Domingo, 19 de noviembre de 2017

El ardiente Oeste

El pasado fin de semana se despidió de la misma forma que se inició esta semana, con unos catastróficos incendios que han arrasado el Oeste de la Península Ibérica y en los que, la peor parte, se la ha llevado Portugal, con 37 muertos causados por estos incendios (y donde el miércoles dimitió por este motivo la ministra de Interior), seguida de Galicia, donde hubo 4 fallecidos.

No obstante, los fuegos no se ciñeron solo a estos dos territorios, y las llamas han devorado también importantes parajes naturales de Asturias y la Región Leonesa, habiéndonos tocado de más de cerca el que tuvo lugar entre Pereña y Villarino.

Por otro lado, contando con que el único culpable de los incendios es el loco que decide prenderle fuego al monte, no estaría de más señalar que la gravedad de los incendios depende también de la propia manera de actuar de las administraciones, además de las condiciones climáticas (que si son difíciles obstaculizan el poder frenar el fuego).

En este sentido, el despido de brigadistas forestales, a pesar de estar en un octubre que, hasta mediados de esta semana, tenía más de verano que de otoño, no ha ayudado nada a la lucha contra el fuego, más bien al contrario.

A este respecto, los brigadistas forestales de la base de Guadramiro fueron despedidos por la Junta de Castilla y León el día 15 (al igual que hizo la Xunta de Galicia con más de quinientos forestales), que no esperó siquiera a que mejorasen las condiciones climáticas, sino que tiró del recurso burocrático de despedirlos una vez finalizada la primera quincena de mes, lo que motivó que muchos de ellos acudiesen a sofocar el incendio de Pereña-Villarino como voluntarios, y no como trabajadores contratados.

Y es que, si de algo se puede calificar la política de la Junta en la materia, es de “torpe”, ya que no contrata para todo el año a los brigadistas forestales (como hacen otras autonomías como Extremadura), impidiendo con ello que se hagan las labores de mantenimiento y prevención pertinentes en los bosques (que ayudarían a aminorar la gravedad de los incendios y sus efectos), lo que supone que el monte sea pura yesca en caso de incendio, y sea mucho más complicado a la hora de la verdad parar el avance de las llamas.

Por otro lado, las peores condiciones laborales ofrecidas por la Junta a los brigadistas en comparación con las autonomías vecinas, hacen que la temporalidad del puesto (limitada a la temporada de incendios), sumada al bajo salario que se ofrece a los brigadistas, acabe suponiendo que muchos de estos profesionales se acaban yendo por las mejores condiciones laborales a otras autonomías, perdiéndose con ello profesionales experimentados en la lucha contra el fuego (algo que también está ocurriendo en el ámbito sanitario).

Asimismo, habría que señalar lo erróneo de las repoblaciones forestales que se acometen frecuentemente en las zonas arrasadas por el fuego, y especialmente en Galicia, donde frecuentemente se repuebla con especies no autóctonas del medio arrasado, como el eucalipto, o en el caso leonés con pino piñonero (más propio de la comarca de Tierra de Pinares, en Valladolid y Segovia), lo que supone a medio y largo plazo un mayor perjuicio para el entorno, pues acidifican el terreno y acaban amenazando la propia existencia de las plantas autóctonas que se sitúan en sus alrededores, además de despertar la sospecha de la existencia de intereses madereros y de viveros detrás de algunos fuegos.

Por ello, sería conveniente que en adelante hubiese una mayor transparencia en lo que concierne a la contratación para la repoblación forestal en las zonas quemadas, de forma y manera que no quepa posibilidad de que existan intereses espurios en este tipo de repoblaciones forestales, para las que se debería exigir como condición sine qua non la repoblación con especies autóctonas de cada zona.

Del mismo modo, la administración autonómica debería ponerse las pilas pasando a contratar de manera permanente a los trabajadores forestales, para que puedan hacer labores de prevención en invierno que ayuden a restar gravedad a los incendios que pudiesen producirse.

Esperemos que éste sea el último año con un Oeste ibérico tan ardiente, aunque tristemente los fallecidos en los incendios de Portugal y Galicia no podrán siquiera comprobarlo. Descansen en paz.