Domingo, 22 de octubre de 2017

La zorra astuta

Pues verás… “Había ido en compañía de mis hermanos a la finca de un amigo situada en  plena sierra; a la que se tenía que ir necesariamente andando casi media hora desde el lugar en que nos dejaron. Por esa razón siempre que íbamos a cazar a ese paraje, nos estábamos por lo menos un par de días, ya que de otra forma no compensaba tanto sacrificio y eso que entonces, aquello era un paraíso para la caza; hasta tal punto de que cuando terminábamos aquellos jornadas cinegéticas de sol a sol teníamos que bajar lo abatido en ¡dos caballerías que portaban en sus lomos los serones! Pero vamos al grano: En una de aquellas incursiones, cuando llegamos a la casa del guarda que estaba situada en lo alto de una colina y rodeada de un paisaje fabuloso era casi de noche y dicho guarda, según nos dijo su mujer, se había ido “de espera” por ver si cazaba un par de conejos que necesitaban para regalárselos a un compromiso que tenían.

Después de dejar a nuestros perros en una cuadra, entramos en la casa donde ya la señora nos había puesto una mesa en la cocina para la cena y donde alrededor de una crepitante lumbre se encontraban los vaqueros, pastores y familia del guarda. Que al momento apareció muy ufano porque en lugar de conejos le había “entrado” una zorra que traía agarrada por las patas traseras y echada en el hombro. Cuando entró, la tiró en medio de la cocina diciendo a voz en grito: ¡Esta “jodía” ya no se come más conejos!...

Entre los muchos comentarios que a continuación se suscitaron, la mujer del guarda advirtió, que le parecía haber visto a la zorra, aparentemente muerta, mover una de sus patas; lo que dio lugar a que se contaran sucedidos más o menos increíbles al respecto. Uno de los contertulios llegó a decir: ¡Yo no dudo que alguna consiguiera escapar, pero lo que es esta… no quisiera estar yo como ella!

No obstante, se acercó a la lumbre y cogiendo un ascua arrimó esta al hocico de la zorra… ¡Y la que allí se lió, no es para contarlo! Tan pronto como sintió el calor del ascua en sus “morros” dio un salto y se subió al fregadero, arrastrando con estrépito todas las sartenes, peroles y cacharros que allí había; también se llevo por delante los candiles que iluminaban la estancia, con lo cual nos quedamos a oscuras. El lío que se organizó entre los muchos que nos encontrábamos allí fue tremendo y nadie sabía quién era quién y cuanto más gritaban las mujeres, más estropicio ocasionaba el animal herido y asustado. Pero… no le sirvió de nada, ya que al encontrar por fin la puerta de salida en la cocina y salir al zaguán, allí se encontró con los perros que cuidaban el ganado de la finca y que habían acudido al “alboroto” y terminaron en pocos segundos con la zorra herida como estaba.

Después, cuando hemos vuelto por la finca, ya reformada y con luz eléctrica, todos comentamos el incidente y lo hemos recordado con agrado.

Hasta el próximo domingo….¡Si Dios quiere!