Domingo, 17 de diciembre de 2017

Sobre el abuso de la palabra "fascismo"

Cuando esto escribo aún no se conoce qué ocurrirá el célebre, extenuante y absolutamente petardo 1-O. Habrá sucedido y el lector ya sabrá más que lo que yo sé ahora. Sobre esta fecha publiqué algo el primer día de julio, a tres meses vista, lo volvería a rubricar, y no aspiro en esta columna a estar muy al cabo de la actualidad. Me basta con ajustarme a ella de vez en cuando, que para presentarla, versionarla o maquillarla en tiempo real ya están los que de esto viven.

Pero si algo me ha dolido, me está doliendo, me dolió, en las semanas previas al día de autos, es el uso abusivo de la palabra “fascismo” y “fascista”. “Neonazis”, describió Alberto Garzón a unos que opinaban distinto enarbolando banderas de España. “Fachas”, “franquistas”, “opresores”, “represores”, “dictadores”… Toda esa retahíla le ha caído a jueces y fiscales: ¿no es un poder legítimo del Estado el Poder Judicial? También a policías y guardias civiles. A delegados del gobierno y funcionarios. A representantes políticos de los partidos que no apoyan el referéndum. Se ha señalado a gente con pintadas y pasquines en sus comercios y a alumnos en los centros escolares si sus padres se negaban a que elaboraran pancartas o abandonaran el aula para manifestarse. Clubes deportivos y todo tipo de asociaciones han dejado en orfandad a parte de sus afiliados o seguidores tomando postura como si esa fuera su razón de ser. Pero no, a todos ellos, a los que han dividido, estigmatizado y acosado, a ésos nadie les ha llamado “fascistas”.

Que este abuso se haya producido durante el conflicto del pretendido proceso independentista no extraña. Franco, cuarenta y dos años después de su muerte, siempre es un aliado en la retórica de los partidos de izquierda y separatistas (lo de nacionalismo pasó a la historia ya, como el dictador). Y dado que “fascismo” es palabra corriente para algunos, les sirve para todo. Exageran y son injustos con ella con pasmosa facilidad. Más bien, difaman y calumnian. No es necesario que uno se posicione tras un ideario similar al de Mussolini o José Antonio Primo de Rivera. Que llevas una bandera de España, “fascista”. Que matriculas a tus hijos en una escuela católica, “fascista”. Que acudes a una corrida de toros, “fascista”. El antifascismo en sus diversas vertientes, por el contrario, acostumbra a quemar las banderas que no le agradan, o a empapelar los colegios que no le gustan, como ha ocurrido hace poco en varios centros salmantinos, que prudente y coherentemente han seguido a lo suyo, o a boicotear los actos académicos que no se ajustan a sus preferencias, como también ha pasado recientemente hallando respuesta mucho más cobarde e imprudente de toda una Universidad de Salamanca.