Lunes, 23 de octubre de 2017

VÍSPERAS DE MUNDIAL

El fútbol, y no la guerra, es la verdadera continuación de la política por otros medios. Más en estos días que corren, cuando los distintos grupos de clasificación tocan a su fin y se viven por igual dramas y triunfos históricos, arrebatos de furia patriótica y hecatombes que solo encuentran parangón en los desastres que provoca el amor cuando no llega o se desbarata.

 

Ojerosa y atacada, así se levantaba Argentina antes de su gran cita en Ecuador. No respiraban ni en la Boca ni en Corrientes, el café caía a plomo sobre los estómagos de rosarinos y cordobeses y hasta el Mar del Plata se había puesto en huelga y dejado de fluir. Todo se agravó con el primer gol de los locales, pero el héroe acudió presto a su cita con el país, al que con un hat trick conducirá a otro campeonato mundial en el que poder demostrar que el dios del fútbol contemporáneo aún puede emular a su predecesor y sacarse de la manga un nuevo día festivo para una Argentina que, si bien perdió las Malvinas, ganó una semifinal decisiva en el Mundial de 1986 ante el mismo enemigo británico, con un gol con la mano y otro simplemente irreal. Dulce venganza. 

 

Eduardo Galeano, de costumbre amable y bonachón, solo cerraba las puertas de su casa con motivo del Mundial. Sacaba el abanico y se tumbaba en la hamaca a ver los partidos de su Uruguay. También los del resto de países presentes en la contienda rescatando de cada lance una significación superior. El atractivo del fútbol se construye sobre una serie de pilares tan básicos como sofisticados: un marcador corto, un ritual casi religioso y un simbolismo que consigue fusionar voluntades de seres muy distintos en torno a convenciones y arbitrariedades tan dispares como un escudo, una historia o unas fronteras en común. Así, un potentado burgués parisino, directivo de una empresa de seguros, puede dejarse la voz animando a un inmigrante de origen argelino que pasó su niñez en Marsella jugando cerca del puerto, junto a otros chicos de clase baja, hijos de estibadores. Animar y tomarse tres cervezas y gritar “Vive la France!”, y convenir que es “la France” de todos por el simple hecho de vestir una misma camiseta, apodarse “les bleues” y haber padecido juntos la tragedia de no asistir al Mundial de 1994. O de haber disfrutado juntos, hombro con hombro, el triunfo del 98.

 

En este día de la hispanidad, lejos del consenso que genera el fútbol con sus camisetas y cánticos, no hay acuerdo siquiera para determinar si es un día festivo o triste, si se conmemora un hecho reseñable o la memoria de una ignominia. Todo porque no se ha creado aún la competición en la que colombianos, ecuatorianos, argentinos y españoles, entre otros, se vistan una misma camiseta y jueguen contra la Commonwealth el Mundial de los antiguos imperios. A ver si me iba a importar a mí, en ese supuesto, madridista como soy, gritar el ¡Messi, Messi, Messi! que le dedica el Camp Nou a su ídolo cada vez que marca un gol. Ah, el fútbol.