Viernes, 15 de diciembre de 2017

Luengo parto de varones

;“...esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras...”

ANTONIO MACHADO, El mañana efímero.

 

Con alborozo más propio de superficialidad que de sentido y ese jolgorio paleto a que los adalides de la tontería dominguera acostumbran en cuanto les ríen una gracia, se ha recibido la noticia de que en Arabia Saudí las mujeres, convenientemente acompañadas de machos parientes, podrán conducir coches, lo que hasta ahora les estaba, también, prohibido. Y algunos hasta han calificado la noticia de avance social en un país en que la mitad de la población está sometida al más absoluto y cruel machismo que pueda imaginarse. Pero a algunos, desclavar un cuchillo de los cien mil que atraviesan un cuerpo femenino, les parece un avance.

La lista de derechos humanos pisoteados y negados a las mujeres en cientos de países, y concretamente en Arabia Saudí, se ve agravada por la obligatoria dependencia del varón que todas ellas experimentan cada minuto a lo largo de su  vida para realizar cualquier movimiento o expresar cualquier opinión, infectada además por el escalofriante machismo con que esa “autoridad” varonil es ejercida por todos y cada uno de los hombres, y ya definitivamente podrida por leyes radicalmente excluyentes, religiones discriminatorias y despectivas (todas lo son) para con las mujeres, costumbres y tradiciones a la medida del hombre y sólo para su comodidad y una organización (!) social donde la igualdad no existe ni como palabra, el respeto sólo se ejerc e por el varón para sí mismo y la decencia moral en las leyes, en la vida y hasta en el pensamiento, es una categoría tan ficticia como la libertad.

Pero en el gordo y babeante occidente, y concretamente en este país nuestro de tanta charanga y demasiada pandereta en que la discriminación a la mujer nos toca muy de cerca, en este país de asquerosa publicidad machista, el del “hasta que la muerte os separe”, el de la peineta y el Rocío y con flores a María, que las mujeres saudíes conduzcan causa alborozo igualitario y titulares; en esta España, el país de los obispos y las procesiones, el de las genuflexiones y la corte real, el país de la envidia, el de los crímenes ‘de género’, el del rosa y el azul y el bautizo y los agujeros en las orejas de las niñas, el que se reduzca el castigo por ir en coche, provoca un alegrón democrático y creemos que el mundo mejora; en el país éste de nuestros pecados, esta Celtiberia cansada y rota, el país del ama de casa y la pata quebrada, el de ‘por mis cojones’, el del maltrato y la misoginia como bandera, el país del macho machote y el pater familias intocable, el hecho de que pueda, en el medieval e indigno estado más rico del mundo, por gracia real perdonarse 10 azotes varoniles a las embozadas mujeres saudíes que se atrevan a sentarse tras un volante de coche, nos parece el colmo de la apertura, y hasta se califica periodísticamente como un avance significativo en la consecución de derechos femeninos, y por eso se considera noticia digna de destacar y se suceden las reflexiones de que, poco a poco, van pareciéndose a nosotros (y nosotros a ellos).

Las relaciones que España mantiene con Arabia Saudí, son indignas tanto en su misma existencia como por el inocultable sesgo economicista que las dicta. El silenciamiento oficial (tolerancia y cierta complicidad) de las prácticas cotidianas machistas y el sometimiento a la mujer de un régimen cuya crueldad para ellas es sólo comparable a la vergonzosa colonización religiosa (y, por tanto, machista) que dicta sus leyes, merecerían de cualquier gobierno que no solo se haga pasar por democrático, una reflexión mucho más profunda y un cuestionamiento radical de sus relaciones bilaterales. Del mismo modo, en una prensa que no solo se dijera libre sino que ejerciese como tal, la noticia sobre la gracia real a las mujeres saudíes para conducir coches, en lugar de ser tratada como chascarrillo curioso o logro intrascendente (ambas cosas es), iniciaría un ya inaplazable debate sobre la indecencia de ciertas relaciones internacionales, la eliminación de los códigos religiosos y las liturgias en el derecho y los derechos, a nivel internacional, y exigiría un debate general sobre el papel y los derechos de las personas en el mundo. Pero ese gobierno y esa prensa, en el país del mañana efímero, no existen.