Domingo, 22 de octubre de 2017

Cuidado con la excesiva euforia

Después de contemplar las imágenes que llegan de Madrid y Barcelona, correspondientes a las manifestaciones de sábado y domingo, respectivamente, contra la independencia de Cataluña, lo primero que debe subrayarse es la masiva asistencia a ambas  -mucho más numerosa la de Barcelona--. A la hora de “aforar” los asistentes a estas concentraciones ya sabemos que unas veces se mira con los prismáticos perfectamente colocados y otras se colocan al revés. A juzgar por las imágenes –incluidas las de la Sexta TV—hay que concluir que la asistencia a la de Barcelona, el día 2 –protesta contra la policía y Guardia Civil- y la de ayer, fueron muy similares y, en cualquier caso, lo suficientemente numerosas como para tenerlas muy en cuenta. Claro está que, usando otra vez los prismáticos “amañados”, parte de la prensa mide la asistencia de centenares de miles y otra parte habla, simplemente, de miles de personas. Claro, es cierto, todo son miles.

Todo lo sucedido hasta este momento entraba, más o menos, dentro de lo previsto. Es decir, ya tenemos asumido que, para que el Presidente del Gobierno decida tomar medidas que sirvan para obligar a Puigdemont, y sus gentes, a cumplir la ley, por las buenas –que ya sabemos que no-- o por las malas –que ya sabemos que tampoco--, no es suficiente ni pegarle un puñetazo – lo hemos comprobado--. Nada. Hasta hoy, nada ha sido lo suficientemente grave como para que se le mueva un solo nervio. Me gustaría comprobar que su actitud se debe más a un alarde de sangre fría que al miedo a fracasar en el intento, o a perder el posible apoyo de otras fuerzas. Tampoco me gustaría averiguar que las últimas reacciones de la “España silenciosa” o la reciente desbandada de algunas empresas con sede en Cataluña hayan podido servir para que el Gobierno llegue al convencimiento de haber calmado las ansias independentistas de los locos que pueblan el Parlamento catalán. Si es así –y en esta ocasión bien sabe Dios que me gustaría equivocarme--, volverá a verse sorprendido. El órdago que ha echado Puigdemont es de tal calibre que no puede dar marcha atrás. Al principio, podía deducirse que el nuevo “honorable” desempeñaba la misma función que un florero. Era una figura manejada por los “catalanoflautas” –que lo sigue siendo--, pero, en caso necesario, fácil de manejar. O le ha dado un “aire” que ha trastocado sus principios, o nos ha engañado a todos. Es un sectario separatista que no se arredra ante nada ni nadie. Ha comprobado cómo la Justicia y el Gobierno han mirado para otro lado mientras él desoía cuantas llamadas al orden le han llegado hasta hoy, y está convencido de que nada va a cambiar. Pero es que, además, si le asalta la tentación de dar marcha atrás en su delirio independentista, le van a correr los pocos compañeros de partido que le quedan y todos los que le tienen colocado de pantalla –Junts pel si, ERC, CUP, y la compaña-.

Le ha entrado el pánico y creo que no entrará en razones. Ya lo manifestó ayer, tras la manifestación y la fuga de empresas.

Hablando de fuga de empresas, hay que llevar las cosas a sus justos términos. Las empresas que ahora trasladan su sede a otra comunidad han estado calladas hasta el último momento. Si al final se han decidido, que nadie piense que en todos los casos les han movido sus sentimientos “españolistas”. Quien más fuerza ha ejercido en esa decisión han sido el resto de españoles con su amenaza de negarse a consumir artículos elaborados en Cataluña, y una considerable cantidad de impositores que, ofendidos por el derrotero secesionista, decidieron retirar los fondos depositados en bancos catalanes,  aun sabiendo que no corrían peligro.

Ojalá Rajoy acierte y su “sangre fría” vuelva a surtir efecto. Pero, sinceramente, creo que en esta ocasión no le va a sonreír su buena estrella. Si, según todo indica, pretende esperar a que Puigdemont proclame la DUI para poner en marcha su plan, estaremos abocados a otro grave enfrentamiento callejero, imposible de anular sin emplear la fuerza –y muchas fuerzas-. Los dirigentes de la Generalidad y del Parlamento catalán han cometido infracciones tan graves, tan claras y tan prepotentes que hace tiempo deberían estar retirados de sus cargos. Yo no sé quiénes serán los culpables pero, en cualquier democracia que se tenga por tal, ésto no se habría tolerado.

Así pues, no vendamos la piel del oso antes de cazarlo. Los  independentistas han conseguido lavar el cerebro a toda una generación que no ha dudado en enfrentarse a las FCSE, por creer que les asistía la razón. Esos no van a cambiar su actitud de la noche a la mañana, ni aunque se lo ordenen quienes antes los han inducido. Sería una desgracia que se diera en Barcelona una nueva semana trágica. Esperemos que surja un iluminado que enfríe este estado de cosas, porque, por desgracia,  la profunda grieta abierta en la gente de Cataluña, ahí está.