Domingo, 19 de noviembre de 2017

Oración por el domingo, y si me apuran también para el sábado

Como todos ustedes saben, el Libro del Génesis inicia su intenso relato con la creación del universo en siete días. O realmente en seis, porque el último fue el día de descanso. Por ello los judíos practicantes, aficionados como han sido siempre a las interpretaciones literales de la Torah -los cinco primeros libros de la Biblia- como mandatos divinos, practican el sábado desde tiempo inmemorial. Con una precisión que no es menor: como ocurría con la cuenta de los días en la antigüedad, para ellos el sábado empieza en cuanto anochece el viernes, no a medianoche como pensaría cualquiera de nosotros, y acaba en cuanto sean visibles tres estrellas en la noche siguiente.

El séptimo día es día sagrado en el que los ortodoxos con una precisión digna de encomio cumplen una larga serie de reglas prohibitorias de actividades varias, parece ser que hasta treinta y nueve categorías de actividades que han ido ampliándose a través de interpretaciones analógicas. Desde coser a encender fuego, lo cual llevó a plantear a la doctrina rabínica si se podía o no pulsar interruptores. Sí se permite practicar el sexo, o simplemente conversar o leer. Hasta respecto a la guerra algunos gobiernos israelíes contemporáneos tuvieron sus escrúpulos por tratar de cumplir esta estricta norma.

El Nuevo Testamento nos muestra, sin embargo, el inicio de la relativización que el cristianismo hizo del Sabath, y no sólo porque derivara en la celebración como día de descanso en el domingo, en lugar del sábado, como conmemoración de la resurrección de Jesús, sino sobre todo porque el mismo Cristo, según nos cuenta, destaca que hay normas superiores a la del riguroso respeto de la festividad semanal, como se cuenta en diversos pasajes de los evangelios, que pueden resumirse en el famoso: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado” (Marcos, 2,27).

No es necesario ponernos a hablar de teología para intuir la necesidad del descanso, aunque la Biblia apoya sin duda esta exigencia elemental: “Durante seis días harás tus faenas, pero el séptimo descansarás, para que reposen tu buey y tu asno y puedan respirar el hijo de tu esclava y el emigrante” (Éxodo, 23,12). Lo cual no es más que una manifestación de las limitaciones del hombre, que debe parar de vez en cuando, tanto como los animales o el mismísimo Dios.

En estas modestas disquisiciones estaba yo dedicando mi breve descanso matutino, cuando se me ocurrió agarrar mi móvil, en el que brillaban acusadoramente unos números sobre los mensajes de Uasap que me urgían contestación, sobre los pendientes de respuesta en Gmail y hasta los que venían esperando de Messenger… después de una semana de no parar. Y ahí, como todas las semanas, me surge un complicado dilema moral, que si ustedes no quieren, no relacionaremos con la religión.

Mi cuerpo y mi mente necesitan reposo. Mi pequeño teléfono celular se ha convertido en un asqueroso Pepito Grillo. La semana está ahí acechando, ya con numerosas actividades programadas. ¿Cómo diantres hago yo para no caer en tentación y evitar al mismo tiempo que el lunes sean todo retrasos y preclusiones?