Domingo, 22 de octubre de 2017

La falacia del pez rojo

Y ahora que el referéndum ha terminado –aunque no lo haya hecho, ni de lejos, el conflicto– me pregunto qué harán los –entiéndase “algunos” o “la mayoría de”– medios de comunicación. Cuando Cataluña deje de ser el trending topic en periódicos, noticieros, telediarios, ¿qué harán?

Inventarán otra cosa, como siempre. Otro pez rojo con el que distraernos mientras la plaga de injusticias sigue invadiendo el mundo. Inventarán, por ejemplo, la necesidad de que conozcamos a fondo la crueldad de un país lejano y terrible, cuyos detalles servirán para que olvidemos la necesidad de conocer los detalles de nuestro propio país. Una nueva bruja para el mismo cuento. Alguien tiene que ocupar ese papel para que nosotros, niños atentos bajo la luz de la televisión, nos asustemos, experimentemos el miedo hacia “el otro”, idealicemos a nuestros héroes del cuento y comprendamos que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer. ¿Cómo podría ser mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer? Ellos saben cómo: simplificando los personajes, recuperando la idea atávica de los bandos, los malos y los buenos, comprendiendo que, por supuesto, nosotros somos los buenos, domesticándonos día a día, noticia a noticia.

Y con la falacia del pez rojo, claro, eso siempre funciona. Ante la crisis, la corrupción, las transformaciones sociales, ante cada situación problemática: el pez rojo. El pez rojo que atrae la atención y la desvía, difuminando todo lo demás. El pez rojo que nos disuade de otros asuntos que no conviene iluminar, el pez rojo que nos deja amansados y entretenidos. Se trata de una cuestión sencilla de luces y sombras: dónde poner el énfasis, hacia dónde enfocar. Son expertos en crear peces rojos y en recordárnoslos una y otra vez, por si acaso se nos olvidan, por si acaso pensamos en otra cosa, por si acaso vamos más allá.

Nos contarán exactamente lo que quieran contarnos, porque ellos son, al fin y al cabo, los que cuentan el cuento. Y obviarán todo aquello que no responda a sus intereses, es decir, a los intereses de quienes financian el cuento –y a los que lo cuentan–. Y no solo decidirán el qué, también decidirán el cómo. Harán preciosas figuras con las palabras perfectas para que el cuento sea siempre su cuento. Y nosotros lo escucharemos, crédulos y asombrados. O tal vez no.