, más cuando estos personajillos compran un piso esperan que lo haya construido un arquitecto bien preparado para que no se les venga abajo, o cuando están enfermas buscan el médico especialista que más haya estudiado y esté mejor preparado. 

En estos países enfermos hasta en los hermanos crece la sarna de la envidia por lo que uno posee y el otro desea (¿quién no recuerda a Caín y Abel?). Hipócritamente los expertos lo llaman celos y hablan del “príncipe destronado” y otras lindezas semejantes para ocultar la perniciosa envidia.