Lunes, 11 de diciembre de 2017

Diálogo o barbarie

Porque tenemos la palabra. Porque tenemos la capacidad de expresarnos. Porque tenemos la capacidad de conocer las expresiones ajenas. Porque el diálogo es descubrimiento, es encuentro, es alteridad. Porque ojalá pudiéramos celebrar hoy el aniversario de un descubrimiento recíproco de culturas –¿por qué siempre pensamos en el descubrimiento desde la óptica eurocentrista del que “descubre”, como si acaso no hubieran existido antes las civilizaciones “descubiertas” y su continente?– basado en el encuentro y la alteridad. Porque dialogar supone crecimiento, amplitud de horizontes, profundidad de miradas. Porque escuchar al otro es abandonar el ángulo único, empezar a comprender, empezar a comprendernos. Porque el rey que no sabía dialogar no sabía comprender. Porque la otra alternativa es la imposición. Porque la otra alternativa es el miedo, la sangre. Porque, como dijo Isaac Asimov que dijo Salvor Hardin: “la violencia es el último recurso del incompetente”. Porque tenemos opiniones distintas, sí, pero también tenemos respeto. Porque compartir nos fortalece, pero discrepar no necesariamente nos debilita. Porque deberíamos saber debatir sin mancharnos ni lavarnos las manos. Porque deberíamos saber debatir. Porque tenemos empatía. Porque estamos preparados para seguir aprendiendo. Porque la diversidad nos enriquece. Porque respetar al otro es respetarse a uno mismo. Porque una civilización sin diálogo no es una civilización; es barbarie. Porque ya sabemos lo que sucede cuando no hay diálogo. Porque ya sabemos cómo empieza y cómo termina la barbarie. Porque el diálogo nos complejiza, nos aporta valentía y humanidad. Porque la generalización nos simplifica. Porque la simplificación nos empequeñece, nos barbariza. Porque, como dice el proverbio africano: “cuando dos elefantes se pelean, es la hierba la que sufre”. Porque no queremos ser hierba ensangrentada. Porque no nos merecemos esos elefantes. Porque podemos elegir. Porque tenemos la palabra.