Miércoles, 24 de enero de 2018

El mes más cruel

Contradiciendo a Eliot, habrá que reconocer que, al menos este año, no es abril sino octubre el mes más cruel. Y en España, más. Cruel para quienes llegaron a creer que estábamos construyendo un modo de convivencia basado en el respeto y la igualdad, cuando lo que se ha cocido durante cuarenta años de una mal llamada democracia, y lo estamos comprobando  estos días dolorosamente, ha sido la construcción del campo de batalla donde la peor cara del poder celebrase sus duelos de perorata y yo más, y la rapiña, la codicia, el exceso y el robo se han convertido en moneda común del cada día en un país ya apenas sin aire para respirar tanta, tanta oscuridad. Cruel para los que habían creído en la fraternidad y el abrazo como motores de la reconciliación de un país tan herido por la sevicia, cuando ha bastado el menor gesto para que el huevo de la serpiente del fascismo español vuelva a campar con su característico lenguaje de palos, golpes y desprecios, que siempre lo han definido, y vuelvan a verse las marchas de los cachorros de la maldad campando por sus respetos en unas calles amedrentadas por la impunidad y asustadas por el vocerío. Cruel para la sensibilidad ética y aun estética que confiaba en la discreción, la mesura y la inteligencia como elementos capitales de la política, y que choca con la maniobra interesada, el silencio cómplice, la camarilla, el cálculo electoral y el pulso privado que reparte trozos de dominio, oportunidades de manipulación y modos de control al margen del pueblo, en contra de la gente, de espaldas a la verdad. Cruel, al fin, para todos los que un día pensaron en el futuro como el territorio de superación de conflictos, como el horizonte donde la mirada clara, y por tanto la sinceridad, lo verdadero y no lo verosímil, la causa y no la consecuencia triunfarían sobre las miserias del egoísmo y las pústulas de la mala sangre provocadas por la desatención, la deseducación, la incultura y un específico modo de ser español apoyado en el desinterés y el estupor.

A las críticas por la mala gestión de los pavorosos y criminales incendios de Galicia, se responde con un comunicado oficial a toda plana alabando la gestión oficial y apropiándose los cargos públicos del nombre de todos para intentar poner en boca del pueblo los pueriles intentos de justificación de su incompetencia: propaganda. A la preocupación por la negligencia e incapacidad de los gobernantes para enfrentar problemas y gestionar reivindicaciones nacionalistas, se responde con la renuncia a la ideología, con el apiñamiento forofo, con el manoseo de la identidad, y se abandona el pensamiento crítico, el diálogo, y se aporta como argumento la carga indiscriminada, el palo intimidatorio, los registros amenazantes, las detenciones ejemplarizantes y los encarcelamientos, que dejen claro quién manda, quién ordena y quién decide, pero nunca quién piensa: propaganda. A la inacabable quiebra de la unidad del país, más artificial que real, se reverdecen los ataques fascistas, las imposiciones e impunidades nazis de los cachorros del franquismo (en la calle abanderados y en las tribunas encorbatados), y se ondean banderas con cuyos mástiles se golpea al disidente, con cuyas arengas patrióticas se liquidan los últimos restos del pensamiento y con cuyos tanto tiempo impuestos colores rojo y gualda, se adornan balcones y se visten ventanas, siempre como rechazo alo otro, nunca como afirmación de lo propio: propaganda. A la por muchos insoportable, por la lógica inentendible y difícilmente justificable por la razón, permanencia de la monarquía como abstrusa forma de un estado que se quiere llamar democrático, se responde con discursos admonitorios, broncas regias, genuflexiones vergonzantes, besamanos sonrojantes y, como cada octubre, con los infumables anuncio y ceremonia de los premios Princesa de Asturias, que utilizan el presupuesto público para afianzar una institución claramente caduca, evidentemente inútil y políticamente inoperante: propaganda.

Propaganda... Anuncios, pasquines, discursos vacíos, fiestas, desfiles, hojas volanderas, cánticos, jaculatorias, himnos, reverencias, huidas, brazaletes y palabrería. Y la tristeza de la continuidad de todo. Sí, definitivamente, octubre es el mes más cruel.