Domingo, 17 de diciembre de 2017

A vueltas con la intransigencia.

Creo firmemente que si hoy se preguntase a los 46 millones de españoles estas tres preguntas: 1) Independencia de Cataluña; 2) aplicación estricta de la legalidad vigente; y 3) diálogo, la mayoría nos decantaríamos por la tercera opción. Incluso, vuelvo a creer, en Cataluña el resultado sería el mismo.  Por desgracia, dos gobiernos enrocados en sus pretensiones excluyentes, unos medios de comunicación obsecuentes y un Jefe de Estado timorato nos están llevando al desastre. Día tras día, los hechos se precipitan y el panorama político cambia sin cesar. Lo que ayer era posible, hoy deja de serlo y las dificultades para resolver la cuestión catalana, la cuestión territorial (¡ojo detrás vienen los vascos!) aparecen insalvables. Resulta gravísimo como se ha tratado de manipular lo acontecido el 1-O. Resulta, según nuestro Presidente, según nuestra Vicepresidenta, según nuestro Ministro del Interior, que los desmanes represivos fueron proporcionados y oportunos. Para su desgracia, allí estaba la prensa extranjera relatando y filmando los hechos acaecidos. La decisión del Gobierno español de impedir por la fuerza la votación fue abusiva. ¿Si el referéndum era, desde el primer momento, ilegal, de que servía apalear a los votantes? ¿Para intimidar? ¿Para ganar más votos de la derecha más cerril? Los efectos han debilitado las razones jurídicas oportunamente esgrimidas. Una cosa es la ilegalidad de la consulta y otra muy distinta el ejercicio de un derecho civil. Sobre esto, las democracias anglosajonas y nórdicas nos tienen aún mucho que enseñar y nosotros mucho que aprender. El Gobierno, ante lo opinión pública mundial, ha perdido el primer asalto. Si bien, quizás lo haya ganado entre la población de edades avanzadas, rurales o poco formadas. Sin la menor duda, lo ha perdido en las restantes. ¿Y ahora qué? Ayer noche, escuchando al rey, cruzaba los dedos: ¡Dilo, dilo! De nada sirvió. Los medios oficiales, que son la mayoría, comentaban que la monarquía “salió fortalecida”. Algunos pensamos que muy cuestionada. La Jefatura del Estado concedió “carta blanca” al Gobierno. Anatemizó. Algunos comentaristas quieren ver en sus últimas frases una “implícita” llamada al diálogo. Tal llamado no se produjo. El rey leyó al dictado. Habló para unos y no para todos los españoles. ¿Y ahora qué? El ejército se moviliza, se instruyen procedimientos por sedición y se detendrá a los miembros del Govern. En suma, se “ocupará” Cataluña ¿Y? ¿Acaso con tales medidas convencerán? Sin duda vencerán ¿Hasta cuándo? La cuestión catalana ha desbordado los límites de su pretensión. Era previsible. Muchos son los contenciosos por resolver en el resto de España. Contenciosos sociales acuciantes. ¿Qué fiabilidad se puede conceder a un gobierno con novecientos imputados por corrupción? ¿Con un gobierno que pone al ministerio del interior y la fiscalía a su servicio particular? Lo dicho y muchas otras, por decir. Son momentos convulsos. La historia camina, en algunas ocasiones, a trompicones. Vivimos tiempos de insurrección. Evitemos, eviten los que mandan, que se ahonde. Dejemos, de una vez por todas, aparcadas las nostalgias franquistas, también las guerra-civilistas. Estamos en Europa (muy cínica, por cierto). Defendamos a las personas y dejémonos de enarbolar enseñas como armas arrojadizas. ¡Sí! El rey debería haber hecho otro discurso. No me hagan mucho caso, me “siento” republicano.